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Huellas de un crimen perfecto

Pobrecito Andy Roddick: se le ha venido encima un Terminator suizo que no se llama Roger Federer, pero igual escabecha al que se ponga enfrente.

Stanislas Wawrinka es un asesino. En el caso de que alguien todavía lo recuerde como aquel perdedor de bajo perfil que no solía pasar de la tercera ronda en un Grande, vale más que eche un ojo a sus cifras recientes. Si ahora mismo me propusiera redactar una crónica ideal de su reciente hazaña y peripecia, no tendría más que llenar la hoja con sus pasmantes números ante Andy Roddick: un descuartizamiento con precisión quirúrgica y calculada saña, tal vez el mejor tenis del torneo y por lo visto un punto de inflexión en la carrera del otrora mediano tenista lausanés.

24 ases. 67 tiros ganadores por 19 errores no forzados. 88 por ciento de pelotas ganadas en la red. 92 de primeros y 65 de segundos servicios a favor. Resumiendo: todo-del-otro-mundo. Noctis horribilis para el tipo duro de Nebraska, que literalmente no ha sabido qué hacer para poner el alto, o siquiera la pausa a esta masacre fina donde nada le ha salido mal al suizo, incluyendo cada una de sus apelaciones al veredicto chueco de los jueces de línea; como si hasta la vista se le hubiera afinado especialmente para dar el partido de su vida.

No faltan quienes dan a Roddick por cadáver para explicar lo que le ha sucedido en la cancha de la Rod Laver Arena, pero la artillería del suizo endemoniado no la habría parado ni la pared. Además de servir con una consistencia pavorosa por encima de los doscientos kilómetros por hora, no ha cesado de cortejar las líneas. Y ya se sabe que quien juega las líneas es invencible. ¿Qué se hace en estos casos? Resistir. Esperar a que el monstruo pierda el ritmo, pues no es cosa de humanos jugar a tal nivel. Y Roddick ha aguantado con todo lo que tiene, pero de un tiempo a acá Wawrinka está que escupe lava. Enfrentarlo en circunstancias como estas es como pretender plantarle cara al viento huracanado.

No es fácil encontrar términos adecuados para narrar la espeluznante precisión con la que el suizo ha ido desarmando, pieza a pieza, el juego poderoso del americano. Se diría que hace lo estrictamente justo para ganar —un solo rompimiento por set— pero sus golpes son letales por necesidad y eso saca de quicio a cualquiera (especialmente a Roddick, habituado a imponer su servicio y conocido por la escasez de su pulgas). Más que apuntar a ganar un partido de octavos de final, Wawrinka deja claro que ya puesto la mira en lo más alto: ahora mismo no oculta que quiere llegar lejos; habría que ser ciego, y encima de ello sordo, para tomar a broma semejante concierto de mandarriazos. Con apenas dos puntos de rompimiento en contra —ya cerca del final del tercer set: una chispa de nervios sólo para probar que es un ser humano— Wawrinka ha dado menos oportunidades que un sicópata al mando de un tiramisiles.

“Pude servir mejor”, se duele Roddick al final del partido, como quien lucha para convencerse de que pudo hacer algo por salvarse, pero quienes lo vimos caer ante Wawrinka fuimos testigos tiesos de una dictadura sin grietas. La clase de jugadas por las que uno está aquí, y que al final del día dejan un sabor delicioso, más la rara alegría que sigue a una experiencia totalmente admirable. Lo cual no es poca cosa luego de un día cargado de emociones potentes, como las poco menos de cinco horas del partido tortuoso entre Svetlana Kuznetsova y Francesca Schiavone, más la eliminación de María Sharapova a manos de una Andrea Petkovic decidida a bailar en su extenso cadáver.

Por una vez, nadie quiere ser Federer. La idea de enfrentar en cuartos de final a un matón del calibre de este Wawrinka luce tan temeraria como jugar a la ruleta rusa con tres balas adentro del revólver. Y si a ello le sumamos la sorpresa que ha dado el ucraniano Aleksandr Dolgopolov —ejecutor de Tsonga y Soderling al hilo—, es de notarse ya que el Abierto Australiano del nuevo año ha alcanzado unos vuelos que anuncian tempestades intratables. Ahora mismo, delante de Andy Murray y Jurgen Melzer, que se disputan el dudoso privilegio de enfrentar al mañoso Dolgopolov en cuartos de final, el cronista se guarda los pronósticos y procede a dejarse avasallar por un nuevo banquete sólo para golosos impenitentes.

Xavier Velasco. Enviado, Melbourne, Australia