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Adiós al trapecista

¿Qué se hace para entrar en la Historia? A la sombra de dos campeones díscolos, vale más aguardar a la reencarnación.

N’est pas possible!, brama Gael Monfils y se da en la cabeza con la raqueta, no bien Stanislas Wawrinka le quiebra otro servicio en una tarde negra cuyo recuerdo habrá de perseguirlo sabrá el diablo por cuántas noches de inquietud somnolienta. No se está divirtiendo, eso es seguro, y de hecho detesta estar aquí porque Wawrinka se va agigantando en la medida que él se hace pequeño. La red crece también, y pese a sus vistosas dotes de saltimbanqui no se ve que ninguna vaya a alcanzar para sacar al galo de agujero semejante.

Hay una gravedad particular flotando en el ambiente de los torneos mayores, cual si la Historia misma estuviera presente y en tanto registrara cada nueva incidencia. ¿Y quién puede jugar como Dios manda bajo el peso de la vergüenza histórica? Para quienes hemos gozado hasta la taquicardia del mejor Monfils, no queda más que alimentarnos ahora de esos chispazos que iluminan entera la Rod Laver Arena cuando el francés se encuentra con la pelota y consigue pasarla por huecos y ángulos apenas concebibles. Nada más complicado para el espectador que ser indiferente al juego de Gael —ya de por sí explosivo, suculento y en alguna medida reminiscente de las alegres acrobacias del legendario Yannick Noah—, pero es verdad que ahora el suizo ha conseguido clavarlo en su dinámica y en muy buena medida borrarlo del mapa.

Entrado el tercer set, muy poco queda del Monfils que le rompió el servicio a Wawrinka en los meros albores del tercer set, sólo para más tarde dejar ir el suyo y arribar a la muerte súbita con los nervios de punta porque lo cierto es que hoy tiene delante a una raqueta intraspasable. Aunque igual es verdad que Monfils le está echando una mano de este tamaño, con menos de 40 por cento de primeros servicios y un rosario de errores que nadie querría ver impresos en la Historia.

Ahora bien, el gran drama de Monfils, y muy probablemente el de Wawrinka, es que les ha tocado vivir en una época de esplendor absoluto (aunque, ay, restringido) donde la Historia queda reservada a no más de dos nombres. Quien lo dude no tiene más que revisar los resultados de los últimos años en torneos de Grand Slam, acaparados todos menos dos por un par de colosos inalcanzables. Si entre las jugadoras crece la lista de lideresas fugaces que jamás han ganado un torneo mayor —Safina, Jankovic, Wozniacki—, los singles masculinos parecen separados en tres divisiones: los pequeños, que son casi todos; la corte, donde juego tras juego se revientan el lomo talentos tan notables como Djokovic, Murray, Soderling, Roddick o Verdasco; y la crème de la crème, que son Nadal y Federer, muy rara vez propensos a dejarse quebrar delante de la Historia.

Stan Wawinka lucha hoy día ya no por anexarse a los dos grandes, sino al menos estar entre los cuatro o cinco que, de pronto, consiguen colarse a una semifinal, y en un descuido poco más allá. Lastrado por el fardo de ser siempre el segundo entre los suizos, hoy día Wawrinka se entrena de la mano de Peter Lundgren, el otrora preparador de Federer (en aquellos ayeres cuando el Expreso de Basilea todavía contaba con los auxilios de un coach), y es verdad que la diferencia ya se nota. O mínimo la advierte Monfils, que hace un buen rato juega cabizbajo y no mira hacia arriba ni para verse con la rubia rutilante que ha llegado bien tarde al partido y se empeña en hacerle toda suerte de guiños, señas y carantoñas, desde el palco donde también lo animan sus amigos. Allez, Gael!, le grita inútilmente pues ya ha sido quebrado un par de veces y arrastra el 1-5 en la tercera manga como un grillete atado al amor propio.

El síntoma es un clásico de los Grand Slams: nada más verse totalmente perdido (y en tanto ello a salvo del ojo de la Historia), el jugador recobra ritmo y eficacia. Inusitadamente, juega como tendría que haber jugado y de esa ligereza emergen los hubieras más amargos del mundo. Miren, si no, a Gael rompiéndole un servicio a su contrario… sólo para perder el suyo, acto seguido. “Goodbye Australia...”, escribirá más tarde Monfils en su Twitter, y muy probablemente seguirá preguntándose, al lado de decenas de colegas relegados por la Historia, qué necesita hacer ya no para ganar control sobre su juego y eventualmente hacerlo mejorar, sino para seguir el ritmo de los grandes, cuyo tenis no deja de crecer a una velocidad hasta hoy inaccesible para los demás.

Wawrinka tiene, al fin, poco por celebrar tras ese 7-6 (4), 6-2 y 6-3. Ha jugado con una inspiración sublime, pero tiene una cita de aquí a dos días con Andy Roddick, cuyo solo servicio se cuenta entre las grandes jaquecas de sus oponentes. Y en caso de ganar, le esperaría nada menos que Federer. Dos escalones demasiado altos para quien muy difícilmente aspira a carrancearse un lugar en la Historia. Tan desdeñosa ella.

Xavier Velasco | Enviado, Melbourne, Aus.