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El síndrome del inicio

¿Cómo es que el bien llamado Happy Slam arranca bajo un cielo caleaginoso, condición ventajosa en la teoría pero al fin un imponderable más?.

¿Quién dijo que soñar no cuesta nada? Peor aún si se trata del primer día. Mirarse a siete triunfos de la gloria y a una sola derrota del oprobio tiende a romper los nervios de los blandos (hay que ser de los duros para llegar entero e imponerse en la cancha). Y para colmo amaneció nublado, lo que menos se espera en el feroz verano de Melbourne. ¿Cómo es que el bien llamado Happy Slam arranca bajo un cielo caleaginoso, condición ventajosa en la teoría pero al fin un imponderable más?

Cierto es que entre los duros —Novak, Venus, María, Roger, Caroline, apenas despeinados en el trance de la primera ronda— un día nublado es literal regalo del cielo, pero ya un neoblando se ha resquebrajado y hasta se felicita por caer tan temprano y poder devolverse a su abrigado invierno moscovita. “Ya no soy joven”, se excusa Nikolay Davydenko a sus 29 años —la edad de Roger Federer— todavía masticando el chasco de caer ante el alemán Florian Mayer, allá en la soledad de la cancha 7.

Para los ambiciosos, ahora es cuándo. Dar la sorpresa es menos difícil cuando los favoritos no acaban de encancharse y prevalece aún el sentimiento de irrealidad. Que es lo que está pasando en la cancha 13, donde a la huracanada Aravane Rezai, número 17 de la siembra, le ha pasado de noche el primer set ante una mañosa Barbara Zahlavova Strycova, y pese a que regresa a llevarse el segundo y logra un rompimiento en el tercero, su propio juego errático y una cierta llovizna intermitente acaban por sacarla del torneo. Y ahí se la ve a solas en el atardecer del primer día, camino al vestidor, llevando a cuestas una mochila que de pronto se le ha llenado de plomo. “Entré tarde al partido, apenas me di cuenta que el asunto ya había comenzado”, se explicará más tarde, aunque ya para qué porque es como si nunca hubiera estado.

De los cuatro torneos mayores, ninguno tiene un público tan ruidoso, pero es que hoy hace frío y anochece y es preciso asilarse bajo el techo corrido de la Rod Laver Arena en busca de una chispa de calor —después de tantos años de contemplar sudores y sofocos por televisión, quién va a pensar en cargar con un suéter—. Y en efecto, hay calor, pero amenaza con no durar mucho porque a Jarmila Groth, la esperanza australiana de la noche, le pesa como a nadie el primer día. No vayamos más lejos: hace un año perdió el primer partido después de echar un match point a la basura por una doble falta que todavía hoy debe de estar bailándole en el coco.

Número 34 del mundo, Jarmila arrastra un historial de cinco derrotas consecutivas en el inicio del Abierto de Australia y hoy enfrenta a la belga Yanina Wickmayer, sembrada en el lugar 21. La expectación fue tanta que hasta el mismo Craig Tiley, director del torneo, ha dicho que éste bien puede ser el gran parteaguas de su carrera: una hipótesis que se antoja viable no bien la guapa Groth enciende a los locales y expropia el primer set mediante un tenis agresivo e inspirado, pero es tan grande el peso de la ocasión que ya comete errores por racimos y va desmadejándose delante de su público. Algo no muy distinto de lo que le sucede a la hindú Sania Mirza frente a Justin Henin —campeona en 2004, finalista en 2010, sembrada número 11 para el 2011— en la cancha de la Hisense Arena, luego de arrebatarle el primer set sólo para asimismo terminar paladeando la bochornosa hiel del ya merito.

Bulle de grandes sueños en sus primeras horas el Open australiano, pero es claro que aquí no se viene a soñar. “Recuerdo mis tropiezos mejor que mis triunfos porque son muchos menos”, bromea un Roger Federer exultante luego del día de campo que resultó el primer partido. “¿Sueños? No tengo muchos, y aun si los tuviera nunca te lo diría.”

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Sin sudar

El tenista español Rafael Nadal (#1) avanzó a la segunda ronda tras el retiro del brasileño Daniel Nestor por una lesión en la rodilla izquierda y cuando los parciales se encontraban 6-0 y 5-0 a favor del manacorí.

Pese a no terminar el partido, el máximo favorito alcanzó 54 por ciento de efectividad en su servicio y conectó cuatro saques as. Para la segunda ronda, Nadal, quien busca su cuarto Grande al hilo, se verá las caras con el vencedor del choque entre Ryan Sweeting y el ibérico Daniel Gimeno-Tráver.

Xavier Velasco. Milenio / La afición