Los muertos
Colgados de Jesús Iglesias, del libro Los Muertos
Allá vienen
los descabezados,
los mancos,
los descuartizados,
a las que les partieron el coxis,
a los que les aplastaron la cabeza,
los pequeñitos llorando
entre paredes oscuras
de minerales y arena.
Allá vienen
los que duermen en edificios
de tumbas clandestinas:
vienen con los ojos vendados,
atadas las manos,
baleados entre las sienes.
Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,
cuñados, yernos, vecinos,
la mujer que violaron entre todos antes de matarla,
el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,
la que también violaron, escapó y lo contó viene
caminando por Broadway,
se consuela con el llanto de las ambulancias,
las puertas de los hospitales,
la luz brillando en el agua del Hudson.
Allá vienen
los muertos que salieron de Usulután,
de La Paz,
de La Unión,
de La libertad,
de Sonsonate,
de San Salvador,
de San Juan Mixtepec,
de Cuscatlán,
de El Progreso,
de El Guante,
llorando,
a los que despidieron en una fiesta con karaoke,
y los encontraron baleados en Tecate.
Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,
al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,
los que estuvieron secuestrados
con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años
tres veces.
¿De dónde vienen,
de qué gangrena,
oh linfa,
los sanguinarios,
los desalmados,
los carniceros
asesinos?
Allá vienen
los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,
engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,
caminan,
se arrastran,
con su cuenco de horror entre las manos,
su espeluznante ternura.
Se llaman
los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,
los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,
los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,
los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,
los muertos que encontraron colgando de los puentes,
los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,
los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,
los muertos que encontraron en coches abandonados,
los muertos que encontraron en San Fernando,
los sin número que destazaron y aún no encuentran,
las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos
disueltos en tambos.
Se llaman
restos, cadáveres, occisos,
se llaman
los muertos a los que madres no se cansan de esperar
los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,
los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,
imaginan entre subways y gringos.
Se llaman
chambrita tejida en el cajón del alma,
camisetita de tres meses,
la foto de la sonrisa chimuela,
se llaman mamita,
papito,
se llaman
pataditas
en el vientre
y el primer llanto,
se llaman cuatro hijos,
Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)
y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,
se llaman ganas de bailar en las fiestas,
se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,
se llaman muchachos,
se llaman ganas
de construir una casa,
echar tabique,
darle de comer a mis hijos,
se llaman dos dólares por limpiar frijoles,
casas, haciendas, oficinas,
se llaman
llantos de niños en pisos de tierra,
la luz volando sobre los pájaros,
el vuelo de las palomas en la iglesia,
se llaman
besos a la orilla del río,
se llaman
Gelder (17)
Daniel (22)
Filmar (24)
Ismael (15)
Agustín (20)
José (16)
Jacinta (21)
Inés (28)
Francisco (53)
entre matorrales,
amordazados,
en jardines de ranchos
maniatados,
en jardines de casas de seguridad
desvanecidos,
en parajes olvidados,
desintegrándose muda,
calladamente,
se llaman
secretos de sicarios,
secretos de matanzas,
secretos de policías,
se llaman llanto,
se llaman neblina,
se llaman cuerpo,
se llaman piel,
se llaman tibieza,
se llaman beso,
se llaman abrazo,
se llaman risa,
se llaman personas,
se llaman súplicas,
se llamaban yo,
se llamaban tú,
se llamaban nosotros,
se llaman vergüenza,
se llaman llanto.
Allá van
María,
Juana,
Petra,
Carolina,
13,
18,
25,
16,
los pechos mordidos,
las manos atadas,
calcinados sus cuerpos,
sus huesos pulidos por la arena del desierto.
Se llaman
las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,
se llaman
las mujeres que salen de noche solas a los bares,
se llaman
mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,
se llaman
hermanas,
hijas,
madres,
tías,
desaparecidas,
violadas,
calcinadas,
aventadas,
se llaman carne,
se llaman carne.
Allá
sin flores,
sin losas,
sin edad,
sin nombre,
sin llanto,
duermen en su cementerio:
se llama Temixco,
se llama Santa Ana,
se llama Mazatepec,
se llama Juárez,
se llama Puente de Ixtla,
se llama San Fernando,
se llama Tlaltizapán,
se llama Samalayuca,
se llama el Capulín,
se llama Reynosa,
se llama Nuevo Laredo,
se llama Guadalupe,
se llama Lomas de Poleo,
se llama México.
María Rivera
Ernesto Lumbreras, María Rivera, Daniel Lezama, Feli Dávalos, Héctor Hernández Montecinos, Jesús Iglesias y Maricela Guerrero son algunos de los participantes en Los muertos (Mantarraya ediciones, 2010). Una antología en la que veinticinco artistas abordan la muerte desde perspectivas diversas: la muerte de un país, la muerte humana o la muerte como un motivo de creación. La poeta María Rivera (Ciudad de México, 1971) apostó por retratar un México hostil, víctima del crimen organizado. Inédito, el poema se recoge en este libro que comenzará a circular en los próximos días. Rivera, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000 y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005.
Del escupitajo a la puñalada
Una Navidad, él la ató con una cadena de perro, a la cual le agregó un candado y una pesa. No se trataba de un juego erótico consentido entre dos adultos. “Si te jalas te ahorcas. O puedes salir a la calle para que todos te vean”, le increpó antes de irse a dormir, beodo. ¿Qué tienen en común esa cadena de perro, una aguja de coser, un celular, una caguama y una crema Teatrical? Son el arma del delito. La aguja, un hombre se la arrebató a su esposa mientras cosía, para picarle la piel, “a ver qué sientes, ¿no?” El celular, cuando no sirve para vomitar insultos, se convierte en instrumento de acoso e intimidación: “quién te llama, de quién es ese mensaje, por qué no contestaste rápido, te voy a estar checando…” La caguama es en lo que acaba la paga de un cargador de mudanza, que volviendo a casa descuenta cinturón en mano a esposa e hija. En cuanto a la crema de tocador, fue la que usó un padre para masturbarse entre las piernas de su hija. Dispuestos estos objetos en una vitrina, junto al breve testimonio escrito por la denunciante (anónima o no), forman la exposición Evidencias que la artista visual y performancera Lorena Wolffer (1971) montó en la Alameda central el pasado 25 de noviembre, día de la no-violencia contra las mujeres.
¿Más pruebas? La cuerda con que él amarraba a su esposa cuando estaba dormida para divertirse ahorcándola; las colillas de cigarro con que le quemaba brazos y piernas; la vieja Olivetti que ella compró para poder entregar un trabajo urgente, porque él le había saboteado la computadora; el alcohol y el encendedor con que le prendió fuego en un arranque de celos… Y, finalmente, la cajita de muertos de azúcar: fueron novios durante un año, y el día en que ella terminó con él, la ejecutó con 33 puñaladas en un parque. Faltan los calificativos para describir esta durísima crónica de los múltiples tipos de agresión a que son sujetas las ciudadanas de toda clase social en México. Los actos de violencia ocurren dentro o fuera del domicilio de la víctima, suelen ser perpetrados por su pareja y repercutir a nivel psicoemocional, físico, patrimonial, económico y sexual. Lorena Wolffer lleva cuatro años trabajando en un albergue dependiente del gobierno capitalino: el Refugio Nuevo Día, creado por la Fundación DIARQ (antes Fundación contra el sida) para atender a mujeres e hijo/as cuya vida se encuentra en peligro a causa de la violencia de género y familiar. Por medio de un taller a la semana, la artista aplica estrategias del performance para enunciar y sanar algunas de las manifestaciones de esa problemática, o simplemente se sienta con ellas a hablar y escuchar sus historias. Esta colaboración se enmarca en el programa de terapias y redes de apoyo en materia de salud, empleo, ayuda económica y recreación que se brinda a las víctimas, con el fin de recuperar su integridad física y emocional, y facilitar así su reincorporación a la sociedad, con una conciencia más firme de sus derechos. ¿Tiene un impacto real este proyecto? Me consta que sí. Para esta ocasión, cantidad de personas respondieron a la convocatoria pública que Lorena Wolffer lanzó a quienes quisieran aportar nuevos testimonios acerca de esta situación alarmante. Lo más gratificante para ella, supongo, habrá sido recibir a las mujeres que se acercaron a lo largo del día a su carpa, con la intención de verter “en caliente” su propia experiencia de las modalidades y secuelas del abuso, en un formulario de tres preguntas que alentaba el conocimiento de la Ley de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia (promovida por el DF) y a la vez fungía como herramienta de denuncia personal consultable por quien fuera.
Evidencias es apenas el adelanto de una investigación en proceso y de largo aliento, titulada expuestas: registros públicos (www.lorenawolffer.net/expuestas/) y que consiste en desarrollar, con base en las vivencias de primera mano de las usuarias del Refugio Nuevo Día, series de obras para sitio específico, ya sea performance o arte público. (Por cierto, hace unas semanas se suscitó en las páginas de este suplemento una discusión acerca de la pertinencia de los subsidios del FONCA. No creo que pueda dudarse del que le fue otorgado a Wolffer para este trabajo.) Aterrada, como muchos de nosotros, por la reciente escalada de impunidad y brutalidad solapada en términos jurídicos y políticos (feminicidios en Ciudad Juárez y el Estado de México, violaciones y abusos en Atenco, etc.), Wolffer adopta la perspectiva de aquellas que han logrado sobrevivir y volver a procurarse trabajo, techo y seguridad para los hijos, con el fin de persuadirnos de la urgencia de una reflexión abierta, a grado nacional, acerca de “la permisividad que subsiste en la violencia contra las mujeres en nuestro país”. En suma, de “cuestionar de manera insistente los motivos detrás de la violencia de género, tan señaladamente enraizada en nuestro tejido social”. ¿Cuánto tiempo seguirá considerado normal nacer, crecer y envejecer en un país donde las ciudadanas no podemos salir solas a la calle sin arriesgar la vida?
Sylvia Navarrete








