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Biotecnología a debate

La ciencia por gustoMartín Bonfil Olivera

A Agustín López Munguía: gracias por la oportunidad

La ciencia, a través de entender la naturaleza, nos permite modificarla. En esto radica su poder y su peligro.

La semana pasada participé en el 7 Encuentro Latinoamericano y del Caribe sobre Biotecnología Agropecuaria, en Guadalajara. Se trata de un tema polémico.

En el imaginario público, la biotecnología se reduce a la creación y cultivo de vegetales transgénicos (que tienen genes de una especie distinta). Pero va mucho más allá: del uso de diversas enzimas en procesos industriales, alimentos o incluso detergentes, pasando por la ingeniería genética (que permite producir insulina humana en bacterias), hasta la clonación de plantas o ganado.

En nuestro país, el cultivo de plantas transgénicas, en particular el maíz (especie que surgió en México), ha sido satanizado. Una razón ofrecida para oponerse a él es la idea de que el consumo de cualquier vegetal transgénico es dañino para la salud (pues podría causar desde alergias hasta alteraciones genéticas o cáncer). Esto ha sido rebatido: comer genes extraños no daña al ser humano (los consumimos cada vez que comemos vegetales crudos), y nunca se ha encontrado ningún caso de enfermedad causada por ellos.

El otro argumento para oponerse es que, por su polinización libre, podría mezclar su material genético con el de los maíces criollos originarios de México, contaminando el patrimonio biológico y reduciendo la biodiversidad natural. Este peligro es mucho más real.

¿Por qué empeñarse entonces en cultivarlo? La respuesta es compleja. Por un lado, es un gran negocio. Por otro, ofrece la posibilidad de disminuir la importación de maíz, al aumentar la producción y reducir las pérdidas por plagas. ¿Queremos de veras renunciar a la posibilidad de competir con Estados Unidos y Brasil, y seguir importando maíz, con tal de proteger nuestros maíces nativos de una posible contaminación genética?

Aún no hay respuesta definitiva. Sólo el debate amplio, democrático e informado permitirá que, como ciudadanos, compartamos con científicos y gobernantes la responsabilidad de decidir el uso que se haga de la biotecnología en nuestros países.

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