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Desorden monetario internacional

A contraluzFernando Calzada Falcón

“Quién lo iba a pensar… Resulta que ahora, además, nos tenemos que preocupar por el yuan, la moneda de los chinos… De lo que le pase al valor de esa moneda en los próximos meses -o años- puede depender cuánto paga usted por la hipoteca de su casa, cuánto le cuesta la comida o una camisa, o la posibilidad de quedar (o seguir) sin empleo… El yuan está muy bajo”. Como pocos, este párrafo de Moisés Naím (“El yuan y usted”, en El País) describe lo que ocurre en el mundo y que, junto con otros factores, ha desencadenado la guerra de divisas.

La reunión anual del Comité Monetario y Financiero Internacional del Fondo Monetario Internacional (FMI), no pudo terminar peor: no hubo ningún consenso significativo para abatir los movimientos bruscos de las reservas internacionales de los países más importantes en el comercio internacional que han originado desviaciones importantes de las principales monedas de lo que se supone es el nivel adecuado de su valor. Véase lo que dijo después de la reunión el director-gerente del FMI: “el lenguaje no es eficaz, las palabras no van a hacer que las cosas cambien, se requiere adoptar políticas; la cuestión no es cambiar el lenguaje sino conseguir que, mediante acciones de política más coordinadas, cambie la realidad. Me siento un tanto decepcionado. No podemos seguir hablando, hablando y sólo hablando; lo que necesitamos es acción verdadera y ésta sólo puede hacerse en forma cooperativa”.

Uno de los problemas es que se ha querido sentar a China y su moneda en el banquillo de los acusados obviando las acciones que le correspondería llevar a cabo a los demás países. Como ha señalado Jorge Eduardo Navarrete (“Guerras devaluatorias, otra vez” en La Jornada): “con inusitada frecuencia, el presidente y el primer ministro de ese país han recibido ruegos, sugerencias, exigencias y amenazas para convencerlos de que permitan una revaluación sustancial del yuan”. ¿Es China el principal o único actor del desorden monetario internacional? ¿No hay otros en los que recaería también responsabilidad? ¿Otros países “emergentes” fuertemente exportadores no han hecho esfuerzos también para mantener bajo el valor de sus monedas, como Tailandia o Malasia? ¿Acaso no tienen responsabilidad países desarrollados, como Estados Unidos, que han llevado a cabo políticas expansionistas para elevar su producción y defender el empleo?

¿Cómo incide el bajo valor (respecto de un valor razonable de equilibrio) de una moneda? Si está subvaluada ocasiona que los exportadores de ese país vendan barato en moneda extranjera sus productos fuera; de esta manera, internamente, su producción recibe un aliciente porque la demanda del exterior se mantiene y aún puede aumentar, a la vez que mantiene e incrementa los puestos de trabajo, y externamente, desplaza competidores y a productores nativos de los países cuyas importaciones desplazan mano de obra nacional; al mismo tiempo, el país de la moneda subvaluada desestimula sus importaciones porque esos productos son muy caros en su moneda doméstica, con lo cual los productores de ese país están protegidos de la competencia internacional, lo mismo que sus empleos. No es sencillo encontrar una medida que establezca cuándo una moneda está subvaluada o cuándo otra está sobrevalorada. Un intento lo realiza la revista The Economist con su Índice Big Mac que compara el precio de venta en distintos países de una mercancía, precisamente la Big Mac, hamburguesa estrella de la cadena Mc Donalds, que se infiere debería ser cercano a los costos de producción más cierta utilidad. En su versión más reciente, parte de que en Estados Unidos existe el precio real, de equilibrio (éste puede ser uno de los defectos de esta medición). El país que tiene la moneda más subvaluada es China en prácticamente un 50%, pues aquí cuesta 2.18 dólares, mientras que en Estados Unidos cuesta 3.71. Al país asiático, le siguen otros como Malasia, Rusia, Tailandia, México (sí, leyó usted bien), Sudáfrica, Corea del Sur, Singapur y Gran Bretaña, en tanto que quienes tienen la mayor sobrevaluación, entre otros y de mayor a menor, son Suiza, Brasil, la Zona Euro, Canadá y Japón. En resumidas cuentas, son básicamente los países emergentes, más los ubicados en Asia, los de moneda subvaluada, y los desarrollados, sobrevaluada. Los primeros promueven así sus exportaciones e inhiben sus importaciones; los segundos, siguen importando grandes cantidades y exportando poco, relativamente hablando.

Instrumentar una solución parece difícil. La clave, ciertamente, es la cooperación internacional, pero hoy no existe el clima que hace dos años frente a la crisis financiera desatada por el embrollo inmobiliario, permitió que los países coordinadamente cooperaran para evitar que la situación se deteriorara. Nicolás Eyzaguirre del FMI (Expansión.com) lo ha expuesto así: “si Estados Unidos o Europa quieren salir de su recesión sólo a través de una política monetaria muy blanda, eso va a producir a las economías emergentes un exceso de liquidez… Se necesita que, por ejemplo, Estados Unidos tome otras medidas pero nadie le puede pedir que suba sus tasas de interés… Nadie le puede pedir a China que aprecie abruptamente su moneda, el yuan, porque eso le crearía un desequilibrio muy importante que podría tener efectos adversos sobre el resto del mundo… Es imposible que cada actor le diga a un tercero que haga el ajuste. Lo que se trata es que todos los actores se pongan de acuerdo en políticas que distribuyan de alguna manera este ajuste de tipo cambiario”.

Aunque se ha especulado con el calificativo de guerra de divisas, ésta aún no adquiere tales dimensiones y tiene como diferencias fundamentales respecto a la que se dio en el periodo de entreguerras del siglo pasado, primero, que entonces no existían tipos de cambio “libres” sino fijos, y segundo, que la devaluación de las monedas entonces era reflejo e intento de respuesta a un proteccionismo (porque cada quien se dedicó a defenderse de la competencia) que, al provocar un desplome de las exportaciones, ocasionaba un enorme déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos (exportaciones e importaciones de bienes y servicios, incluidos los servicios financieros). Sin embargo, el gran peligro (también para México, una economía abierta), es que se desaten los ánimos proteccionistas y se recurra al incremento de aranceles en el ánimo de cada país, de proteger empleos. He aquí un ejemplo de cómo la búsqueda individual del mayor beneficio (o menor pérdida) no genera la mayor ganancia colectiva; ésta (más en los tiempos que corren), depende de la cooperación. En pos de la cooperación, en días pasados se otorgaron dos puestos más a los países emergentes dentro del órgano de gobierno del FMI.

Nos vemos aquí el próximo miércoles.