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La ciudad como galería

En alianza con Océano, La Gunilla Editores ha publicado una colección sobre arte urbano con tendencias que van más allá del grafiti y se expresan, por ejemplo, mediante esténciles e intervenciones de objetos abandonados.

¿Qué forma le corresponde al arte urbano de hoy? ¿Quedó atrás el grafiti como expresión anónima? ¿Importa mostrar de manera fragmentada la realidad de la época? ¿Importa rescatar del olvido al artista callejero aunque un toque de calle no convierta algo en arte urbano como indica Luis Romero, alias Watchavato? Si la crónica fue la respuesta natural al nacimiento de la ciudad moderna, según defendía José Martí cuando fundó su estética periodístico-literaria a fines del siglo XIX, el arte urbano evoluciona constantemente con la sociedad. Así lo creen Bruno Newman y Gonzalo Tassier, creadores de La Gunilla Editores, dos colecciones de ocho volúmenes sobre arte urbano.

Hoy esta expresión cuenta con profesionales que viven de su trabajo, como Watchavato, un sinaloense representativo pues estudió diseño. Por La Gunilla supe que sus calcomanías, esténciles y dibujos nos han acompañado durante años a mis vecinos y a mí. A dos cuadras, en la fachada de una casa deshabitada, encuentro siempre declaraciones contundentes: “La economía mundial es la expresión más eficiente del crimen organizado”. Su trabajo es difundido en la red y por medio de fábricas de tenis de marca con el llamado “toque de la calle”. Como cuestiona el artista Carlos Alanís: “Lo que antes era un delito ahora es usado en campañas políticas”.

Sin duda se transita de lo underground o subterráneo a la apertura social. A diferentes velocidades, pues en Guadalajara, urbe llena de muros intervenidos con o sin talento, un sector considera esta expresión vil vandalismo. Y sigue siendo un misterio cómo los artistas alcanzan las alturas de los puentes. ¿Cuándo y cómo? Yo no los he visto en acción. Aun así, Watchavato extraña el clandestinaje de los inicios históricos del arte urbano y predice su regreso. Grafitear es una falta administrativa, no un delito. Sin embargo, según el joven periodista Eduardo Dina, mientras los callejeros se despliegan por todo el DF, en el Estado de México la policía “quiere clavarlos en el bote”. En los blogs se discute sobre la ola de congresos sobre el tema. Y las posiciones se radicalizan. Habitar en el “país” del underground no es garantía, según se escucha en la rola “King of the underground”: Porque ser underground es lo más fácil/ ¡cuando no consigues aceptación!

“Arte o no, se trata de hacer tuya la ciudad”. Lo demostraron en México los predecesores de los ochenta del siglo XX: Suma, Proceso Pentágono, Peyote y la Compañía, Tepito Arte Acá, La Dirección , Polvo de Gallina Negra y otros.

MUSEO DEL OBJETO INSÓLITO

La Gunilla, editorial aliada con Océano México, surge de la pasión de estos dos coleccionistas y chachareros de la Lagunilla: Bruno Newman y Gonzalo Tassier. Así lo reconocen en Una gruesa de colecciones y El objeto insólito… o solito, dos volúmenes de la Serie Con-juntos, así con guión, que dan “un testimonio del trabajo del hombre como fabricante de objetos útiles e inútiles”, pues las cosas cuentan historias y encierran todas las posibilidades para imaginar origen, vida y destino. “Tú crees que acabas de descubrir el mundo pero en realidad el mundo te descubrió uno de sus tesoros”, explica Tassier. Su Museo del Objeto del Objeto (MODO) pronto será inaugurado en el DF.

Los dos libros restantes de Con-juntos —“una colección de colecciones” pensada para vincular el diseño y la comunicación, archivar y conservar las nuevas formas de arte urbano, y evitar que se pierda el trabajo efímero de grafiteros, pegadores de calcomanías, estencileros, fotógrafos de la psico-geografía urbana— fueron dedicados a la avenida Insurgentes. El autor de Recorrido con recordaciones es el comunicador gráfico Vicente Encarnación, mientras que en Encuentros con conocidos el diseñador y artista Jorge Cejudo reúne nombres propios plasmados en rótulos y edificios. Para ello, anduvo “banqueteando para capturar imágenes que no eran mías y a la vez sí”, como las de la pastelería El Molino. Es un esfuerzo a favor de la memoria colectiva para integrar producciones artísticas de la última década.

PARA UNA CIUDAD SIN SENTIDO

En la Serie Tendencias, coordinada por el artista y diseñador Flavio Montessoro, se registra el llamado street art o arte callejero llegado a México hacia el 2000, así como las nuevas tendencias artísticas post-grafiti y los esténciles realizados con plantillas y aerosoles, las calcomanías y las intervenciones de objetos abandonados en la urbe. La Gunilla lanzó un concurso de calcomanías y premia el trabajo ganador con 500 reproducciones.

En Mexténcil, de Montessoro y del periodista e ilustrador Édgar Vargas (Dr. Rabias), destacan no sólo Salvador Dalí, Frida Kahlo, Emiliano Zapata, el Subcomandante Marcos o Jesús Malverde, sino también las preocupaciones sociales: “Niños mueren por falta de comida”; “Arte insurgente”; “Presos políticos, Libertad”; “Street art for a non sense city” (“Arte callejero para una ciudad sin sentido”); “Dance not war” (“Danza, no hagas la guerra”); “Voto x voto”; “Nos vemos en 2010” (leyenda escrita sobre un retrato de Emiliano Zapata con dos pistolas enmarcando su rostro) o “Guerrilla visual” (sobre la imagen de un joven embozado exhibiendo al Che Guevara al frente de su camiseta y alzando un machete). Un estencilero de Oaxaca es Line, quien cuenta en el libro cómo esta técnica poco costosa adquirió fuerza durante el conflicto de 2006: “El esténcil ya no es un simple rayón en la pared, sino una voz a través de una imagen”.

Calco manías muestra imágenes menos politizadas, casi infantiles, con personajes de caricatura o héroes de cómic pegados en las paredes en la forma de etiquetas o stickers, adhesivos, calcas, engomados o pegotes. La edad promedio de quienes siembran la ciudad con estos elementos va de los 16 a los 20 años. Y la serigrafía es el medio del 90 por ciento de ellos. En Black Book, complemento de Calco manías, se presenta una colección de stickers de la última década en un cuaderno de trabajo con espacio para pegar calcas.

Por último, en Arte Urbe aparece tanto el grueso tronco de un árbol mutilado —intervenido con un ojo vigilante y un pie en rosado y blanco, además de una mancha roja dividiendo ambas gráficas—, como un cartel con la imagen de un cómico popular con la leyenda “¡No temas! Capulina será presidente este 3 de julio”… o tumbas de concreto intervenidas con figuras de esbeltas monjas con el torso desnudo, faldones negros, crucifijo al pecho y el tocado de las órdenes religiosas. Asimismo hay dibujos muy bien realizados donde se advierte “usa tu cerebro” junto a una mano extendida sosteniendo una masa de sesos. No falta, claro, la imagen de una Virgen de Guadalupe cubierta con tapabocas rojo. Llaman la atención cuatro espejos y sus marcos trazados sobre un “qué refleja” de clara caligrafía. En el primero se dibujó un celular, en el segundo la palabra “paranoias”, en el tercero un corazón rojo con dos líneas atravesadas y en el tercero el oleaje del mar. Un símbolo nazi aparece en el techo de un Volkswagen. En tantos años de abandono en alguna esquina citadina, al emblemático auto ya le brotaron enredaderas. Unicornios, sirenas tomando xolotl, cráneos en actitud de gritar “YA BASTA”, muchachas desnudas en posición reflexiva bajo tres postes-girasol, alcantarillas en amarillos, rosas, azules y rojos con dibujos de insectos, imágenes de El Santo, buzones decorados con esqueletos de lentes oscuros, y fotografías de unos abuelos anónimos en la plenitud de su vida nos hablan de una poética de la calle aprehensible siempre y cuando se recorran las ciudades a la manera de aquellos flâneurs o paseantes anónimos de Baudelaire y Walter James. “El street art es un fenómeno único, artístico y divertido. Es una forma de expresar emociones [….] transformando unicel, plástico, madera, papel, vidrio…. Son trabajos colocados en lugares inesperados. Se trata de abrir al mundo un museo de libre acceso, en el cual baste girar la cabeza para observar diversas piezas. Nosotros somos los artistas; el lienzo, la calle; los jueces son las personas que se toman un tiempo para apreciarlo”, dijo Bozker a La Gunilla.

O, como escribía Jerónimo Freymann sobre una exposición itinerante de arte urbano: “Las calles están diciendo muchas cosas, con gritos silenciosos llenos de color, forma y creatividad… No es un criminal quien hace trazos en la pared o pega un cartel, sino un artista que prefiere sacar su trabajo a la calle y expresarse directamente ante el ir y venir de la gente en su vida cotidiana”. Para los más apegados a su origen histórico, este paso a la asimilación social —se organizan seminarios, exposiciones colectivas y hay quienes viven de ello—, traiciona la vocación marginal de una expresión fundamentalmente rebelde. Aunque Stunter practica ambos: “El arte callejero ilegal me late por el rol de la noche. No desprecio el legal, [sólo] implica más tiempo y permiso, satisface mi ego artístico”.

Finalmente, toca al espectador reflexionar sobre las ventajas y desventajas de que una manifestación cultural como ésta se haya profesionalizado.

Magali Tercero • http://magalitercero.arteven.com