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Dos versiones sobre la inseguridad

Carta de viajeCarlos Tello Díaz

El presidente Calderón insistía desde hace años en que la creciente violencia en el país era, paradójicamente, resultado del éxito de la guerra emprendida por su gobierno contra el crimen organizado en México. Era la versión que defendía hasta hace apenas un mes, cuando su secretario de Gobernación afirmó durante el Segundo Foro Político Seguridad y Justicia que, al ser reprimidos, los cárteles “se fueron expandiendo en todo el territorio” y “diversificaron sus acciones criminales, pasando del trasiego de droga al secuestro, la extorsión” (Reforma, 25-05-2010). La represión del gobierno, en otras palabras, hizo que los criminales extendieran y multiplicaran sus actividades en México. Decir esto, aunque fuera cierto, resultaba insostenible para la opinión pública: ¿cómo era posible afirmar que ganábamos la guerra contra la violencia si, con esa guerra, aumentaba la violencia?

Esta visión de la inseguridad acaba de ser rechazada por el propio Calderón en el texto publicado este 13 de junio, con su firma, bajo el título de “La lucha por la seguridad pública”. Calderón describe ahí una historia muy distinta, en la que las organizaciones que controlaban el tráfico de drogas a Estados Unidos empezaron a luchar, “desde mediados de la década de los 90”, por el control del territorio, para vender droga en el país, y después incluso por el control de la sociedad, para extorsionar y secuestrar en México. La delincuencia dejó de ser sólo narcotráfico para ser crimen organizado. “Esto encontré al inicio de la administración”, dijo el presidente, “y fue lo que motivó fuertes y decididas intervenciones del gobierno federal contra el crimen organizado”. No fue la acción del gobierno la que provocó la violencia. “Ha sido la violencia y la delincuencia las que han motivado la acción decidida del gobierno”. En la primera versión, entonces, el golpe del gobierno propició que los criminales extendieran y multiplicaran sus actividades; en la segunda versión, estas actividades ya existían, por lo que el gobierno tuvo que golpear.

Hay indicios para suponer que la primera versión está más cerca de la realidad. Es la conclusión a la que llega Eduardo Guerrero en “Las tres guerras” (Nexos, septiembre de 2009), donde muestra la multiplicación de la narcoviolencia que provocó la detención de dos capos que ocupaban un lugar destacado en la dirigencia de los cárteles de Sinaloa (un miembro de la familia Beltrán Leyva, arrestado el 21 de enero de 2008) y Tijuana (un miembro de la familia Arellano Félix, arrestado el 26 de octubre de 2008). A raíz de sus detenciones, la violencia estalló en Ciudad Juárez, Culiacán y Tijuana. “La estrategia agresiva del gobierno federal”, afirma Guerrero, “ha sido provocadora, en sentido literal, pues ha puesto en marcha una serie de acciones que directa e indirectamente incitan la violencia”. Así ha vuelto a suceder ahora en otro estado, de acuerdo con la prensa: “En Nayarit, en lo que va del año, se han cometido 78 homicidios ligados al narcotráfico, cifra que es superior en 254 por ciento a las ejecuciones cometidas durante todo 2009, en el que sumaron 22. Este incremento en el número de asesinatos coincide con la caída de Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, muerto el 16 de diciembre pasado en Cuernavaca, Morelos, cuya organización detentaba el control de la plaza nayarita” (Reforma, 14-06-2010). La violencia en ese estado significó ya que las escuelas primarias y secundarias cerraran antes del fin del ciclo escolar, por instrucciones del gobernador. Descabezar a los cárteles no terminó con la violencia: la multiplicó. Entonces, ¿qué habría que hacer? No tengo la respuesta, pero creo que la podríamos buscar en el ejemplo de Estados Unidos, un país donde hay drogas y armas, muchísimas, pero no la violencia que hay en México.