Una vida para Henrietta Lacks
MisantropithecusHoracio Salazar
Henrietta Lacks fue una descendiente de esclavos que nació en Roanike, Virginia, en 1920, y murió de un agresivo cáncer de cérvix en 1951. Pero antes de que muriera, médicos de un hospital de la Universidad Johns Hopkins extrajeron tejido de sus tumores y cultivaron en el laboratorio sus células cancerosas. Para sorpresa de muchos, aquellas células crecieron y se multiplicaron con tan bíblico fervor que hoy día los cálculos dicen que en el mundo se han producido más de 50 millones de toneladas métricas de esas células, ¡el equivalente a un centenar de veces el edificio Empire State!
Las células cancerosas de Henrietta pasaron a la historia de la medicina usando las dos iniciales de su nombre, así que se conocen como células HeLa, y prácticamente no hay científico biomédico en el mundo que no haya usado esas células en algún experimento. De hecho, hay buena probabilidad de que la gran mayoría de las personas vivas hoy día hayan recibido alguna vez un fármaco o tratamiento derivado de esas células.
La razón de su popularidad es su extraordinaria capacidad para multiplicarse. Un laboratorio adquiere un recipiente con células HeLa, toma una parte, la descongela y la pone en un medio de cultivo: mientras haya nutrientes, esas células descendientes del tejido tumoral de Henrietta se multiplicarán con vigor.
Así, los científicos pueden probar sobre las células distintos fármacos, químicos, procedimientos físicos, manipulaciones y todo lo que deseen poner a prueba, siempre teniendo como respaldo más células listas para multiplicarse cual conejos microscópicos.
Gracias a las células HeLa se pudo hacer segura la vacuna contra la polio, y las ubicuas células han participado en toda clase de experimentos médicos, genéticos, biológicos que uno pueda imaginar. Aquel fragmento de tejido tumoral de aquella pobre mujer sureña de Virginia ha prestado a la humanidad servicios de gran valor.
Y sin embargo, hasta hace poco tiempo casi nadie podía decir algo acerca de la línea celular HeLa fuera del nombre de la mujer de quien se tomaron aquellas células. Y a veces ni siquiera se conocía el nombre correcto: algunos le decían Helen Lane o Helen Larson. E incluso cuando quedó en claro que la mujer detrás de las células HeLa se llamó en vida Henrietta Lacks, su vida siguió siendo un misterio: era una sombra cuyas células habían ganado la inmortalidad.
La escritora Rebecca Skloot, quien desde adolescente se había sentido fascinada por el misterio detrás de las células HeLa, acometió la misión de recuperar para el mundo la vida de Henrietta. Le tomó casi diez años de trabajo persistente, pues la poca familia que quedaba de Henrietta, personas de escasa educación que habían sido muy mal tratadas por el sistema de salud estadunidense, habían acabado por cerrar la puerta a su pasado.
La persistencia de Skloot la llevó a ganarse poco a poco la confianza de Deborah Lacks, hija de Henrietta, y eso le abrió poco a poco la confianza de una familia llena de problemas pero también de un candor y vigor irresistibles.
El resultado de la ecuación fue un libro recién publicado, cuyo título puede traducirse como La vida inmortal de Henrietta Lacks, una opera prima que dice mucho sobre el talento de la escritora, por el respeto con el que trató a una familia harta de ser manipulada y mantenida en la oscuridad.
El libro de Skloot, que leí casi completo durante una espera de aeropuerto y en el trayecto de Nueva York a Monterrey, es una historia fascinante, humana en el mejor de los sentidos; un recuento del abismo que media entre la educación científica y el atraso rural, de las incomprensiones, amarguras y derrotas que sufrió una familia estadunidense, y del triunfo gradual que significó para todos ellos ir descubriendo a su madre, a una Henrietta Lacks que, gracias a este libro, al fin alcanzó la misma inmortalidad que sus células.








