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Pasolini de nuevo

Sentido contrarioHéctor Rivera

Durante buena parte de su vida, Pier Paolo Pasolini fue una piedra en el zapato de los italianos más conservadores. Desde que fue asesinado al amanecer del 2 de noviembre de 1975 en la solitaria playa de Ostia, en las afueras de Roma, se convirtió además en un problema de conciencia para Italia entera. De alguna manera, ese hombre que vivía al modo de una suerte de reencarnación de los genios del Renacimiento, con sus talentos, sus vicios y sus desafíos a la moral, se ha mantenido vigente durante los últimos 35 años, mientras las circunstancias de su muerte violenta siguen en la oscuridad.

Hace poco comenzaron a circular en los medios las imágenes captadas durante la madrugada de aquel día. Hasta entonces sólo se conocían las fotografías que mostraban su cadáver tendido en la playa en el brumoso despuntar de un día nublado, rodeado por unos cuantos curiosos en medio del ajetreo policiaco. Para documentar el brutal encuentro del poeta con la muerte, había sido retirada la sabana que lo cubría. Asesinado a palos, patadas y puñetazos, tenía el rostro completamente desfigurado, muchos huesos rotos, heridas en todo el cuerpo y la ropa desgarrada. Quien le procuró esa muerte horrible le pasó encima el propio automóvil del artista, un lujoso Alfa Romeo de color plateado. Podían apreciarse en su piel ensangrentada las huellas de las ruedas del vehículo.

Muchos nos preguntamos desde aquel día de noviembre de 1975 sobre las razones que tuvo alguien para acabar de esa manera con la vida de un creador de su tamaño, poeta, ensayista, cineasta, militante político.

Pasolini llegó a México a finales de los años 70. El controvertido productor Gustavo Alatriste había abierto en aquellos años una pequeña cadena de salas cinematográficas de arte. Para regocijo de muchos, no tenían dulcerías y estaba vedado el acceso con alimentos o bebidas.

Alatriste agregaba a sus talentos como próspero empresario mueblero y periodístico, el de exitoso productor de las celebradas cintas de Luis Buñuel con Silvia Pinal, su esposa entonces. Y también el de gran pícaro. En su libro de memorias, Mi último suspiro, Buñuel relató con cierto asombro algunas de sus peripecias al lado de Alatriste. Contó por ejemplo cómo fue testigo alguna vez del soborno que prodigó el productor a los policías de migración que le impedían abandonar el país en el aeropuerto de la Ciudad de México por estar sujeto a un arraigo legal por una acusación de fraude. El soborno, aseguraba Buñuel, era una cuantiosa cantidad, muy superior al monto del presunto fraude que había cometido.

Con este espíritu infractor, Alatriste pasaba tranquilamente en aquellos días sobre lo establecido en la ley cinematográfica de entonces, que prohibía expresamente la práctica profesional de la producción, la distribución y la exhibición de manera simultánea. Para ser justos, hay que anotar aquí que Carlos Amador también hacía lo mismo. Hay que decir también que el de ambos fue un acto de ilegalidad que muchos seguimos agradeciendo.

Alatriste abrió entonces su propia distribuidora de películas, para alimentar su circuito de cines de arte. Como Amador, alimentaba también la programación de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional con las películas que traía al país en medio del mercantilismo patético de sus competidores, interesados sólo en cintas de mínima calidad. Entre las muchas y valiosas películas que trajo Alatriste al país figuraba Teorema, una de las obras clave de Pasolini, prohibida entonces por la Dirección General de Cinematografía, el órgano censor de la Secretaría de Gobernación.

Aquella fábula mística que ponía a prueba la entereza existencial de sus personajes, sometidos a la rigurosa confrontación de sus actos con sus principios, terminaba santificando en las alturas de la levitación a una criada obsesionada con la religión, después de hacer picadillo el frágil tinglado social de una acaudalada familia burguesa.

Entraron luego a México, por la vía de la distribución comercial, otras obras de Pasolini, como aquellas de episodios muy festivas, al modo de Las brujas, realizada con Vittorio De Sica, Mauro Bolognini y Luchino Visconti, entre otros, y enseguida llegaron sus versiones de las tragedias griegas Edipo, el hijo de la fortuna y Medea, así como sus revisiones al tema bíblico con El evangelio según San Mateo. Con las puertas ya abiertas, llegó el Pasolini más atrevido, el más cachondo, el más homosexual, el más lúdico con la Trilogía de la vida que acabó cuestionando él mismo.

Muy polémico en el mundo de la cultura y la política de Italia, con una relación de frecuente choque con el Partido Comunista y con los intelectuales locales, emprendió finalmente la más escandalosa y contundente obra de toda su filmografía, el relato descarnado de las jornadas de Saló, o los 120 días de Sodoma, una película dura, agresiva, violenta, que sin duda concertó de inmediato su cita con la muerte violenta.

Circula la versión de que la trampa para asesinarlo fue la convocatoria en aquella playa para entregarle algunos rollos robados de esta película. De acuerdo con la investigación oficial, se encontraría entonces con el joven prostituto Giuseppe Pelosi, que le habría dado muerte para robarle. Cuando en 2005 Pelosi negó su responsabilidad en el crimen y lo atribuyó a tres rufianes en el contexto de una oscura conjura política, la sospecha sobre la verdadera identidad del asesino y sus motivos renació de nuevo.

Ahora la justicia italiana acaba de anunciar su propósito de reabrir el caso para indagar de nuevo sobre la muerte de Pasolini. Tal vez ahora, 35 años después, Pasolini y los italianos encuentren la paz.

Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa.