Edición:

Datsun

La poeta parte de hechos o cosas familiares para crear imágenes sorprendentes con una prosa esbelta y madura.

Para nadar —lo infiero por el niño de al lado— no es necesario tocar el piso, y parece que ésta es la característica primordial durante la estancia dentro del agua. Sin embargo, el fondo de las albercas está confeccionado con un lujo cuidadoso cuya importancia radica en un guiño cordial: azulejos claros dan una impresión de cercanía, protección y luminosidad. Como prefiero estar en la estación contemplativa del asunto, esos peces con escamas cuadradas que sólo pueden ver los ganadores de la gesta me dan cierta desconfianza: nada bajo una masa de azul turbio y a cincuenta metros de donde se inicia el recorrido, puede ser un sitio seguro para los paseantes. Al avecinarme a los treinta metros (también intuyo que sólo se cuenta la distancia recorrida horizontalmente), veo a mis piernas dar un paseo circular, cada una por su parte y sin alejarse demasiado. Miro abajo y encuentro cada cuadro multiplicado en millares pero sin perder su voto de sostener un hueco. Doy con la frase que como un payaso de resorte se dispara de la caja más inesperada: estoy en lo hondo. Sin otra salida que ir a la inversa, no hago más que aflorar mi barriga al cielo y salvarme la vida jugando a la muerte de Ofelia.

En el centro de la plaza hay un faro. Si bien el tubo luminoso que arroja se introduce sólido en la pupila, algunas veces la luz se difumina un poco debido a la indigencia del alumbrado público. A ese torreón no le importa el trajín de los navíos porque es una bestia de casa. Aunque algo retorcido le corre por dentro y tiene nombre de espantapájaros, permanece ridículamente elevado, doblando la altura de la iglesia y aplastando el furor de las palomas que con tanto ahínco buscan su lugar entre las aves de ornato. Están perdidos los pichones, no hay posibilidad alguna de apañarse de las escamas de pintura corrediza que visten su falso obelisco, o de sus ventanas que son tres fugitivos famélicos e inalcanzables. No es sino a las cuatro de la tarde cuando el faro deja de ser enigma: la gente busca su delgada sombra. Altos, pequeños, con piedras lisas bajo la lengua, con vestidos espumosos sobre el pasto, todos se acomodan en línea recta, unos detrás de otros, hasta llegar al borde de la avenida. Y así permanecemos fuera de dudas hasta las siete de la noche o casi (horario de invierno).

Egresada de la licenciatura de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara, Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, 1982) es asistente de producción en el Programa Cultural Tierra Adentro y miembro del consejo editorial de la revista literaria Reverso. Obtuvo la beca de apoyo a jóvenes creadores del Fonca en la disciplina de poesía durante el periodo 2008-2009. Es autora de los libros de poemas Polvo lugar (Zonámbula, 2007) y Datsun, que será publicado por la editorial Punto de Partida de la UNAM y del cual estos poemas forman parte.

Xitlalitl Rodríguez Mendoza