No más vírgenes
No hay ninguna tragedia en el cierre de la última virgen de Manhattan. No hay ninguna derrota de la música sino de la fórmula que hizo millonarios a especuladores e intermediarios que lucraron con la adicción de los melómanos, quienes sólo conocimos el ingrato camino de llenarnos de discos cueste lo que cueste y haiga sido como haiga sido, para armar colecciones que en pocos casos superaron la prueba del tiempo.
El Titanic de las tiendas de discos en América se hundió sin provocarle un raspón siquiera al conglomerado que inició el visionario Sir Richard Branson en 1971, y que a partir de 1979, año que abrió la primera Virgin Megastore, devino en la mejor tienda de discos del mundo con cientos de sucursales repartidas en el planeta, un buen número de ellas en Norteamérica, donde hace unos días dejaron de existir.
Lo que sí provoca nostalgia es que poco a poco desaparece el tipo de tiendas cuyo concepto quiso multiplicar la oferta con un muy decente surtido de libros, videos y memorabilia rockera en general (camisetas, pósters) idea después clonada por otras tantas como Tower, Amoeba, Mix Up, las que sin embargo nunca le llegaron al precio a Virgin, donde se dieron el lujo de programar pequeños recitales y ya sólo les faltó conseguir licencia para vender alcohol y drogas para que aquello hubiera sido insuperable. El paquete completo es lo que sí vamos a extrañar, pues no es lo mismo hacer compras desde el ordenador que oler, palpar y revisar en vivo nuestras futuras bibliotecas musicales.
En 2000, la cinta High Fidelity de la novela homónima de Nick Hornby ya vislumbraba la decadencia de las tiendas de discos. Rob, el dueño de Championship Vinyl se encuentra en plena crisis de la edad media, harto de su tienda y su trabajo. Al final lo salva la música en vivo, las mujeres, aquello que sobrevive precisamente afuera de los estudios de grabación. ¿Escuchamos música pop porque somos miserables o somos miserables porque escuchamos música pop? Se preguntaban los protagonistas del novelón, antes de retarse a un top five de canciones a tocarse en su funeral.
Se ha escrito mucho esta semana del cierre de la mítica Virgin Megastore de Union Square, una plaza no tan comercial para el turismo pero sí muy concurrida por los propios niuyorquers, y en la que lo mismo hay un grupo de jazz tocando en vivo, que patinetos haciendo suertes o vecinos paseando a su gato con correa (si el clima lo permite, por supuesto). Los fines de semana la tienda de tres pisos hacia abajo cerraba a las dos de la mañana, en una zona donde aún se pueden hallar salones de belleza o gym operando las 24 horas del día. Y se ha hablado mucho de este megacierre, aunque sólo sea una más de las cien tiendas de discos que han desaparecido en el último lustro en NY. La crisis, pero sobre todo las descargas gratuitas o no de mp3 provocaron que las reglas cambiaran. La compra se ha democratizado, y la piratería generalizado. Ahora basta inscribirse en sitios de descargas digital donde se pueden mercar tracks por 5 o por 13 pesos, dependiendo del sitio. En otras, basta darle download para acceder el soundtrack de tu vida.
Virgin se ocupó y explotó las dos mejores décadas a nivel comercial que ha tenido la música, etapa en la que creció exponencialmente y que incluso en 2000 le permitió romper su propio récord al vender la friolera de 785 millones de discos, sobre todo de música pop. Esa época gloriosa sin embargo incubó su natural decadencia con la llegada de un competidor al que siempre tacharon de desleal y al que nunca pudieron contener: La música gratuita.
Pero ahora es otra cosa. La música saldrá a la calle, los ejecutantes venderán sus productos directamente con el interesado sin estar sujetos a estúpidos contratos ni a la frustración de no florecer por no empinarse ante la disquera trasnacional o la Megastore que terminaban siendo los lenones del virtuoso.
Acá en México, el monopolio Mix Up se defiende de las quiebras y ya le entró al modelo de venta de música digital, que antes denostaban. A ver cuánto tiempo logran evitar que el destino los alcance.
Juan Alberto Vázquez








