Millvina Dean, la última sobreviviente del Titanic
Tenía unos meses de edad cuando viajó con su familia en tercera clase.
Millvina Dean, que fue una bebé pasajera a bordo del Titanic, fue bajada a un bote salvavidas en un saco de tela del correo y vivió para convertirse en la última sobreviviente del barco, falleció el 31 de mayo en una casa de reposo en Southampton, el puerto inglés desde el cual el Titanic inició su viaje.
Tenía 97 años y en las últimas semanas había estado mal de salud.
Millvina fue la más joven de los 705 sobrevivientes, tenía sólo nueve semanas cuando el Titanic chocó con un iceberg en las aguas de Terranova, la noche del 14 de abril de 1912, iniciando lo que fue considerado entonces como el mayor desastre marítimo de la historia.
Sobrevivió con su madre, Georgetta, y un hermano de dos años cuando, como muchos otros sobrevivientes, fueron recogidos por el buque Carpathia y llevados a Nueva York.
Su padre, Bertram Dean, estuvo entre los más de mil 500 pasajeros y miembros de la tripulación que murieron en el naufragio, algo que Millvina atribuyó en parte al hecho de que la familia Dean viajaba en tercera clase, los pasajes más baratos.
Algunas versiones del desastre argumentan que la tripulación tenía la orden de darles prioridad en los botes salvavidas a los pasajeros de la primera y segunda clase. También, que las puertas que le facilitaban a la gente de la tercera clase un acceso más rápido a los botes fueron mantenidas con llave.
Aunque estas afirmaciones fueron rebatidas, Millvina dijo que creía que eran ciertas, y que de otra manera su padre habría sobrevivido.
“Eso no podría pasar en la actualidad, es tan malo, tan injusto” añadió, dándole más fuerza a su argumento con una cita de un poema de Rudyard Kipling sobre las distinciones clasistas en el ejército británico en la India colonial: “¿Cómo dicen? ‘Judy O’Grady y la mujer del coronel son hermanas bajo la piel.’ Esa es la manera en la que debieron ser las cosas esa noche, pero no fue así”.
El señor Dean, 29 años, que había administrado un bar en Londres, estaba llevando a su familia a una nueva vida en Kansas City, Missouri, donde un primo que había inmigrado antes que él lo había ayudado a comprar una tabaquería que Dean pensaba dirigir. Pero con el soporte de la familia desaparecido, su viuda pasó sólo una semana en Nueva York antes de volver con sus hijos a Inglaterra.
Los primeros años de Millvina Dean –un nombre que usó toda su vida, aunque fue bautizada como Elizabeth Gladys Dean– transcurrieron en una granja propiedad de su abuelo, un veterinario de Southampton.
Nunca se casó, y pasó su vida laboral como asistente y secretaria en una pequeña empresa de Southampton. Entre otros empleos, trabajó en una pista de carreras de galgos y, durante la Segunda Guerra Mundial, en la oficina de cartografía del gobierno británico. Por más de 20 años, hasta que se jubiló, trabajó en una oficina de ingeniería.
Famosa a su pesar
La celebridad que le dio ser parte del desastre, y luego vivir casi un siglo más, fue algo que siempre tuvo problemas para manejar. En sus últimos años les decía a sus visitantes que era “una persona tan común” que le sorprendía que alguien se interesase tanto en ella.
En la entrevista en la casa de reposo, dijo que por décadas después del hundimiento, nunca habló del naufragio, ni siquiera con la gente que conocía o con la cual trabajaba. Explicó que no lo consideraba apropiado, en parte porque no recordaba nada sobre ello y también porque no quería parecer que estaba intentando llamar la atención.
Pero eso cambió después del 1 de septiembre de 1985, cuando un equipo franco-estadunidense encontró los restos del Titanic, a más de 3,000 metros de profundidad, a 595 kilómetros al este de Mistaken Point, Terranova.
Esto generó una oleada de interés en el barco y su destino que alcanzó su pico en 1996, con el éxito de taquilla de James Cameron, Titanic, protagonizada por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio.
“Para ser honesta, nadie sabía ni de mí ni del Titanic, a nadie le interesaba, así que a mí tampoco”, expresó.
“Pero luego encontraron los restos y, después de eso, me encontraron a mí.”
En los últimos 20 años de su vida, fue a reuniones en Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos para participar en eventos relacionados con el naufragio.
Millvina dijo que todo lo que sabía de lo que sucedió se lo había contado su madre: “Ella me dijo que habían escuchado un ruido tremendo, y que mi padre subió a la cubierta tan pronto como le fue posible, luego volvió a bajar y dijo ‘Levanta a los niños y llévalos a cubierta lo más pronto posible, porque el barco ha chocado con un iceberg’”.
En cubierta, madre e hija fueron separadas de padre e hijo, y fue sólo cuando llegó el día, horas después de que abordaron el Carpathia, que ella y su madre se reunieron con su hermano, Berthram Vere Dean, carpintero, fallecido en 1997.
Cuando su mala salud la obligó a mudarse a la casa de retiro, Millvina, batallando para pagar el costo residencial de casi 5 mil dólares, comenzó a vender sus recuerdos del Titanic en remates, incluyendo una bolsa de correo de tela que su madre usó para cargar las pocas pertenencias que adquirió la familia durante su semana en Nueva York.
Había esperado que la bolsa fuese la que usaron para bajarla al bote salvavidas, pero cuando los expertos decidieron que no lo era, se vendió por sólo £ mil 500 libras, unos 2 mil 400 dólares.
“Una lástima”, dijo Millvina en la entrevista con una breve sonrisa. “¡Si hubiera sido la bolsa que usaron para mí habría costado 100 mil libras!”
Hace algunas semanas, los relatos de sus apuros en las noticias llamaron la atención de Winslet y DiCaprio, y ellos, junto con Cameron, contribuyeron a la Fundación Millvina, establecida para cubrir los costos de la casa de retiro.
Millvina murió en el 98 aniversario de la salida del barco, sin haber visto jamás la película, lo que atribuyó a su renuencia a recordar lo que le había pasado a su padre. “Me habría hecho pensar si saltó o se hundió con el barco. Me habría emocionado mucho...”
En cuanto a su propia supervivencia, dijo que era una persona “muy realista”, tenía poco tiempo para las especulaciones metafísicas que le habían planteado con el correr de los años sobre por qué el destino, o la Divina Providencia, la habían escogido para que sobreviviera al naufragio cuando sólo era un bebé, y luego le habían permitido sobrevivir a todos los demás que lograron salir vivos.
“El cielo y el infierno, ¿cómo puedes creer en algo allá en el cielo?”, cuestionó. Luego sonriendo nuevamente, añadió: “Sin embargo, me encantaría que me demostraran que estoy equivocada”.
© The New York Times
Traducción: Franco Cubello
Londres/John F. Burns








