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Padres violadores: y el tabú del incesto, ¿qué?

Armando Lucero, de 65 años, abusó de su hija por más de 27 años. Tuvo con ella siete hijos-nietos en una relación abierta, sin rejas de por medio, y a la vista de su esposa, madre de la joven, y de un círculo familiar de alto nivel intelectual en la provincia de Mendoza.

El horror que produjo la historia del austriaco Josef Fritzl se reeditó ahora en Mendoza, una provincia del oeste de la Argentina, junto a la Cordillera de los Andes. Armando Lucero, un albañil de 65 años, abusó de su hija desde los 8 hasta los 35 años, y tuvo con ella siete hijos–nietos, con edades que van desde los 2 hasta los 18 años. A diferencia del austriaco, que mantuvo a su hija cautiva en un sótano de 70 metros cuadrados, el mendocino convivía con ella y con su segunda mujer, madre de la joven, con los hijos de su relación incestuosa y con su suegra sin que el menor atisbo de dudas se reflejara puertas afuera de ese mundo del horror. ¿O sí?

El caso produce horror porque viola el tabú del incesto, la norma básica para la vida en el orden de la cultura: sin el tabú del incesto, impera la horda primitiva por la cual el macho de la tribu expulsa por la violencia a los hijos y goza de todas las mujeres. ¿Cómo es posible semejante estado salvaje en medio de la cultura? A lo largo de su vida, Lucero tuvo 21 hijos, de tres mujeres diferentes, una de ellas su hija, la víctima que radicó esta denuncia. Y, según trascendió, el hombre podría haber cometido abusos también contra otras de sus hijas del primer matrimonio, una de las cuales se radicó en España. El único que denunció infructuosamente la situación fue un hijo varón que finalmente fue escuchado en el congreso provincial.

¿Qué significa el abuso sexual infantil? Un balazo en el psiquismo. Así lo explica la psiquiatra argentina Irene Intebi, presidente de la Sociedad Internacional para la Prevención del Abuso de Niños y la Negligencia: “Imaginemos por un momento qué puede pasar en la cabeza de una niña (o de un niño) que quiere a un adulto de su familia (papá, abuelo, padrastro, tío) y confía en él y de pronto se ve envuelto en una situación rara. Algo que no entiende y que intuye que está mal porque no debe contárselo a su mamá. Algo que no le gusta pero que le produce cierto placer. Algo a lo que tampoco puede negarse y que le da miedo, angustia y culpa, y que no puede revelar porque sin querer, ya fue convertido en cómplice.”

El abuso sexual requiere de un pacto de silencio, de castigos y amenazas en las que las víctimas creen a rajatabla. En el caso de Austria, Fritz había convencido a su hija de que si intentaba escapar se accionaría una cámara de gas que los mataría en segundo. Con Lucero, no sabemos aún a través de qué terror mantuvo su secreto a lo largo de 27 años.

Los expertos en el tema subrayan que el caso de Mendoza es paradigmático para demostrar que el nivel intelectual de una mujer o su inserción en el mundo del trabajo, no guarda relación directa con su sujeción mental a los manejos de un psicópata. Los hay en hogares de todas las clases sociales e incluso en los de mayor nivel intelectual: en el caso de Mendoza, la madre de la muchacha abusada trabaja en el Palacio de Justicia provincial y de hecho, es el sostén del hogar porque su marido vive de trabajos ocasionales.

¿Cómo explicar que la mujer de Josef Fritzl no haya salido a buscar a su hija coptada por una supuesta secta? Y sin embargo, cuando Elizabeth logró escapar de ese sótano abrazó a su mamá por horas y nunca quiso hacer un cargo en su contra. ¿Y la mujer de Lucero, tolerando que su marido abusara sistemáticamente de su hija a lo largo de 27 años?

Para Diana Staubli, quien hasta su muerte, en 2005, coordinó el Centro Municipal de la Mujer en Vicente López, provincia de Buenos Aires, y que obtuvo el premio de la ONU a la Mejor Gestión Municipal en Defensa de los Derechos de las Mujeres en Latinoamérica, en la gran mayoría de los casos las mamás de estas niñas son también víctimas del terror. Y esto es difícil de comprender cuando no se pasó por la experiencia de la violencia familiar.

“En los relatos de las víctimas aparece la imagen de un insecto inmovilizado por una sutil pero espesa tela de araña que se fue construyendo desde los comienzos de la relación. Esta violencia tiene un ciclo preciso que se repite prácticamente sin variaciones y que produce lo que se llama Síndrome (conjunto de síntomas) de la mujer maltratada. Un circuito de la violencia que no comienza de un día para otro y que va imponiendo en la familia un pacto de silencio: el hombre que al inicio era un galán enamorado, comienza a mostrarse irritable y se enoja sin motivo aparente. Aparecen menosprecios sutiles, ira contenida y una cierta indiferencia que luego se convierten en sarcasmos, largos silencios, demandas irrazonables y manipulaciones. Cuando ella le pregunta, él niega su enojo y retruca devolviéndole la culpabilidad. “Eres demasiado sensible”, “estás haciendo un problema de nada”, “no sé de qué estás hablando”, “¿quieres discutir?”.

De la violencia psicológica se pasa a la violencia física y de ésta al arrepentimiento y al perdón y luego vuelve la irritabilidad, la tensión aumenta y se inicia una nueva discordia y con ella un nuevo ciclo en el cual intenta crear miedo y obediencia. Todo recomienza pero las etapas se acortan cada vez más y la agresión se vuelve más encarnizada.

El maltrato sistemático diezma la autoestima volviendo a la víctima cada vez más dependiente de su esposo (o de su padre, cuando se trata de la muchacha abusada), con cada vez menos poder para reclamar o negociar hasta llegar a la convicción de que no podría existir sin su compañero. Tanto la muchacha de Austria como la de Mendoza se convirtieron en rehenes de la dependencia y en ambos casos, el cautiverio parece haberse roto cuando ellas pudieron sobreponerse al terror pensando que sus propias hijas iban a correr el mismo riesgo.

¿Será este un patrón en estos casos? “A veces sí, pero otras veces, no”, afirma la psicóloga Irene Fridman, del Foro de Psicoanálisis y Género. “En mi experiencia, muchas mujeres están tan inmersas en este mundo violento que llegan incluso a negar totalmente que sus hijas puedan ser abusadas como lo fueron ellas y hasta las entregan al abuelito para su cuidado”.

Claudia Selser/Buenos Aires