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El floreciente negocio del sexo

La industria de películas porno piratas, sex shops, exposiciones, juguetería erótica y cabinas donde “todo puede suceder”, se expande y representa ingresos de 6 mil millones de pesos anuales.

Según un estudio de la Procuraduría Federal del Consumidor, las 70 tiendas de artículos sexuales o sex shops que se ubicaban en México en 2005 generaban ventas de hasta 200 millones de pesos al año. De la comunidad gay venía una cuarta parte de esa cantidad, pero el 70 por ciento de los 2 mil millones de pesos anuales en ventas de juguetes y películas estaba en manos del contrabando y la piratería. Ahora las cifras se han triplicado, según especialistas.

Las tiendas Erotika cuentan con 60 establecimientos en el país. Hace 14 años sólo tenían tres tiendas en el DF. En el 2007 iniciaron su expansión a través de franquicias, aunque el boom se dio tres años antes, cuando llegaron a 13 tiendas. De acuerdo a la página web de la Asociación Mexicana de Franquicias, una franquicia de Erotika se cotiza en 300 mil, 500 mil y un millón de pesos, según el lugar y el espacio. Actualmente la marca cuenta con 20 sex shops en el DF; otras se encuentran en el Estado de México, Monterrey y Puebla.

El encargado de marketing de la cadena, Luis F. Llanos, explica su presencia pública: “El sexo era un tabú; las sex shops eran oscuras y casi clandestinas, se creía que eran lugares de perversión, de explotación de la sexualidad; ahora estamos en plazas y centros comerciales donde utilizamos un concepto más suave: que se vea como una tienda de regalos”.

A Puebla, informa, llegaron con cautela. El término sex shop simplemente no pasó. El conservadurismo lo detuvo. Entonces utilizaron el nombre Love Store. Así se dio el permiso para la tienda que se encuentra en un centro comercial. Hasta el 2005 había registrado un incremento en su ventas de hasta 65 por ciento en sólo cinco años, y por lo menos una centena de visitantes acude a diario a una de las otras tiendas de esa ciudad, donde existen ya 15 negocios. En las ciudades de México, Monterrey y Guadalajara las tiendas reciben 500 personas al día.

Luis F. Llanos intenta una definición de su negocio: “La cultura sexual del hombre y la mujer son diferentes; la del hombre es más visual y la de la mujer es más sensorial, e incluye el estímulo corporal, olfato y vista. Son dos mercados completamente diferentes. Antes las sex shops eran más visitadas por los hombres, hoy 70 por ciento de quienes las visitan son mujeres y ese mismo porcentaje de productos se les venden a ellas”.

La juguetería erótica cambió con el tiempo. La novedad que causa furor en las féminas de hoy es el multiorgasmo electrónico, a un costo de 2 mil 684 pesos. Estimula con su rotación el punto G; con una especie de perlas que lleva en la parte alta del pene virtual estimula las paredes vaginales y al introducirse una como mariposa estimula el clítoris. Para los que andan en la onda del bondage hay artículos de piel para prácticas anales y de sumisión; arneses y pecheras, lencería. Todo un sueño para la comunidad gay que es la que más los solicita. “Aunque también a los heterosexuales les encanta”, dice el promotor de Erotika.

Aceite del amor para sensibilizar zonas erógenas, bálsamos, polvos de miel… hay juguetes de hasta 15 pesos. Las generaciones de la yohimbina y del consolador a secas, de venta casi clandestina y penosa, quedaron muy atrás.

Onán y el rapidín

Son hombres solos sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas. La avenida los ve entrar y salir de los diferentes sex shops entre Madero e Izazaga. “¿Nos echamos un cabinazo?, dice divertido Juan, de 27 años de edad. Acaba de salir de una cabina de películas porno. Y va sobre otra “allá adelante”. Como si allá adelante estuviera todo lo que desea. Sólo se requieren 30 pesos y el tiempo uno lo pone.

—¿Una cabina es para masturbarse? —pregunta el ingenuo reportero.

—¡¡No, no, no!! Pues te masturbas y ya ¿no, hijo? Bueno, uno no sabe qué suceda adentro… —responde un no tan ingenuo dependiente de Mundo Sex Shop.

—¿Y en esas cabinas para parejas se puede tener sexo?

—No se alquilan para eso, pero es la vida privada de la gente…

Las cabinas, se supone, se alquilan para ver en privado películas de nombres exuberantes: calientes, turgentes, potables, mil posiciones, oral, oral y oral. José Luís Vega, mandamás del negocio, informa que los visitantes a las 30 videocabinas con que cuentan son “cincuenta y cincuenta”: mitad hombres solos y mitad parejas. “De cada cien visitantes, tres son mujeres; de cada cien, 20 son gays”.

Se escuchan los gemidos estereofónicos de una mujer. El pasillo de las cabinas es oscuro y se ingresa a través de unas cortinas. Los espacios miden 90 centímetros, a lo más. Los gemidos salen de los labios rojos de una güerísima. Boquita pintada, a cada movimiento parece que sus ojos saltan hacía adelante. Brincan. Se mueven. A los 20 minutos sale un joven. Atraviesa el pasaje y al salir a la calle se suma a la masa. Ahora es una masa divina:
Onán va con él.

—¿Qué compra la gente que entra a la tienda? —se le pregunta frente a un pene de plástico que se alza triunfal.

—Las mujeres el vibrador, y los hombres algún producto anal—. Sonríe. El pene apunta hacia arriba. Afuera la gente camina por las banquetas. El sol quema, y eso que es invierno.

“Aquí, allá, allá y hasta allá…”, es la frase de Manuel cuando señala las sex shops y sus cabinas oscuras. Allá él, su cabina y su soledad: películas porno, piratería, productos chinos, cines con pantallas llenas de mujeres exuberantes, miradas prometedoras que van y vienen por las calles. Pero, sobre todo, cabinas para hombres solos y parejas que golpean paredes y aporrean las puertas. A estas últimas el cabinazo les sale en 60 pesos. Nada para un rapidín.

“Es el gusto ¿no?, sale uno del trabajo tenso y todo eso y entonces aquí pasas y te diviertes un rato… escoges la película más agradable, yo me he visto un buen. ¿Quieres títulos? Conozco un resto. ¿Cómo las escojo? Pues por las portadas, son muy sugerentes y te muestran todo y si quieres hacer adentro lo que quieras pues lo haces, ¿no? Pa’eso pagas y ¿quién te ve? Tienen un buen de clientes. Yo me he tenido que formar algunas veces que hay fila, y en el sex de allá enfrente mientras esperas puedes curiosear todas las películas que hay… y pues ya entras bien acá a la cabina, ¿no? Sales de aquí y a veces te das un volteón allá; aquí hay varios sex y te das los cabinazos que alcances, ¿no?”. Para Enrique todo es un sueño, incluso caminar por ese Eje. Siente que todas le cierran el ojo. Pero siempre va solo. ¿Será por eso?

“Es una avenida cachonda, donde encuentras de todo. Eso ya es un gusto ¿no? Siempre anda uno con el deseo encima. Me gusta venir solo; alguna vez he venido con una amiga o te encuentras a alguna en esta calle y la invitas, nunca faltan las nenorras por acá que quieren un billetito por un trabajo sencillo en la cabina. La boca habla por ellas… y la boca es la boca”.

En el Eje Central no sólo está el tramo que va de Madero a Izazaga; ése es el más serio o “el de mayor caché”, dice un hombre que pasa los 50 años. Sabe lo que dice. “Allá adelante —de Donceles a Garibaldi—es la zona de rompe y rasga. No, manito, están rete gruesos y gruesas”.

Francisco Mejía