Entre la ilegalidad y la inventiva
Crónicas urbanasHumberto Ríos Navarrete
Cada año aquí, en el deportivo Chavos Banda, se reúnen miles de jóvenes, del DF y otras partes del país, para colorear los muros de este espacio, que en los 90 fue centro de pugnas entre una treintena de pandillas de Iztapalapa, y más tarde, al grito de “¡La banda es cultura, no basura!”, formarían una organización legal. Sin embargo —dicen sus promotores—, el gobierno local les redujo el presupuesto destinado al taller integral de prevención, al que asistían unos 200 jóvenes.
Los alumnos traían su material a los talleres, que formaban parte de un programa de financiamiento dependiente de la Dirección General de Equidad del Gobierno del DF, dirigido por Patricia Patiño. Daban talleres de dibujo artístico, coreografía y grafiti, agrega Roberto Durán, iniciador del centro, quien precisa que el grafiti se enseña como arte y no como distracción, por lo que, además, se pretendía “quitarle el miedo al deportivo”, que hace años abrigó a pandilleros.
“Fue una etapa de continuidad, y cumplimos con todos los requisitos, pero aun así no fueron financiados”, dice Durán, “por lo que no quedó más opción que reducir a 25 el número de jóvenes”, que los sábados y domingos toman cursos de dibujo artístico y grafiti. Los talleres duran dos años. Y aunque se remodelaron las canchas deportivas, dice, esto no significa que a todos les guste practicar el futbol.
—¿Y qué pasó con el resto de los jóvenes?
—Pues andan en la calle, sin alternativas.
Las autoridades tardaron más de 10 años en mejorar la infraestructura, y en esta acción se colocaron juegos infantiles y se puso en marcha un programa de mejoramiento barrial. En ese sentido hubo interés en el desarrollo comunitario, admite Durán, “pero se descuidó la prevención de adicciones con la suspensión de los talleres de arte que, mediante dinámicas grupales, combaten los factores de riesgo en la comunidad”.
—El deportivo estaba descuidado.
—Sí, además de ser centro de batallas entre pandillas; pero aun ahora, en más de cuatro kilómetros a la redonda, no hay un espacio destinado a los jóvenes.
Roberto Durán es secretario general de la Organización Juvenil Revolucionaria Zapatista y socio honorario del Consejo para el Desarrollo Comunitario, AC. Tiene 35 años. A los 10 formó parte de una pandilla, Los Chupones, y más tarde militó en las filas de Los Bulocs. El radio de acción de ellos abarcaba las colonias Consejo Agrarista, Lomas de San Lorenzo y Reforma, en el oriente de Iztapalapa.
“Era la forma habitual de convivir de los chavos, para estar más seguros dentro del barrio”, recuerda Durán, quien 10 años después, junto con otros camaradas, formó la asociación, cuyos miembros, entre hombres y mujeres, integraban unos mil 500. En aquellos tiempos él era uno de los más jóvenes. Los demás ahora tienen edades que van de los 45 a 50 años.
“Ahora los chavos traen los carros y las motos de sus papás; son más independientes, hay más rebeldía y más tentaciones en las calles”, dice Durán, en respuesta a la pregunta sobre la diferencia entre las bandas juveniles de antes y las actuales.
En la plática participa Jesús Delgado, también de 35, quien pertenecía a la pandilla Las Peñas, nombre de la colonia vecina a San Lorenzo. Es entrenador en gimnasios y orienta a jóvenes que deciden dejar las adicciones. “Antes —rememora Delgado, cuerpo robusto— las peleas eran a puñetazos, con cadenas, pedradas y chacos; ahora son con pistolas, cuchillos y petardos”.
“Pero si rescatamos a 200 chavos de las calles para evitar que se propague la maldad y luego nos quitan el financiamiento, ellos volverán a las calles”, reflexiona Durán. “En pocas palabras, hay falta de continuismo en los proyectos”, añade.
“Lo que no entienden las instancias del gobierno es que el rescate de los jóvenes en situación de riesgo, es a través de proyectos integrales, que se trabajen en el corazón de los barrios”, añade Durán, quien se enorgullece de que ésta es una de las pocas escuelas de grafiti, si no la única, que hay en todo el país.
Tienen 13 años con la exposición Cultural y Artística, “pero este año, gracias a la Dirección de Equidad —comenta en forma irónica—, no contamos con un solo peso para hacer el evento; porque no sólo es el acto de la clausura, sino anunciar a la gente que hay un espacio donde ellos se pueden manifestar de manera pacífica”.
En la tertulia participa el grafitero Alter, de 27 años, quien se inició en la actividad a los 17. Imparte la materia de aerografía en el taller de dibujo para niños y jóvenes en el deportivo Chavos Banda. Ha obtenido tres primeros lugares en años seguidos en concursos de aerografía sobre autos, que denominan tuning.
“La peor estupidez del gobierno es implantar programas antigrafitis contra los chavos”, asegura Alter, que ha ganado concursos.
—El grafiti ha trascendido— se le recuerda, luego de comentarle la incursión de varios jóvenes, en especial el británico Bansky, una de cuyas tácticas es andar a salto de muros, sombras y asfalto.
—Antes se pedía permiso, pero ahora hay más espacio, como aquí y el Palacio de Nezahualcóyotl —dice, en referencia al municipio del Estado de México.
—Pero también entramos en un absurdo, como en Querétaro —agrega Roberto Durán—, donde se legisló para penalizar el grafiti; en el DF, en cambio, uno puede pintar una barda con autorización del dueño de ésta.
—Como aquí, en el deportivo.
—Sí, y somos de los pocos iniciadores del grafiti de manera organizada. Antes se firmaban con los nombres de las pandillas; ahora lo firma el autor. Es como tag, que ya es una firma.
—Antes, con el grafiti, se marcaban territorios —ilustra Alter—; ahora, el grafitero lo hace con la idea decirle a la sociedad: “Aquí estoy, existo”.
Alter ha realizado grafiti de manera ilegal y con permiso. El ilegal lo hacía en carros del Metro. Él y otros saltaban sobre las vías para hacer grafitos. “Eran dibujos espectaculares, y hacerlo —admite— era un desafío a la autoridad”.
Los jóvenes grafiteaban trenes que pernoctaban frente al paradero de La Paz del Metro férreo, en el Estado de México, y lo hacían luego de sobornar a guardias, quienes mediante 50 pesos, pagados por cada autor, permitían colorear vagones. Había ocasiones, incluso, en que el guardia recibía el producto de cinco grafiteros, que dibujaban igual número de carros de ferrocarril.
—Era diferente en el Metro.
—Era la esencia: burlábamos a la autoridad.
Hay chavos “tan chingones” que, al menor descuido de policías, han grafiteado sus patrullas, como sucedió durante un concierto en el Monumento a la Revolución; o en Iztapalapa, cuando los vigilantes dormían en su unidad, cuya portezuela fue pintada con zetas de diferentes tamaños, simulando los ronquidos.
Y aquí están Beker y Twms. El primero ha diseñado marcas, pintado bardas y negocios, además de hacer dibujos en 250 playeras para la empresa televisiva MTV; el segundo ha realizado giras, patrocinado por compañías de bebidas energéticas y es contratado por gobiernos, como en Monterrey y Monclova.
Ninguno de ellos se mide con Bansky, un enigmático británico, cuyos murales son valuados hasta en 300 mil euros; pero aquí, en el deportivo, ya hicieron del grafiti una forma de convivencia, pues sábados y domingos afinan técnicas para convertirlo en producto de calidad. Aunque sea efímero.








