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HUAMANGO TIERRA OTOMÍ

Se calcula que el lugar estuvo habitado por 200 ó 250 años.

La zona arqueológica de Huamango mira franca al Valle de los Espejos. Desde la meseta donde se asienta, la vista se vuelve panorámica denotando: control del territorio. Seguramente, por estrategia eso buscaron los antiguos que ahí se asentaron, quienes por las investigaciones y la zona de ubicación se deduce pertenecieron al grupo otomiano.

Tierra de paso, de enlace, de tránsito. Huamango estuvo habitado unos 200 o 250 años en una época posterior a la caída de Teotihuacan originada por la creación de nuevas ciudades en el centro del país, como Xochicalco, Cholula y Tula, que impidieron el acceso económico para la gran metrópoli.
Huamangoes de aquellaépoca, recuerda Ricardo Jaramillo Luque, subdirector de rescate y conservación del Instituto Me- xiquense de Cultura (IMC), quien acompaña a MILENIO Estado de México por un recorrido por la zona arqueológica que consigue traer el pasado a la época actual caracterizada por la globalización y el avance tecnológico.

A los visitantes los recibe el Templo del Guerrero, entronizado por una cruz de cemento ubicada en su parte posterior y una capilla a uno de sus costados, la imagen recuerda el dolor asimilado de la conquista.

Cuenta el arqueólogo que antes de las excavaciones -llevadas a cabo en el segundo semestre de 1976 por el equipo de Román Piña Chan después de los trabajos en Teotenango- la capilla se encontraba sobre el Templo del Guerrero, por lo que se convenció a los feligreses de la comunidad a cambiar la capilla a un costado de la pirámide, situación a la que accedieron.

Entonces, desde esa época, el Templo del Guerrero ya no es el recuerdo prehispánico sobre el cual cada tres de mayo, se celebra el Día de la Santa Cruz, por el contrario se volvió el sitio del lugar donde se encontraron la mayor parte de entierros, 10 para ser exactos.

Vasijas y huesos fragmentados fueron los encontrados, lo que dejó conocer que los entierros fueron secundarios, es decir, explica Jaramillo Luque, el cuerpo (después de muerto) una vez que se secaba se exponía a los animales, al medio ambiente, luego los huesos se metían en una vasija y se volvían a enterrar”.

Este basamento trunco piramidal -se le llama así porque insinúa la forma de una pirámide, pero en su parte superior siempre esta trunca a través de un espacio plano para ahí colocar un templo- recibe su nombre debido a las prácticas que en él se realizaban y las cuales se deducen de lo encontrado en ella y gracias a que ahí se localizó una lapida con la representación de un guerrero que se encuentra en un Museo en Acambay.

La caminata continúa, y el aire acompaña el compás de las preguntas.

Seis son las hectáreas que mide la zona, sobre las cuales se encuentran los elementos arquitectónicos descubiertos en el área caracterizada por su bosque de encino y el terreno que es poco confiable para la siembra, dificultad que disminuye sobre las terrazas de la meseta.

El Palacio, se yergue casi en el centro de la zona. El edificio ceremonial conserva el estilo arquitectónico del lugar, una escalera arremetida y la piedra estucada. Lleva ese nombre debido a que en su parte superior se localizaron elementos de pilastras de madera en su acceso, así como cimientos de piedra y saumerios, estos últimos que indican actividad religiosa.

Este edificio también es trunco piramidal, “¿porqué no se conservan los techos”, se le cuestiona a Jaramillo Luque, quien dice que eran hechos de materiales perecederos, como adobe, tierra, teja, palma, por lo que el tiempo no los pudo conservar; entonces “porqué no de piedra”, se le insistió, “yo supongo que iban haciendo (los techos) para cada actividad, así como ahora visten a los santos, iban cambiando el tipo de ceremonias, sí hay muros en piedra, pero en la gran mayoría no”.

Como sucede con las plataformas del lugar, las cuales sólo están marcadas en su base por algunas piedras. Habitaciones de élite se presume que hubo en el sitio, las cuales eran ocupadas por sacerdotes y administradores de Huamango.

Los campesinos, como sucede ahora, dice Jaramillo Luque, estaban diseminados y seguramente vivían a un lado de sus campos. En las plataformas se localizaron fogones, cerámica doméstica y herramientas de trabajo que no dejan duda para determinar que fueron casas habitación.

El recorrido termina y mientras se camina a la salida, las necesidades se subrayan, en febrero o marzo se dará mantenimiento al lugar, ya que la vegetación se adueña de los edificios y si no se detiene puede dañarlos y cubrirlos de los ojos del visitante.

Además se espera que con el presupuesto de esté año se pueda comprar una bomba extra de agua y más equipo de mantenimiento, así como cambio de cédulas de información las cuales son constantemente destruidas por los visitantes, “más no tenemos proyectado por lo pronto exploración mayor”, dijo el arqueólogo.

Jaramillo Luque quien en está ocasión realizaba la primera visita a zonas arqueológicas de este año, explica que es cierto que la demanda de la zona no es mucha, ya que se están recibiendo entre 600 y 700 visitantes al mes, entre ellos muchos grupos escolares, sin embargo y aunque la región tampoco es muy habitada, “eso no quita la importancia, y luego pensamos los mexicanos que necesitamos muchísima gente para que algo sea importante y no, esta importancia regional, debe haber presencia de la antigüedad en estas regiones que aparentemente no son regiones turísticas, a veces es más importante a esto asignarle recursos, que a donde fácil llegan recursos, nuestra función también es dedicar esfuerzos a zonas relativamente marginales”.

La despedida del lugar es inminente, sólo queda la promesa de volver en marzo a la inauguración del Festival Quinto Sol como en años pasados, mientras la imagen de una antena de radio civil para la policía de Acambay vuelve el pensamiento al presente. “Está en zona explorada, no hay vestigios”, hace hincapié Jaramillo Luque, sobre la ubicación de la estructura.

Tania Hernández A./Acambay