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No más “zorras” por favor

Sandoval

Revisaba recientemente unos cuantos libros que llevan en su título palabras como “cabronas”, “zorras”,  “arrastradas”, “niñas bien”, y tratan sobre relaciones de pareja o dan consejos a mujeres de todas las edades sobre la manera en que deben comportarse frente a los hombres o para poder “ligarse” a uno que las lleve al altar; me pregunté en qué momento esos vocablos se convirtieron en gancho para vender millones de ejemplares y por qué en las redes sociales se usan de manera indiscriminada.

Los vocablos en sí (de uso coloquial) no son lo que me genera curiosidad y zozobra, sino el contexto y la manera como se emplean. A ratos veo pasar en mi time line de Twitter  la palabra “zorra”, empleada para expresar superioridad frente a una mujer a la que se quiere demeritar, para poner ejemplos de lo que alguien no haría (estilos al vestirse, actuar), para justificar que no se quiera hacer algo o simplemente para herir. Esa reacción que solía ser típica de adolescentes se ha convertido en un estilo que ocupan hasta las treintañeras cuando quieren demostrar que son mejores que otras congéneres o más rudas que los machos más machos. A mí, la verdad, me sale salpullido cuando lo veo.

Desde que apareció ese libro titulado Por qué los hombres aman a las cabronas. De arrastrada a mujer ideal, el estilo se ha vuelto de los más socorridos y explotados. Me pregunto: ¿qué es ser una zorra? ¿Y ser cabrona? ¿La mujer ideal no puede ser una zorra? ¿Existe la mujer ideal? ¿Las “niñas bien” son bien qué? ¿Las cabronas son “niñas bien” y las zorras son arrastradas?  Y antes de que la cabeza me estalle, reviso las páginas de ejemplares semejantes en busca de alguna pista.

Encuentro ciertas cosas que me parecen interesantes, algunas divertidas, pero, acá entre nos, nunca he podido manejarme con etiquetas. De hecho, hacerlo me saca de balance. No me gusta calificar a las personas con palabras negativas y cada tanto repito en voz alta que, solo por hoy, no hablaré mal de nadie. Así que, de entrada, esa es una de las razones por las que la novedad (manía, estilo, onda o como quieran llamarle) de usar esas palabrejas en las redes no me gusta.

No hay, me contesto, “mujeres ideales”. Una de las bases más maravillosas en la sexología es aquella que nos recuerda que todos somos únicos e irrepetibles, por lo que en el mundo hay siete mil 162 millones de maneras de percibir, entender y ejercer la sexualidad, los vínculos afectivos. De ellas, más de  tres mil 500 millones de formas corresponden a mujeres. Entonces, ¿cómo podríamos encasillar a un grupo bajo el título de “mujer ideal” si nuestra riqueza radica en esa diversidad que nos hace particulares?

 Se trata, creo yo, de un deseo de pertenencia, de querernos sentir aceptados, de anhelar homologarnos a una masa para no tener que batallar tratando de explorar nuestro propio yo. No generalizo: hay, por suerte, muchas personas que logran ser ellas mismas y defienden su individualidad; me pregunto cuántas de ellas usan el término “zorra” u otros del tipo para referirse a algunas mujeres.

Creo que la inseguridad tiene mucho que ver en el asunto. Más si hablamos de relaciones de pareja. Nuestra palabra en cuestión (que se cree es igual al foxy en inglés, pero éste, como bien cantó Jimi Hendrix, es un adjetivo que se le da a chicas sexies y, en todo caso, buenotas) es usada de manera indiscriminada, también, para establecer distancias. Me viene a la mente una imagen: un hombre de pie, quietecito, y una mujer (SU mujer) dibujando con un gis una línea en el piso a un metro de distancia. Luego, ella diciendo: “Todas las que pasen de aquí para allá (es decir, hacia MI hombre), son unas zorras. Las que se ubiquen de la línea hacia atrás (es decir, hacia mí), son ‘niñas bien’ y por ello las recibo en mi manada”.

Los celos nos llevan a herir a los demás. Juan Luis Álvarez Gayou y Patricia Millán dicen, en su libro “Te celo porque te quiero”, que éstos se refieren al deseo de conservar algo que consideramos nuestro; “buscamos, por todos los medios, conservar a alguien o algo que amamos”. Y entre todos esos medios se encuentra la descalificación del otro, de esa sombra, esa amenaza, siempre latente, de que alguien nos robe lo nuestro. Una zorra, seguramente.

La envidia, por otro lado, se refiere al deseo de tener algo que no es nuestro, que otro u otros poseen. Queremos ser “la mujer ideal” para ver si conseguimos lo mismo que tiene la que está al lado, quien, por cierto, es una cabrona. Y así, vamos etiquetando.

Queremos ser especiales para agradar a quien nos agrada, pero a la vez no asumimos del todo la individualidad,  nuestra y de la pareja, por lo que buscamos ubicarnos en un grupo y repetir sus estándares (incluyendo su lenguaje) para justificar nuestras reacciones. Nadie es de nuestra propiedad ni tendríamos que defender a nuestros compañeros o compañeras de vida como perros por el simple hecho de que no nos pertenecen. Nadie nos pertenece, ni siquiera los hijos. Tendríamos que vivir en compañía porque así lo deseamos y aceptamos a la contraparte tal como es; porque buscamos que él o ella sientan lo mismo hacia nosotr@s. Porque compartimos el ejercicio de la individualidad, sabemos darnos nuestro aire, no nos angustiamos en la ausencia del otro, confiamos, llegamos a acuerdos. No porque tenemos un papel o un anillo y somos cabronas o “niñas bien”.

Dice el psicólogo Walter Riso en su libro El poder del pensamiento flexible (Océano), que ser flexible es un arte, una excelencia o una virtud compuesta de, al menos, tres principios: la excepción de la regla, el camino del medio y el pluralismo.

La primera se refiere justo a eso, a dejar las pautas establecidas (como ciertas órdenes que se podrían romper para mejorar, palabras que se deberían olvidar, actitudes demasiado arraigadas) y buscar la excepción, la irregularidad, porque ello nos sugiere aterrizar nuestras propias ideas, someterlas a contrastación y humanizarlas (si alguna de ustedes la emplea, queridas lectoras, antes de usar a bocajarro la palabra “zorra” piensen en qué quieren expresar con ello, analicen por qué lo dicen o escriben las demás y reflexionen si a ustedes les gustaría que las llamaran así o de otra manera que las encasillara).

Ir por el camino de en medio tiene que ver con ser flexible, con ejercer ese proceso dinámico de observación y autoevaluación permanente. De ponernos en los zapatos de aquellos a los que vamos a criticar o a rechazar y pensar en nosotros mismos. El pluralismo nos recuerda que deberíamos ser responsables y sensibles a otros puntos de vista, de experimentar la vida sin que necesariamente nos sintamos obligados a aceptarlos o a rechazarlos.  

La escritora Margaret Lee Runbeck dijo alguna vez: “La felicidad no es una estación a la cual hay que llegar, sino una manera de viajar”. Ésa, dice Walter Riso, es la salud mental: viajar bien. Y podríamos, si queremos, viajar en miles de millones de países representados por personas en el mundo, sin etiquetar, encasillar, menospreciar, querer unificar, señalar, rechazar, diferenciar, herir, agredir.

Lo sé: soy una soñadora. Pero desde mi minúscula trinchera, abogo por un mundo en donde se reconozcan las diversidades, se aprenda a vivir en función de ellas y las únicas etiquetas que haya sean las de las latas de sopa Campbell’s.

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

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