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El vuelo

El vuelo
(Especial)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler


El otro día, mientras volaba en un avión de Air France, me puse a pensar en la posibilidad de que, gracias al camino que va abriendo la realidad virtual, consigamos viajar sin movernos de nuestro lugar. Y pensé en una cabina, donde un individuo se conectara todo tipo de dispositivos electrónicos para ir viendo y sintiendo, experimentado un viaje a Nueva York, desde el momento en que lo recoge el taxi en, por decir algo, la calle Orizaba en México DF. El viaje al aeropuerto sería muy real, con un chofer imprudente y dicharachero que, incluso, echara una mano con la maleta; todos los detalles estarían controlados por los dispositivos electrónicos, y las reacciones del sistema estarían personalizadas de acuerdo a las necesidades, preferencias e impulsos de cada viajero, por ejemplo llevarse la mano a la cartera y sacar una cantidad determinada de dinero para pagar, o sacar el pasaporte del bolsillo del saco frente al mostrador de embarque. El usuario podría hacer comentarios, al personal de la aerolínea o a cualquier persona, que serían puntualmente respondidos, y el vuelo sería exactamente igual a un vuelo real, con vistas aéreas por la ventanilla, dos comidas a bordo, todo virtual y, simultáneamente, tan real como lo real. Cuatro horas y media más tarde, sin haber salido de la cabina de realidad virtual, este individuo aterrizaría en el aeropuerto JFK, pasaría por la ventanilla de trámites migratorios y al cabo de una hora, después de un viaje en taxi amarillo, estaría caminando por las calles de Manhattan, abrumado por la altura de los edificios y preguntándose: “¿En qué película he visto yo esta esquina?”. Todo esto, repito, sin salir de una cabina de realidad virtual; y mientras esto ocurre, de manera simultánea, otro individuo haría también un viaje a Nueva York pero en la realidad real: un médico lo anestesia, lo duerme y se lo lleva, sin sentido, al aeropuerto Benito Juárez; ahí lo documenta y lo sube, herméticamente anestesiado, a un avión que lo depositará cuatro horas y media más tarde en el aeropuerto JFK. Después de cumplir con los trámites migratorios, su cuidador, porque él seguirá en el quinto sueño, lo sube a un taxi amarillo y lo baja en la esquina en que bajó, de manera virtual, el hombre que viajaba sin salir de la cabina; el cuidador lo pasea, dormido en una silla de ruedas, por las calles de Manhattan y unas horas después, vuelven los dos a su casa, uno montado en la realidad, y el otro en la virtualidad.¿Quién de los dos ha viajado?, ¿será que el viaje no es más que la experiencia que nos queda de este?

Pensaba en esto el otro día mientras volaba en un avión de Air France, y luego comencé a darle vueltas al protocolo que aplican las aerolíneas a los lectores de libro electrónico. Antes de que el avión despegue, la azafata pide a los pasajeros que apaguen los aparatos electrónicos, para impedir que el misterioso espectro que estos liberan, ese fantasma electrizado que al parecer se expande como un gas, interfiera con los controles de la nave.

La verdad es que nadie nos ha podido explicar, de manera convincente,  de qué forma puede afectar, por ejemplo, la canción que reproduce un iPod o el crucigrama que aparece en la pantalla de una tableta, los controles de un avión. Es probable que se trate de una maniobra para obligar al pasajero a que se concentre, a la hora del aterrizaje y el despegue, en alguna eventual indicación de las azafatas o del piloto. O también puede ser uno de esos mecanismos que ejerce la autoridad para dejar muy claro, desde el principio, quién manda y quién debe obedecer.

El caso es que mientras la enorme mayoría de los pasajeros ha tenido que apagar su instrumento electrónico, y como compensación se mira las uñas con extrañeza, o mira fijamente el respaldo del asiento que tiene enfrente o con mucha intensidad hacia un limitado más allá, el lector de libros de papel resiste, sigue leyendo bajo el rayo de su lucecita individual, permanece enchufado a su actividad en medio de esa multitud de gente que ha tenido que desenchufarse.

Lo de permanecer “enchufado” es una paradoja porque una de las grandes ventajas de los libros de papel, en esta era de Google y de Twitter, es precisamente su naturaleza unplugged. En un mundo tomado por los aparatos que se conectan, por los cables que abarrotan portafolios y maletas, el libro de papel empieza a convertirse en el más ligero, sencillo, práctico y vanguardista de los inventos, y el lector de estos libros en el último de los mohicanos desenchufados.

No tengo nada en contra de los libros electrónicos, leo en ellos y me parecen un gran invento. También creo que hay libros, ciertas novelas, algunos ensayos, esas obras que no nos parecen fundamentales, que es mejor tenerlas en formato electrónico, es decir: no tenerlos, no ocupar con ellos el espacio físico que podrían ocupar libros fundamentales, esos libros que es mejor tener en formato de papel, para sacarlos al principio de un vuelo, sostenerlos frente a los ojos con gran desfachatez, exhibir esas piezas triunfales del siglo XX, mientras los otros pasajeros apagan sus aparatos.

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