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La voz de Alan Rickman: Mínimo homenaje

(J. L. Pescador)
(J. L. Pescador)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


Desde luego, Alan Rickman es, y será, para generaciones enteras, el profesor Severus Snape en la saga de Harry Potter. Desde el momento en que se anunció su muerte, es el hecho que más claro ha quedado en todas las necrológicas publicadas en diarios alrededor del mundo, y en las redes sociales, donde incontables tuits, memes, gifs y posts de Facebook han hecho referencia al personaje de sombrío aspecto. Severus Snape enorme como colosal capa que cubre al actor que lo encarnó.

Personalmente, y si me lo permiten, esto me parece tan triste como el deceso de Rickman. Más que nada al ver que al fijarse en una sola interpretación, tantos espectadores que sienten que han perdido algo (y sí, hay una pérdida, irreparable) no se permiten ver el inmenso y rico bosque de actuaciones que dejó como legado de una gran carrera, su huella por los escenarios y sobre todo, por el cine.

No es que no le tenga cariño a su personaje emblemático, vaya, resulta inconcebible cualquier otra persona encarnándolo, igual que sería imposible pensar en alguien que no fuera la formidable Maggie Smith como la profe McGonaghall o Daniel Radcliffe como Harry. A lo que voy: Alan Rickman era mucho más que un personaje de Potter. Tomemos el ejemplo de Anne Bancroft, actriz monumental, de los rostros más bellos y expresivos que pasaron por el cine, cuyo talento, al morir en 2005, fue opacado por una de sus creaciones: la celebérrima Mrs. Robinson en El Graduado (1967) de Mike Nichols. No que Miss Bancroft hubiera odiado al personaje; era solo que la resentía, ya que le ocurría este fenómeno: verse eternamente asociada a un personaje sin importar la variopinta galería de interpretaciones que tuvo antes y después.

A Rickman le sucede ahora lo mismo, y es una verdadera pena, porque más allá de Snape, hay una serie de hombres de todo tipo a los que el británico prestó cuerpo, movimiento y, sobre todo, esa voz tan suya, que era un elemento único.

La fama a Alan Rickman ya le llegó mayor. Después de pasar su juventud en escenarios teatrales de Inglaterra, recién graduado de RADA, recorriendo todas las provincias en obras clásicas y modernas, en 1985 interpretó al Vizconde de Valmont en la primera puesta en escena de la famosa adaptación de Christopher Hampton a Las relaciones peligrosas. Esta interpretación fue el proverbial parteaguas de su carrera y lo puso en el mapa, llevándolo a Broadway. Si bien Stephen Frears prefirió a John Malkovich para la versión fílmica estrenada en 1988, Rickman tuvo su debut en cine como el villanazo Hans Gruber —de impecable acento alemán— en Duro de matar, que fue un trancazo de taquilla ese mismo año.

A partir de ahí, ya nunca le faltó trabajo: fue el cruel Sheriff de Nottingham en aquella versión de Robin Hood con Kevin Costner como el arquero, con un inexplicable acento texano; también un entrañable fantasma enamorado en la preciosa Truly, Madly, Deeply —primer filme de Anthony Minghella—, y Emma Thompson, su amiga por décadas, lo eligió para encarnar al coronel Brandon, héroe romántico y de buen corazón, en la adaptación dirigida por Ang Lee de la novela de Jane Austen, Sensatez y sentimientos, en 1995, que lo mostró en perspectiva completamente distinta.

Durante la pre-producción de esa cinta, Miss Thompson pasó por un momento traumático: su marido, Kenneth Branagh, la había abandonado por Helena Bonham-Carter, que a la sazón era su amiga cercana y para quien ella estaba escribiendo el rol de Marianne (que acabaría convirtiendo a Kate Winslet en estrella); Rickman y su mujer, la política laborista Rima Horton, que fue su única pareja desde que eran adolescentes, le dieron apoyo y refugio. Rickman posteriormente llevó a Emma como actriz en la primera de dos cintas que él dirigió. El huésped de invierno, rodada en Escocia en 1996, es minimalista, hermosa y triste, acerca de la recuperación de una viuda joven y la relación que establece con su hijo adolescente y con su madre, ya anciana (interpretada por Phyllida Law, madre de Emma Thompson en la vida real). Rickman co-escribió el guión y parte de su inspiración vino de esos días en que su amiga sufrió tanto. La cinta, aunque poco vista, dio muestra de un director con sensibilidad poco común, no solo para con los actores, sino también para crear atmósferas íntimas y luminosas.

Cuando Harry Potter llegó a tocar a su puerta, Rickman seguía trabajando sin parar. Volvió a hacer mancuerna con Emma Thompson en Realmente amor, en la que hace de un hombre de mediana edad con una esposa comprensiva que no puede evitar caer en la tentación de una güila de oficina; donde el personaje pudo ser cliché, el escritor y director Richard Curtis le dio un matiz humano y Rickman lo lleva a una dimensión tal, que del mismo modo en que nos da rabia que Emma solloce al percatarse que si su marido no le ha puesto el cuerno aún, poco le falta (mientras escucha una demoledora versión de “Both sides now” de Joni Mitchell), también sentimos compasión y la posibilidad de una reconciliación es un alivio.

Después de El huésped de invierno, Rickman no volvió a ponerse detrás de la lente, hasta 2014, cuando filmó —ahora con Kate Winslet como protagonista y con él en una breve aparición como el “Rey Sol” de Francia, Luis XIV— la cinta En los jardines del rey, un proyecto largamente acariciado por él, que tardó mucho en tomar forma. Los proyectos independientes (y más, si son de época) le costaban trabajo y eran más satisfactorios para él. De eso hablamos en la única ocasión que lo entrevisté (para el suplemento dominical de este diario); la entrevista fue telefónica, y desde algún lugar en Londres, Alan Rickman pacientemente concedió más de 20 minutos de entrevista, escuchando preguntas sobre la producción y su rol como cineasta —algo que, decía, disfrutaba mucho porque le recordaba sus inicios en el teatro y cómo toda la compañía se involucraba en la puesta en escena—; la voz que era tan singular, lo mismo amenazadora o conciliadora, pasaba por la línea telefónica sin ninguna de las pretensiones que uno asociaría con una estrella de cine (no creía serlo, afirmaba); no le importó hablar un poco más despacio para repetir una respuesta si mi oído no alcanzaba a distinguir la pronunciación (por otra parte, sublime) de una palabra o dos. Sospecho que igual le pedía que hablara más despacio o se repitiera, solo para oír esa voz. Es quizá lo que más extrañaremos quienes lo vimos en tantos roles: una voz que se modificaba, tomaba acentos, lo mismo para ser australiano, que estadunidense del sur, británico refinado y de la más alta alcurnia, o cockney mordaz. Alan Rickman era un actor completo, más allá de cualquiera de sus máscaras. Su personaje póstumo, precisamente, es una interpretación vocal. Regresa como la oruga que fuma, en la secuela de Tim Burton a su capricho de la Alicia de Carroll, a estrenarse este año. Una última oportunidad de escuchar esa voz que queda para los cinéfilos y la posteridad.

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