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¡Que vivan los panzas verdes!

¡Que vivan los panzas verdes!
¡Que vivan los panzas verdes! (Especial)

por Juan Manuel Villalobos

Ahora que está de moda irle al Real Madrid, al Barcelona, a la Real Sociedad, al Ajaccio o al Manchester, en fin, a clubes de otros continentes, es extraño que uno defienda al equipo de su infancia, los colores que ha apoyado siempre. Lo dijo Juan Villoro: se puede cambiar de todo en la vida, menos de equipo de futbol; sería como negar al niño que fuimos.

En el futbol mexicano, es probable que no exista equipo —con la excepción debatible del Necaxa— cuya historia reciente haya dado tantas emociones bipolares, dignas de la locura o de una montaña rusa, como las que ha dado el Club León a su gente. Quizá no hay, en México, una afición tan curtida y al mismo tiempo tan leal que lo hubiese probado todo, padecido todo, verdaderamente todo, la derrota y la victoria, los descensos y los ascensos, finales de la una y de la otra, perdidas, ganadas, como la nuestra, la del Club León.

Por tercera vez en su historia, el León llega a una final en el estadio Azteca; la primera, en 1973 —cuando yo apenas tenía un año de edad—, la empató a uno con el Cruz Azul, lo que obligó a que se jugara un tercer partido en Puebla, con resultado favorable para La Máquina; la segunda, en el año 88, la perdió uno a cero en un partido de desempate por el ascenso, contra el equipo de Cobras de Ciudad Juárez, lo que condenó al León a permanecer dos años más en el submundo de la segunda división, hasta lograr, finalmente, su ascenso en 1990 antes del Mundial de Italia, para aguardar dos años más y convertirse en la temporada 91-92, por quinta vez en su historia, en campeón de primera división, con aquel memorable equipo que jugaba tan bien dirigido por Víctor Manuel Vucetich —quien lo había ascendido—, y encabezado por uno de los mayores ídolos que hemos tenido después de Adalberto El Dumbo López, Antonio Battaglia, Marcos Aurelio, Oswaldo Martinolli o Antonio Carbajal: el brasileño Tita.

Al año siguiente, el León jugó una de las mejores temporadas que se le recuerde, la de 93-94, debajo solo del Necaxa en la tabla general; aquella vez, perdió la semifinal con el Atlante, en León; volvió a una final en 1997, que perdió, junto con la dignidad de Ángel David Comizzo, contra el Cruz Azul; es como si aquella patada del arquero sobre Carlos Hermosillo hubiese dado un nuevo giro a la historia del Club; el León no se volvió a recuperar; vinieron entonces malos manejos, se sucedieron directivos incapaces, soberbios e interesados solo en dinero que llevaron, en 2002, a un nuevo descenso de uno de los equipos míticos de nuestro futbol.

En la historia del León hay todo eso y más: segundas veces, terceras; idas, vueltas, esperas eternas en finales de ascenso, lágrimas, alegrías; primera división, segunda, primera A; traiciones, patadas de ahogado, propietarios nefastos, intentos de venta del equipo, de cancelación de la plaza —una de las más futboleras del país y una de las más dignas—, de desaparición; vetos del estadio, empresarios hampones, finales tomadas por comandos amenazando a otras directivas (la del Irapuato), de comprar su franquicia en caso de perder en la cancha un juego; una historia de diez años en una categoría, la segunda, primera A, de ascenso, como se le quiera llamar, más dura que cualquier otra, donde viajes en autobús, canchas, vestuarios, afición, árbitros, curten al jugador más talentoso.

Pero el tiempo pasa, la gente aprende, el club madura y la historia se revierte: una buena inversión, un comprador serio, un entrenador de primera, Gustavo Matosas, a cargo de un equipo que hace tres años jugaba ya infinitamente mejor que la mayoría de la Liga Mexicana —ahí está Montes, ahí está Peña, jugadores de selección nacional que hace apenas tres temporadas chutaban en la liga de ascenso—,contrataciones inteligentes, futbolistas extranjeros, jóvenes y con ganas de rendir y desquitar el sueldo, talento de la cantera, han llevado nuevamente al equipo, nada más haber ascendido, a una final, preparado para ganarla haciendo el futbol más hermoso de toda la competencia contra el club más poderoso de este país, en afición y en dinero.

De mis padres heredé el gusto por el León; cada viaje a Guanajuato era escala obligada en el Nou Camp, el primer estadio cuyo césped pisé en mi vida; fui patito feo en la infancia, porque siendo capitalino, era inconcebible que no apoyara al América, al Cruz Azul, a los Pumas, al Necaxa, al Atlante; los recuerdos son infinitos; las tristezas lo son más todavía —no hay dolor más profundo al de ver descender a tu equipo, que el de verlo perder una final para ascender—, pero si después de haber pasado por todo lo que ha pasado el León, uno no se alegra de esta final, entonces La vida no vale nada; la afición de la fiera lo ha hecho, y pierda o gane nuestro equipo este domingo, muy seguramente se seguirá entonando, ahí mismo, en el estadio supremo, el del contrincante, los himnos de José Alfredo, “Caminos de Guanajuato”, “El Rey”, como se hace cada vez que el León llega a una final, la sexta en los últimos diez años; la primera en la nueva liga de los que querrán estar en el Mundial de Brasil, el próximo. La tercera en el Azteca, la vencida.

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