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La vidente

Alfonso Reyes
Alfonso Reyes (Especial)

por Jordi Soler

En el segundo tomo de los Diarios de Alfonso Reyes, donde el escritor registra su tumultuosa cotidianidad entre los años 1927 y 1930, aparece un curioso episodio metafísico. Durante esa época de su vida, Reyes terminaba su etapa de embajador de México en Francia, y recibía su nueva encomienda diplomática que consistía en abrir una embajada mexicana en Argentina. Este segundo tomo de sus diarios (FCE, 2010) está generosamente editado y anotado por Adolfo Castañón, e incluye pasajes y momentos de su vida diplomática, pero también sus reflexiones literarias y sus cuitas de escritor.

Por ejemplo, el 29 de junio de 1927, a bordo del barco que lo lleva a Buenos Aires, le escribe un poema al poeta Carlos Pellicer, del que entresaco estos versos: “No nos basta ya el paisaje; lo queremos con recuerdos. Al fin somos mexicanos: o ruinas o monumentos”.

Unos días antes, el 14 y el 15 de junio, comparten una sola entrada del diario; el barco hace cuatro días que zarpó de la bahía de Nueva York, y Reyes escribe: “Ayer tarde, lluvia agradable y tupida. Golf. Carreras de caballos sobre los puentes”. El editor nos aclara, en una nota pertinente, que no eran caballos sino ponis, un detalle importante puesto que Reyes iba a bordo de un barco.

En varias de las entradas de su diario habla con gran devoción del filósofo español José Ortega y Gasset, que en esos años hizo alguna visita a Buenos Aires y sostuvo más de una discusión con el embajador mexicano; se trataba de una relación muy tensa, sobre todo por parte de Ortega que, y esto lo descubrimos gracias a las notas de Castañón, padecía unos celos enfermizos cada vez que el escritor mexicano hacía acto de presencia en una reunión social o en una conversación. “Los insignificantes textos aldeanos” de Reyes, escribió Ortega en un artículo, en 1940, sin darse cuenta del insoslayable aldeanismo que encerraba su frase, y sin querer enterarse, como hoy puede verse claramente en la obra de cada uno, de que frente al apabullante cosmopolitismo de Alfonso Reyes, el pueblerino era, sin ninguna duda, Ortega y Gasset.

Cuento esto para sugerir que este segundo tomo de los Diarios del escritor es mucho más que la anécdota que voy a narrar a continuación; sin embargo, tengo que decir que la fugaz interacción con la vidente Irma Maggi, que es la sustancia de esta anécdota, ofrece una perspectiva de Alfonso Reyes que a mí me ha dejado cautivado.

La entrada del diario empieza así: “Buenos Aires, (sábado) 15 marzo 1930: Anoche, en casa de Nieves, sesión de psicometría, de la vidente Irma Maggi, citada por Richet en su Tratado de metapsíquica”.

Alfonso Reyes llegó a casa de su amiga Nieves Gonet de Rinaldini, dispuesto a poner a prueba la efectividad de la vidente. Llegó con un misterioso sobre que llevaba dentro un objeto grande, que hacía mucho bulto y del cual nadie sabía nada, excepto su mujer, que había visto el contenido en el coche, en el trayecto de la embajada a la casa donde se celebraba la sesión. Resulta que el padre del escritor, Bernardo Reyes, había sido un general muy importante durante el régimen de Porfirio Díaz, tanto que se le veía como su sucesor natural; pero las cosas se torcieron y don Porfirio, y el general Reyes, tuvieron que irse al exilio. A su regreso a México el general, identificado como representante del porfirismo, participa en una serie de acontecimientos que lo llevan a la cárcel, y después a ser liberado y ungido como líder del movimiento de las fuerzas sublevadas que habían tomado entonces el Palacio Nacional. En medio de aquella trifulca, en el momento en que el general, montado en su caballo, levanta los brazos para pedir la atención, y el silencio, de la muchedumbre, con la idea de dirigir un mensaje, una ráfaga de ametralladora acaba con su vida. Entre los objetos del difunto estaba una gorra de cazador, que el general había comprado en Europa, y que se había puesto, apresuradamente, cuando lo liberaron de la prisión, y con esta compareció ante la turba y fue acribillado.

Diecisiete años más tarde, su hijo Alfonso apareció en Buenos Aires, en casa de su amiga Nieves, con la gorra de cazador en un sobre. Reyes nos cuenta en su diario que la vidente Irma Maggi “trabajaba con gran sencillez y sin fingir éxtasis ni trance sibilino. Apenas se hace tocar unos acordes de piano, y contempla o lee algunos versos de D’Annunzio que trae a máquina, en un papel viejo”. Con este procedimiento como base, que tiene menos de metafísico que de literario, la vidente comenzó a palpar la gorra del general y, ante el asombro del escritor, garrapateó su diagnóstico en una hoja: “Este objeto me habla de una extraña indefinida sensación - Siento algo trágico en el entorno como si se hubiera derramado la sangre - Siento una alarma - Una intriga - Una repercusión”. El diagnóstico de la vidente sigue, y es transcrito escrupulosamente por Alfonso Reyes.

El editor de este Diario nos hace notar algo que usted y yo, a estas alturas del relato, ya nos hemos preguntado: ¿qué hacía don Alfonso Reyes “cargando por el mundo, como un talismán, la gorra con que murió su padre?”.

Jordi Soler
@jsolerescritor

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