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La vida después de Avándaro

La vida después de Avándaro.
La vida después de Avándaro. (Especial)

Hace 43 años, el poblado de Avándaro, Estado de México, vivía una actividad inusitada. Sus pobladores veían el arribo de visitantes atípicos: la nación jipiteca, de manera pacífica, se reunía para presenciar la celebración del Festival de Rock y Ruedas, concierto en el cual se dieron cita algunos de los grupos más importantes del momento (Dug Dug’s, El Ritual, Bandido, La Tinta Blanca, Peace and Love, Three Souls in my Mind, entre otros) y que culminaría con una carrera de autos, misma que finalmente no pudo realizarse.

Un día después, hambrientos, empapados pero felices, más de 200 mil jóvenes regresaban a sus lugares de origen y, con el paso de los días, se enteraban de lo acontecido, deformado por la prensa nacional, que acuñó reportes como los siguientes: “En la fiesta del libertinaje se reunieron 200 mil personas, 5 toneladas de basura y 2 toneladas de mariguana” (El Heraldo de México, 13 de septiembre); “El paroxismo en su máxima expresión. Más de 100 mil jóvenes y el 90% intoxicado con mariguana y otras drogas” (El Universal, 12 de septiembre); “El negocio del siglo hicieron los vendedores de drogas y alucinógenos en el Rabat de Avándaro, con justa mal alarma de la sociedad” (Jueves de Excélsior, 24 de septiembre).

Poco contrapeso pudieron hacer las publicaciones especializadas ante la circulación de los diarios y su diatriba contra la nación rocanrolera. No está de más recordar algunas de las consecuencias del acontecimiento. Federico Rubli, quien cubrió el festival para la revista México Canta, cuenta en su libro Estremécete y rueda. Loco por el Rock & Roll: “La primera consecuencia inmediata fue el desprestigio que sufrió todo lo relacionado con la música de rock […] Otro efecto inmediato fue la cancelación abrupta, por orden oficial, de las canciones de cualquier grupo mexicano en la programación de las radiodifusoras […] Una tercera consecuencia se manifestó en la cancelación oficial de eventos en vivo para los grupos nacionales. Simplemente ya no había dónde tocar […] Quedó así minada la capacidad creativa para proseguir con el desarrollo de un rock nacional de calidad”.

La pérdida de fuentes de trabajo para los músicos no era una novedad, recordemos que con la llegada del rock & roll a México “muchos jazzistas mexicanos harán responsables a los rocanroleros de haberles reducido fuentes de trabajo” (Alain Derbez, Datos para una historia aún no escrita. Una aproximación al jazz en México); pero una cosa era luchar por los espacios en aparente buena lid y otra que estos se cerraran por una disposición gubernamental y ello se enfocara específicamente contra un género.

Luego de Avándaro, la disyuntiva para los músicos de rock empezó a ser clara: si persistían en la necedad estaban condenados a la marginalidad; si deseaban el éxito y alcanzar la fama, había que cambiar de bandera. Y al momento de pensar en lo último hay ejemplos de sobra. Antonio Carrizosa, autor del libro La onda grupera, cuenta que a mediados de los sesenta había muchos conjuntos que deseaban tocar rock & roll y estar a la altura de Los Locos del Ritmo o Los Rebeldes del Rock que “sonaban a todo lo que daban y llenaban auditorios, pero no lo lograron porque esos lugares ya estaban ocupados. Mike Laure y sus Cometas grabó dos discos de rock & roll hasta que dijo ‘no puedo contra ellos. Si quiero llegar a las listas de popularidad necesito tocar algo diferente’ y fusionó su sonido de rock con la cumbia, grabó ‘039’ y descubrió un mercado nuevo”.

Para Carrizosa, muchos de los músicos que no pudieron seguir por la vereda del rock luego de Avándaro, se vieron orillados a cambiar de género y así nació el grupero romántico: “La Tropa Loca, que estaba tocando en español cosas como ‘La balada de John y Yoko’ empezó a quejarse de que no había lugares en los cuales presentarse y comenzó a tocar balada rítmica, cosas como ‘Suena tremendo’ y ‘Molino al viento’. Entonces vieron que por allí estaba el mercado y ¿qué haces? ¿Defiendes tu bandera o vas por el dinero para mantener a tu familia?”.

Federico Rubli señala que La Tinta Blanca, grupo que compuso “Avándaro salmo VII y VIII” efectuó un plantón frente a Los Pinos para demandar un diálogo con Luis Echeverría, entonces presidente de México. El acto, en el cual se improvisó una manta con la leyenda “Los músicos jóvenes pedimos hablar con el señor Presidente. La Tinta Blanca”, fue “pacífico, pero no tuvo impacto ni consecuencias de significación”.

Nacieron entonces los conciertos ambulantes: “Los camiones de redilas circulaban por la Ciudad de México. Se estacionaban, por ejemplo, en una calle de la Zona Rosa, conectaban corriente en algún lugar y tocaban rock. Por un altavoz le explicaban al público la represión de que eran objeto los músicos. Al ver que la autoridad se acercaba, el camión inmediatamente reanudaba su circulación”.

La mayoría de los sobrevivientes de Avándaro pasaron a desplegar su quehacer en los hoyos fonkys, pero hubo otros que no quisieron jugar así y buscaron otra forma de allegarse el éxito. Los Monkys, intérpretes de “Triste estoy” se transformaron en Los Joao; Los Rockets se convirtieron en Los Flamers; Banda Macho, que en sus inicios se insertaba en el funk, viró a la balada romántica y popularizaron temas como “Prendido a un sentimiento”, “La noche que murió Chicago y “Mis ojos te adoraban”.

Pero tal vez uno de los cambios más sonados fue el del tecladista de Los Temerarios. Dice Antonio Carrizosa: “Francisco José Mandujano, mejor conocido como Chico Che, fue rocanrolero y él lo decía frecuentemente: ‘Soy rocanrolero frustrado, porque en vez de tocar esas mamadas ‘De quen chon’ yo quería tocar rocanrol como Los Rebeldes del Rock que para mí era el grupo más grandioso de México’. Fue un rocanrolero que no pudo hacerla y se pasó al tropical”.

Otro caso ilustrativo de alguien deseoso de hacer rock, pero que prefirió el éxito a vivir en el subterráneo es el de Rigo Tovar. Aunque él no pertenece a esa generación marcada directamente por Avándaro, sí resintió sus consecuencias. Nuevamente dice Carrizosa: “El amor de Rigo musicalmente era Scorpions y el día que quiso tocar canciones de ellos y de Carlos Santana la gente le chifló.  Tuvo que volver a su tropicalito. Él era fan de los grupos metaleros, pero sabía que si hacía eso la gente no iba a comprar sus discos”.

La historia no termina allí; de hecho tampoco comienza en ese momento; sin embargo, luego del “Festival de Rock y Ruedas” quedó la sensación de que algo se truncó y que aún no ha sido posible recuperarlo del todo (Rubli: “Con Avándaro se selló un importante capítulo en la historia del rock nacional: su caída en el ostracismo y la atrofia de su desarrollo como expresión artística durante muchos años”).

“La Revolución de Emiliano Zapata —concluye Carrizosa— luego de grabar ‘Nasty Sex’ aparecía cantando baladas y te preguntabas cómo era posible eso… bueno, si lo hizo Mike Laure, si lo hicieron Los Apson, ¿por qué no lo vas a hacer tú? El cantante Juan Valentín era cantante de un grupo de heavy metal en Estados Unidos; pregúntale a Pepe Aguilar por Equs [grupo de rock del cual formó parte a mediados de los ochenta] y así podemos enumerar a todos los que han cambiado de género musical. Tal vez el rock no era para ellos, no le vieron futuro ”.

DAVID CORTÉS

 

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