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La utopía

Christiania
(Especial)

Christiania es una ciudad, dentro de la ciudad de Copenhague, de la que se apropió un grupo de hippies en los años setenta. Aquellos jóvenes buscaban un territorio en el cuál asentarse y poco a poco fueron ocupando las instalaciones, medio abandonadas, de un cuartel militar. Un domingo hacían un pic-nic en el campo de futbol, un martes clase de yoga entre la enfermería y el polvorín, y un jueves función de cine al aire libre aprovechando como pantalla la pared de la comandancia. Hasta que un buen día, con la venia de los soldados que ya se iban a otra parte, se quedaron ahí, construyeron casas, parques y fueron teniendo hijos y, con el tiempo, convirtieron aquel ruinoso cuartel en la ciudad autónoma de Christiania, una comunidad que durante cuatro décadas ha logrado conservar su estatus, digamos, de utopía. En esta ciudad todo se resuelve por medio de una asamblea de vecinos, el dinero sale de los productos que cultivan (sobre todo de la mariguana), del turismo y de objetos que venden como, por ejemplo, la bicicleta modelo Christiania, un diseño autóctono especialmente útil para transportar niños o paquetes. Los turistas han convertido esta localidad en una de las principales atracciones de Copenhague, los visitantes recorren salivando Pusher Street (la calle del dealer) en busca de un brownie de mariguana y después recorren sus calles y sus parques, apreciando una sofisticada gama de verdes que, en realidad, no está ahí. Christiania ha sido noticia últimamente porque hace unas semanas cerraron las puertas de acceso, pues los vecinos tienen que decidir, sin las distracciones que provocan los turistas, el nuevo rumbo que la realidad empieza a imponerle a la comunidad. El Ayuntamiento de Copenhague tiene que soportar los embates, cada vez más frecuentes, de empresarios de bienes raíces que quieren explotar ese territorio que está, precisamente, en medio del barrio de moda y que deja ganancias pírricas a Hacienda, en comparación de las que dejaría si se le diera otro uso. Por otra parte la venta de mariguana, que deja 150 millones de Euros al año, es una fuente de conflicto permanente. Así que los vecinos de este paraíso proyectan refundar Christiania y convertirla en una villa ecológica, con cuatrocientas viviendas nuevas que podrá alquilar gente de fuera, ajena a esa comunidad que lleva cuarenta años girando sobre sí misma. La maniobra económica que proyectan los vecinos convertirá a Christiania en otra cosa, y nos hace sospechar que las comunidades idílicas, tarde o temprano, acaban integrándose a la estructura económica y política que las rodea, o más bien, que las acosa.

Christiania es una comunidad hippie de izquierdas que está a punto de mutar por una serie de exigencias de orden, digámoslo así, capitalista; pero ya hubo otra comunidad, situada en la antípoda de ésta, que sucumbió por la razón contraria: devorada por su naturaleza capitalista. Esta comunidad era un proyecto que el empresario automovilístico Henry Ford creó en 1929, y bautizó con el nombre de Fordlandia; una ridícula obviedad. Construyó un típico barrio de suburbio estadunidense en Brasil, a mitad de la selva del Amazonas, con un objetivo sumamente práctico que no tenía nada de romántico, quiero decir que no trataba de montar Christiania, una comunidad ecológica basada en el peace & love, sino explotar una plantación de caucho de donde saldría el material que necesitaba para fabricar, a un mejor precio, las cientos de miles de ruedas que necesitaban sus exitosos automóviles. Ford que era, como todo empresario que se respete, un hombre tozudo y empeñoso, levantó una pequeña ciudad gringa en medio de la selva, hizo calles con alumbrado, construyó un montón de confortables casitas blancas, edificó una iglesia y abrió todo tipo de comercios, un restaurante de hamburguesas y hotdogs, una carnicería, una tienda de abarrotes, una escuela, un campo de golf y un rumboso club social donde, atendiendo a sus propios requerimientos morales, no se servía alcohol. Esto generó, en el extrarradio de aquella ciudad artificial, un boyante mercado negro que hizo prosperar a los nativos originarios de esas tierras que, cada viernes en la tarde, veían llegar hordas de empleados, de corbata y mocasín, abriéndose paso entre la maleza para beberse un par de tragos antes de regresar a su casita blanca y confortable, en un coche Ford modelo T, donde los esperaban una mujer y cuatro niños que vivían en una casa como la que habita la familia Simpson. Henry Ford suspendió la producción de caucho en 1945 y clausuró Fordlandia. Las razones de la clausura fueron diversas, pero sobre todo aquel proyecto se acabó, igual que le pasará a Christiania, porque estaba al margen de la realidad oficial, de esa única realidad que tolera el establishment de cualquier Estado. Lo cual nos hace sospechar que, puestos a construir una comunidad idílica, no conviene hacerse mucho ni a la izquierda ni a la derecha, hay que optar por la utopía conservadora e instalarla cerca del centro.

Jordi Soler
@jsolerescritor

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