QrR

“Uno vive despidiéndose”: Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince
(Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Óscar Jiménez Manríquez


“Es el autor de la segunda novela más leída de todos los tiempos de la literatura colombiana, luego de Cien años de soledad…” aseguró Juan Villoro al presentar a Héctor Abad Faciolince, durante el homenaje al poeta José Emilio Pacheco, realizado en el Colegio Nacional.


Villoro se refería al novelista cuya vida quedó marcada para siempre tras el asesinato de su padre a manos de paramilitares. "En México y Colombia, uno vive como en tiempos de los goliardos de la Edad Media, cuando la gente bebía, comía, gozaba y hacía el amor, porque no sabía en qué instante llegaría la peste y la muerte. Se vive ahora una sensación parecida, de peste de la violencia", dice Abad Faciolince, en entrevista realizada en un hotel situado en una de las esquinas del centro histórico.

El escritor sudamericano conocedor y especialista en temas de violencia, asegura: "En nuestros países uno vive como despidiéndose: amando, comiendo, gozando. Nunca sabemos lo que va a ocurrir, porque el peligro es inminente".

Pero, ¿Cuál es esa novela que desde hace tiempo es una de las más leídas en Colombia, que hizo llorar a Juan Villoro cuando la leyó en el avión, y que alcanzó su edición número 40 y ha sido traducida a más diez idiomas?

"El olvido que seremos la escribí y publiqué poco antes de cumplir los 50 años. Es como si con ese libro y con esa edad, a mi literatura, hubiera llegado el demonio del mediodía para hacerme cambiar completamente de esposa y de novia. Dejé la ficción por la novela testimonial", reflexiona el autor de cabello cano y barba blanca.

En su natal Colombia, a Abad Faciolince lo detienen con frecuencia en la calle para adularle: "Leí su libro y me gustó". Él, ni siquiera se molesta en preguntar a cuál de sus numerosos libros se refieren, sabe bien que se trata de El olvido..., cuya eje narra la historia familiar y el asesinato de su padre.

La de su padre no es la primera muerte cercana en su vida...

Mi papá decía que la única muerte aceptable es la muerte por vejez, en una cama y rodeado de la gente que te quiere. Tuve la muerte de mi hermana Marta a los 15 años por cáncer; luego la de mi mejor amigo, el poeta Daniel Echavarría, por suicidio; y más adelante el asesinato de mi padre. Tres muertes poco naturales que me quitaron la confianza, la esperanza y, sobre todo, la cursilería de que la vida es hermosa. Con el tiempo, he podido recuperar cierta confianza y alegría de vivir el momento, pero sé que en cualquier instante la vida me puede volver a traicionar.

¿La escritura puede ayudar a sobrellevar estos trágicos acontecimientos?

La escritura nos sirve para mirar de frente a la vida: dura y cruda, y siempre expuesta a una tragedia súbita. También, para que no nos refugiemos en la fantasía de algunos escritores de autoayuda, al estilo de Paulo Coelho, que dicen que uno todo lo puede lograr si se lo propone. Y que si uno se esfuerza, alejará la tragedia de su vida y después de las dificultades todo saldrá bien.

Lo único que le pido a la vida, es que nunca le pase nada a mis hijos, mientras yo viva. Prefiero mil veces morirme a tener que vivir la experiencia que vivieron mis padres. Pero la vida no te garantiza ni siquiera eso. Yo firmaría lo que fuera, si hubiera un poder, un Dios, alguien que decidiera que eso no va a pasar.

Quiero pensar que hay alguna esperanza...

Sí hay esperanza, porque el mundo siempre es un poco más bueno que malo. La bondad no gana por goleada, pero vence por un poquitico más que un empate. Lo cierto, es que hay como una lucha de cuento infantil entre las tinieblas y la luz.

Yo siempre he pensado que si salimos a marchar, a denunciar los asesinatos, es porque tenemos la confianza de que el lado luminoso del ser humano puede vencer. Con movimientos humanos acabamos con la esclavitud y la discriminación hacia los gays. He visto en México parejas de mujeres y hombres que se pasean por el Zócalo. Eso hace 40 años era impensable.

¿En qué momento se dio cuenta que era escritor?

Desde niño. Mi primer poema es del año 1972. Comencé a los 13 años. Escribía poesía con un amigo, Daniel Echavarría. Incluso, teníamos un alfabeto secreto de esa poesía. Pero Daniel resolvió a los 16 años pegarse un tiro en la oreja. Eso me paralizó. Me hizo entender que la poesía era un oficio muy peligroso, que lo acercaba a uno a cierta sensibilidad tan honda que te podría llevar a la muerte por propia mano.

Entonces decidí dejar la poesía y empecé a escribir cuento. Luego comencé a publicar artículos que me han traído muchos problemas. Por los artículos, me suspendieron del colegio, me echaron de la Universidad y de los periódicos. Por esas mismas expulsiones, me di cuenta de la fuerza que podía tener la palabra.

¿Se siente un sobreviviente?

¡No! Porque mi vida fue muy distinta a la de mi papá. Yo nunca he sido un activista político, aunque recibí una amenaza y tuve que salir de mi país. Lo que sí supe desde el primer momento, es que mi función era dar testimonio de esa injusticia.

Ha llegado a comentar que tuvo que escribir para poder comunicarse de vez en cuando...

Es una broma que yo hago con mis hermanas, pero con una constatación de naturaleza humana, y es que las mujeres tienen un dominio del lenguaje más temprano, más rápido, más ágil y con más gracia que los hombres. Las mujeres hablan y se expresan oralmente mucho mejor. Tienen una capacidad lingüística mayor. Siendo el único hijo, con cuatro hermanas mayores que hablaban muy bien, yo me sentía un poco minusválido en casa.

Eso mismo me ocurrió el otro día en el Colegio Nacional. Me sentía como un minusválido oral a lado de Juan Villloro. A lo que se suma que siempre he tenido la sensación de que al hablar tan despacio y con tan poca gracia, nunca me oyen.

¿Con 'El olvido que seremos' sufrió una transformación su literatura?

Traté de no hacer juegos de palabras, de no construir figuras retóricas complicadas, asumiendo el lenguaje más sencillo, el de mi casa, porque para contar una historia tan íntima, todo uso de herramientas literarias me parecía falso.

Ahora, me interesa muchos menos la búsqueda literaria y me enfoco más en que la escritura sirva para entender la vida. Un detalle personal, me revela mucho más de una persona, más que la fantasía o el invento. Hay una fuerza en la verdad, que me parece muy importante.

¿La verdad no siempre va acompañada de la felicidad?

La felicidad es una palabra muy sobrevalorada. La literatura puede ayudar para que aprovechemos ciertos momentos y no busquemos la felicidad completa y a toda hora.

caros_13@yahoo.com

< Anterior | Siguiente >