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Domingo , 23.09.2018 / 13:42 Hoy

Una muerte casi natural

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MUNDOS PARA-LELOS
Rafael Tonatiuh

“LA ‘VIUDA NEGRA’ JAPONESA, SOSPECHOSA DE HABER MATADO A SEIS DE SUS PAREJAS
Chisako Kakehi, de 67 años, fue arrestada el miércoles por la muerte en diciembre de 2013 de Isao Kakehi, su cuarto esposo, de 75 años, en un caso que lleva varios días siendo la comidilla de los medios de comunicación niponés.

Tras constatar que su anterior novio había muerto en septiembre de 2013, también de manera súbita, tras una cena con su pareja, la policía decidió hacer una autopsia al cuarto marido y el examen reveló trazas de cianuro en la sangre del difunto.

La policía investiga ahora si la viuda no tuvo también algo que ver con las misteriosas muertes de tres de sus anteriores maridos y de dos compañeros sentimentales más.

Según el periódica Asahi, que cita fuentes policiales, a lo largo de dos décadas la acusada mantuvo relaciones con una decena de hombres, de los cuales siete pasaron a mejor vida.

A la mayoría los había conocido a través de agencias matrimoniales, en las que buscaba hombres ancianos, ricos, sin hijos y que vivieran solos. Entre las especificaciones, Chisako Kakehi también prefería aquellos ‘con alguna enfermedad’.

A lo largo de los años y tras la defunción de sus compañeros, esta supuesta viuda negra, que niega estar envuelta en los decesos, ha heredado mil millones de yenes (6.7 millones de euros) en seguros de vida, bienes inmuebles y depósitos bancarios, según la prensa japonesa”.
Diario ‘El País’. Nov. 21. 2014.


El teniente Yamaguchi ingresó en la sala de interrogatorios y se sentó frente a la anciana Chisako, quien estaba afinando su biwa (laúd japonés de mástil corto). “Se lo aconsejo por última vez, señora, si se declara culpable, podrá reducir su condena; claro, siempre y cuando lleve una conducta honorable en el reclusorio”.

Sin levantar el rostro, Chasiko buscó un fa sostenido y respondió serenamente: “Yo siempre he llevado una conducta honorable”.

El teniente arrojó un expediente sobre la mesa. “Mil millones de yenes. ¿A eso llama usted una conducta honorable?”.

La viuda afinó la tercera cuerda y contestó ecuánime: “Ese dinero no habla de mí, sino de la conducta honorable de mis amores. No me equivoqué al escogerlos; con dignidad samurái, fallecieron sin dejarme desamparada”.

El teniente se levantó y caminó pausadamente por la habitación. “Claro, por eso los escogía sin hijos, según establecen los formularios que usted misma llenó en las agencias matrimoniales. ¿Por qué no lo acepta? Con maldad inaudita usted buscaba ancianos solitarios y enfermos para quedarse con las herencias”.

Tensando las cuerdas, Chisako lo miró con ojos limpios. “Desde niña, siempre quise ser enfermera o monja, para ayudar a los demás, pero mis padres eran biwa oshi, trovadores errantes, y quisieron que yo continuara la tradición familiar. Aprendí música y poesía y al presentarme en plazas públicas decidí llevar mi arte al corazón de personas enfermas. Consolando el alma de los internos de hospitales, detecté que mi corazón sentía atracción por los seres más abandonados: los ancianos solitarios, por eso busqué unirme legalmente con cada uno de mis amores. Si ellos decidieron ponerme como beneficiaria de sus fortunas, fue por motivos que un policía jamás podría entender. Lo hicieron siguiendo los dictados de su corazón”.

El teniente Yamaguchi meneó la cabeza y puso un documento sobre su informe: “Se encontró cianuro en la sangre de Isao Kakehi”.

Chisako palideció. “No sé… realmente cómo pudo suceder eso. Debe haber un error. Yo jamás envenenaría a ninguno de mis amores. Únicamente les di amor… y música”. Una lágrima resbaló por la mejilla de la viuda, quien terminó de afinar su instrumento. “Mi único crimen consistió en componer melodías para cada uno de mis difuntos compañeros, siempre iluminada por la bendita inspiración de Benzaiten, la diosa serpiente blanca de la luz dorada, protectora de los biwa oshi. A cada uno de ellos deleité con mi arte, desde nuestro primer día en pareja hasta que cada uno de ellos cerró los ojos para siempre, mientras las notas de mi instrumento y el sentimiento de mi voz los despedían de este mundo. Si usted me lo permite, le cantaré la composición que hice para mi amado Isao, inspirada en su último infarto. Se titula ‘La balada de las arterias coronarias sobresaturadas”.

La mujer rasgó las cuerdas de su laúd e inició una especie de chirrido que acompañó con su voz gutural, homenajeando la heroica resistencia de un miocardio que lucha contra el dolor y la muerte. Al teniente Yamaguchi le pareció como si el espíritu de un oso desangrándose en un incendio forestal de Aokigahara se hubiera posesionado de Yoko Ono durante los dolores del parto, sonando en los oídos de Paul McCartney en plena subida de ayahuasca.

Pasaron tres, cinco, diez, 13 minutos con siete segundos, antes de que el teniente colocara sus manos sobre las cuerdas. “No lo soporto”.

Chisako sonrió con amargura. “Lo sé. Mi arte es demasiado intenso. ¿Desea escuchar mi ‘Canto a la próstata déspota?”.

El teniente Yamaguchi negó con la cabeza, ayudó a la viuda a incorporarse y la acompañó hasta la puerta, asegurándole que se pondría en contacto con ella en cuanto terminaran las diligencias. Luego ingresó a su oficina y le llamó a su superior: “Isao Kakehi tomó voluntariamente el cianuro. Los demás fallecieron de una muerte casi natural”.

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