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'Un show más' gamberro

Un show más
(Blumpi)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jorge Flores-Oliver, Blumpi

Para Starla y Starlita,
ellas saben quiénes son


Protagonizada por un mapache, un ave y un cast de personajes bizarros a más no poder, Un show más muestra más músculo que las caricaturas con las que comparte espacio.

Ja-Ja-Ja, la barra nocturna de Cartoon Network está llena de joyas: allí tenemos al laureado Hora de aventura, El increíble mundo de Gumball, MAD y Un show más. Un puñado de caricaturas que parecieran haber sido pensadas para a) adultos en Ritalín o b) niños en éxtasis.

La joya de la corona, para el público, sigue siendo desde hace años Hora de aventura; sin embargo —que me perdonen los fans de Finn y Jake—, creo que se trata de un producto sobrevalorado y cada vez más rebuscado. Por eso prefiero la simpleza, cruda, directa y a la jeta de Un show más. Simplemente, es más gamberro.

Un show más es protagonizado por Mordecai —una urraca azul— y Rigby —un mapache—, un par de amigos veinteañeros que gastan su energía en evitar el trabajo que deben realizar en el parque en el que trabajan para su patrón, Benson (una máquina expendedora de chicles). Ambos viven anécdotas sencillas, de la vida diaria: cómo ligar a una chica, cómo ganar un partido de basquetbol, probar el sándwich más increíble del mundo. Lo que vivimos quienes habitamos en este mundo. Pero siempre hay un punto de inflexión, una piedra en el camino que hace tropezar a sus protagonistas. A veces es su propia estupidez o el karma por haber hecho algo indebido, pero también es el universo en el que habitan que está retorcido. O más bien que les tiene preparadas aventuras épicas.

Puesto así suena un poco a la fórmula que siguen las caricaturas contemporáneas, que desde la irrupción de Los Simpson, Beavis & Butt-Head y, sobre todo, Ren & Stimpy. La fórmula que se puede hallar en Tío Grandpa —que, dicho sea de paso, mi hija escogió como amigo imaginario, gracias— es la misma que en Gravity Falls o casi cualquiera que se les ocurra ver, pues las caricaturas marchan hacia el delirio, uno cada vez más absurdo y brutal. Quien no esté preparado para sentarse a recibir una buena dosis de enloquecimiento va a sufrir o por lo menos a sentir que su guayaba tiene demasiada mona.

Pero Un show más se encuentra en una dimensión especial: está atrapado en los 80 y 90. Su creador, J. G. Quintel y el equipo creativo detrás de la serie han confeccionado un universo que, para explicarlo fácilmente, existiría en un cassette de VHS o en un cartucho de Nintendo. A veces, la música que fondea es puro beat machacón de chiptune —o sea: musiquilla de videojuegos—; otras, los riffs pesados pero llegadores de una power ballad tipo Mötley Crüe. Pero también hay espacio para el sonido del hip hop neoyorquino de la vieja guardia o el rap californiano de pantalones bombachos y patrones fluorescentes en la gorra. Lo que sea necesario para musicalizar las épicas aventuras laborales de los personajes —aquellos que ya mencionamos, pero también Skips, el yeti saltarín; Papaleta, el delicado y elegante hombrecillo con cabeza de paleta; Margarita, el ave de quien Mordecai está enamorado; Thomas, un chivo más bien irrelevante, como un Poochie puesto al día; Fantasmano, el fantasma-mano; y mi favorito, Musculoso, un hombre verde tipo monstruo de Frankenstein que se quita la camiseta a la menor provocación para desatar el caos.

Uno de los mejores capítulos es “Cool Bikes”, en el cual Mordecai y Rigby tratan de demostrarle a su jefe, Benson, lo cool que son. Lo que sucede es que Benson cree que el par son los tipos menos cool del mundo, así que ellos se esfuerzan en lograr de convencerlo de lo contrario para que, además, les devuelva el carrito de golf del parque para seguir tonteando, pues a cambio les ha dado dos bicicletas feas y pasadas de moda. Y qué mejor que comprarse atuendos en Das Coolest, una tienda hipsteril, adonde van a gastarse su dinero en gafas, chamarras y jeans a la moda. Pero algo sucede:

Lo que hace la diferencia son esos fondos en acuarela, las voces grabadas en un registro bajo para hacerlas sonar más naturales, la irrupción de la música como el soundtrack en una película, para acentuar la acción que está sucediendo en pantalla, los personajes mismos, que son creíbles y “humanos” —no estamos hablando del museo de extravagancias expansivas de Hora de aventura, por ejemplo—. Quintel ha mantenido su creación con los pies en la tierra, un poco como aquel capítulo de Looney Tunes en el que un perro y un gato se persiguen durante los minutos que dura, hasta que suena el silbato para indicar que el turno de trabajo —de 9 a 5, seguro— se ha terminado, tras lo cual se despiden con un “mañana nos vemos”. Todo vuelve a la normalidad: Mordecai se va a dormir a su cama y Rigby a su brincolín, para al día siguiente volver a echar a perder algo hasta que todo se vuelve una película épica de 11 minutos.

No importa que The New Yorker haya nombrado a Adventure Time “el Mudholland Drive de la televisión para niños”.

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