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Un miura soplándote la nuca

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Como ustedes bien sabrán, durante las fiestas de San Fermín, en la ciudad española de Pamplona, se sueltan a las ocho en punto de la mañana seis toros que corren por la calle persiguiendo un tumulto de espontáneos que están ahí para eso, para que los toros los persigan. Se trata de una muy famosa fiesta popular cuya última edición tuvo lugar la semana pasada, con un saldo de cornados, golpeados y pisoteados por los toros, similar al de otras ediciones. Quien se tira a correr por las calles con una manada de miuras detrás, ¿está loco? Es probable que sí.

El escritor Ernest Hemingway, que aunque bebía bastante alcohol no estaba loco, no se perdía los sanfermines, pero tenía buen cuidado de ver la carrera desde un balcón. Los paisanos de Hemingway soy muy afectos a la pamplonada y tan célebre es la fiesta en Estados Unidos (una fiesta salvaje que, como las guerras que disputan, van a experimentar fuera de su país) que la editorial Mephisto Press acaba de publicar un libro titulado Fiesta: how to survive the bulls of Pamplona (Fiesta: cómo sobrevivir a los toros de Pamplona). La obra es una suerte de guía, o manual, escrita por expertos de aquel país, como John Hemingway (nieto del escritor) o Buffalo Bill Hillmann, “el mejor corredor joven de Estados Unidos”, según dice su minibiografía. Hay que tener mucho descaro, o ser muy infantil, para correr frente a la manada de toros bravos con el mote de “Búfalo”. En fin, el joven búfalo llegó a correr a Pamplona como todos los años desde hace una década, pero con la diferencia de que este año ya un libro de la Mephisto Press lo había inmortalizado. La semana pasada, durante el tercer encierro, un toro irrespetuoso le clavó al joven búfalo dos cornadas en el muslo derecho y lo mandó a pasar el resto de los sanfermines al ala de traumatología del Complejo Hospitalario de Navarra.

Aunque los sanfermines en otros países más civilizados estarían prohibidos e incluso estarían tipificados como delito doble (contra humanos y animales), no puede negarse que se trata de un festejo muy bien organizado (con sus zonas indeseables, como la escandalosa cantidad de mujeres violadas durante las fiestas). Los toros nunca escapan del vallado que los acota y la mayoría de los corredores asiste al evento con mucha seriedad, entrena durante meses, corre y ensaya las fintas y el dribling que hará frente a la cara del toro y antes de la carrera calienta y estira los músculos como si fuera a correr los ochocientos metros con obstáculos, que es precisamente lo que hace cuando la va persiguiendo la manada. De pronto algún toro se rezaga, pero inmediatamente es reconducido por los pastores para que se integre a la carrera de sus colegas.

Las nuevas tecnologías han hecho de la transmisión de los encierros una obra maestra de la televisión, asómense a la página de Televisión Española, donde están colgados los encierros de este año, para que vean, al margen de que les guste o no esta fiesta bárbara, la asombrosa narrativa visual del evento.

En México tenemos un equivalente de los sanfermines, que en lugar de la pamplonada se llama la huaman-tlada, porque ocurre en Huamantla, Tlaxcala. Digo que es un equivalente aunque siendo riguroso tendría que decir que se trata de una versión libérrima de la fiesta española. En Pamplona no pueden correr los menores de 18 años pero en Huamantla, de sino más liberal, corre quién quiera correr, incluso los niños, aunque también hay que decir que algunos no corren para participar del espectáculo, sino para salvar el pellejo porque los toros, una vez liberados, corren por las calles sin orden ni concierto y hay vecinos que salen por el pan, o que van por su jorongo a la tintorería, y que sin deberla ni temerla son embestidos por un berrendo cornalón que se despistó. A diferencia de lo que sucede en Pamplona, donde los heridos son siempre los corredores, en Huamantla se maneja un saldo más plural; en una ocasión al número (bestial) de personas heridas, se sumó el de un toro muerto, que murió al estrellarse a sesenta kilómetros por hora contra otro toro, debido a la torpeza con que un monosabio espontáneo y algo bebido echó el capote.

Quien se piense que esto que cuento lo voy inventando puede hacer lo siguiente: después de visitar la página de Televisión Española, que acuda a YouTube y ponga la palabra “huamantlada”. En Huamantla lo que corre detrás de la gente más que una manada es una madeja de toros, una corretiza caótica que en lugar de un grupo conforma un monstruo de seis cabezas y doce cuernos. En otra ocasión, aprovechando ese caos, un toro abandonó la madeja y comenzó a tontear por el pueblo hasta que se metió por la puerta de una casa que algún desaprensivo había dejado abierta. El toro permaneció varios minutos angustiosos dentro de la casa, supongo que olisqueando las sillas y el sofá y comiéndose los tacos de cecina que, antes de su entrada triunfal por el pasillo, degustaba la familia. Después de esos minutos llenos de angustia salió el toro por la puerta con un mantel colgándole del cuerno. Por esto es que he pensado en la hipótesis de los tacos de cecina.

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