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Martes , 17.07.2018 / 22:43 Hoy

Un Hipódromo ¡al helado de 'tutti frutti'!

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Karina Vargas


Una estampa de Benito Juárez con denominación de veinte pesos equivale en el circuito de Sotelo a un pase de abordaje a las gradas generales más un programa del día. Adentro, la misma cantidad rinde para hacer un guiño a las apuestas y saciar la curiosidad de una visitante primeriza

* * *

Las cuotas de acceso se enlistan de menos a más en un papel pegado a la ventanilla: "Grada general $10, Platea $20, Mezzanine $30", donde compro la entrada más económica y pido un programa que contiene toda la información que, se supone, necesito para seguir cada carrera. Mi deseo de escuchar a la taquillera decir con emoción "¡Al rico helado de tutti frutti!", como Chico Marx en Un día en las carreras, mientras intercambiamos el dinero por las estadísticas, se reprime y avanzo hacia la gran estatua de un equino que aguarda, imponente, frente a un muro que deja ver en su profundidad a los caballos que se preparan para la siguiente competencia.

Camino hacia la izquierda, paso el filtro de seguridad y me introduzco a un túnel y un pasillo que conducen hasta el tercer nivel del complejo, en donde a simple vista lucen varias filas de octogenarios que revisan minuciosamente sus apuntes de apuestas e imagino a Henry Chinaski, el personaje estrella de Bukowski, escaneando con el mismo interés el cuerpo, el trote, la belleza y la fuerza para aguantar una cabalgata con la que estos estadistas observan por ratos a las chicas que por ahí caminan en busca de algún trago o "antojito". Igual que Henry lo hizo con Sommerfield en Pittsburgh Phil y compañía: "Nos fuimos a las carreras. Él habló durante todo el camino. No había estado jamás en un hipódromo. Le tuve que explicar la diferencia entre ganador, colocado y apuesta múltiple. Ni siquiera sabía lo que era una valla de salida o un folleto de apuestas. Cuando llegamos, utilizó mi folleto. Tuve que enseñarle a leerlo. Le pagué la entrada y le compré un programa. Todo lo que él tenía eran dos dólares, me los enseñó. Suficiente para una apuesta. Dimos una vuelta antes de la primera carrera, mirando a las mujeres".

Subo y bajo las escaleras de las gradas para encontrar el lugar que mejor me acomode para ver la siguiente carrera, el nerviosismo con el que duplas y grupos de señores y familias eligen a su competidores, me animan a soltar diez o veinte pesos en la taquilla de apostadores principiantes, pero me acuerdo que no sé nada de apuestas ni cómo diferenciar un caballo pura sangre de un cuarto de milla y se me pasa. Recorro los puestos de comida, hay para elegir entre hamburguesas, alitas, nachos con queso, baguettes de cochinita pibil, papas a la francesa y varias cosas más. Elijo el combo de hamburguesa, papas y refresco por sesenta y pico pesos, me siento al lado de dos hombres con cabello cano que se cooperan para hacer apuestas, por cómo miran mi hamburguesa y los boletitos que pululan alrededor de ellos, me doy cuenta que llevan buen rato esperando cobrar algún producto de las carreras. El entorno aquí es tranquilo y bajo al segundo nivel en busca de un puesto cervecero para conseguir el elixir que esclarezca la elección de mi primera apuesta.

En la película de 1937, Un día en las carreras, los hermanos Marx lograron interpretar con gracia la complejidad a la que un novato se enfrenta al intentar comprender lo que sucede en la pista de carreras y además, deducir qué caballo y jinete responderá mejor a una inversión. En ella, Tony (Chico Marx) se hace pasar por un heladero que despacha frente a las taquillas de apuestas del hipódromo, sin embargo, su intención real es conseguir dinero para apostar por Sun-up, su favorito para la siguiente carrera. La víctima es el Dr. Hackenbush (Groucho Marx) quien prepara dos dólares para el mismo Sun-up. El diálogo entre ambos comienza cuando Tony le ofrece un pronóstico caliente y Hackenbush responde: "No, acabo de comer. Además no me gustan los helados calientes", por lo que Tony confiesa que la facha de heladero es un disfraz para engañar a la policía, pues él se dedica a vender pronósticos de caballos. Así, ambos se envuelven en una perorata en la que el doctor va adquiriendo, primero un libro de códigos para descifrar el nombre del caballo por el que debe apostar, después una colección de guías de criaderos y termina soltando más de cinco dólares por "gastos de impresión y de transporte" de las publicaciones. Luego, mientras Hackenbush da un paseo por los libros, Tony susurra en la taquilla: "¡Seis dólares a Sun-Up, deprisa! ¡Al rico helado de Tutti Frutti!" y regresa con el doctor para venderle unos diez libros más y dejarlo apostar por Rosie aunque la carrera ya haya terminado.

Algo similar pasaría si algún listo se dedicara a desmembrar los programas que se entregan aquí y vendiera desde las estadísticas y el historial de caballos, hasta los pasos para apostar, los resúmenes periodísticos y las instrucciones de cómo leer el programa. Yo vendería una guía que contemplara la relación de los nombres de los caballos con la posibilidad de su victoria y explicaría, por ejemplo: "Apueste por Mipeoresnada porque es un caballo precioso que siempre ha dado su mejor esfuerzo, nunca ha ganado una carrera, pero lo importante es competir".

Me encuentro a dos amigos, Miguel Ángel y Juan Carlos, quienes redactan crónicas y toman fotografías de las carreras cada fin de semana en el Hipódromo de las Américas y me bombardean con toda la información que requería para asomarme al lugar donde ensillan a los caballos y decidirme por Joyce, una potranca color chocolate que lleva el número cuatro, corro a la taquilla y me pongo espléndida. "Veinte al número cuatro" le digo a la corredora y me entrega un boleto a la vez que me desea suerte. Suena la trompeta que anuncia el desfile de los competidores, anuncian a cada caballo y el nombre de su jinete, reviso las estadísticas, Joyce está a la cabeza en los pronósticos, nada puede salir mal, he elegido a la mejor. Pasan unos minutos, el presentador avisa que el caballo número siete ya no participará porque se echó a correr antes de tiempo, después se escucha el grito que a todos prefieren: "¡Yyy Arráaancaaa!", salen los caballos, grito: ¡Vamos, Joyce, vamos! Y al unísono todos animan a su "gallo". En los segundos que dura la carrera, mi expresión de emoción cambia a la de sorpresa, Joyce queda en último lugar y la carrera se la lleva otra potranca proveniente del mismo criadero. "¡Demonios!" grito, llevándome el vaso escarchado de chamoy a los labios y limpio mi breve desilusión con un trago grande de cerveza.

Es sábado, hoy solo corren los caballos pura sangre, si quiero ver a los de cuarto de milla y al público sombrerudo que lo acompaña, tendría que venir en domingo, me explica Miguel Ángel, mientras esperamos el próximo camioncito para dar el tour por las caballerizas. Nos subimos, recorremos parte del hipódromo y llegamos al establo para la parte didáctica del recorrido. "A estos caballos, los pueden acariciar y se pueden tomar fotos con ellos", nos dice el guía, entre tierra mojada y celulares vueltos cámara, acaricio a un par de caballos, contemplando su tranquilidad. Volvemos al camión, cruzamos por el hogar de los competidores y nos muestran la piscina de rehabilitación para los caballos heridos. Llegamos justo a una arrancada, parten los caballos a toda velocidad igual que nosotros para finalizar el paseo. Arribamos a la "Playa", el espacio más cercano a la pista y antes de descender el guía concluye así: "Le dice Manolo a Venancio, 'Venancio, te vendo un caballo' y Manolo contesta, '¿Y yo para qué quiero un caballo vendado?".

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