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"Trainspotting 2": Elige estafar

Las primeras críticas a la secuela de Danny Boyle a "Trainspotting" indican que, si bien no le llega a su predecesora, tampoco decepciona.
Las primeras críticas a la secuela de Danny Boyle a "Trainspotting" indican que, si bien no le llega a su predecesora, tampoco decepciona. (Blumpi)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Jorge Flores-Oliver, "Blumpi"


Han pasado 21 años del estreno de Trainspotting, cinta de culto de Danny Boyle que nos dio a conocer a los personajes Renton, Sick Boy, Spud, Tommy, Begbie y Diane; ahora, con el reparto original y muchas expectativas, se estrena la secuela de esta historia de las clase bajas de Escocia.


Las primeras críticas a la secuela de Danny Boyle a Trainspotting indican que, si bien no le llega a su predecesora, tampoco decepciona. Francamente, es difícil superar una película así, con secuencias tan impactantes que, además, eran acompañadas por un soundtrack trepidante (con Iggy Pop, Primal Scream, Blur, Lou Reed, Pulp y, sobre todo, Underworld con “Born Slippy”, pieza de más de 10 minutos que nos recuerda el desmadre techno y la confusión ideológica de la década). La historia que han estado contando Irvine Welsh y Danny Boyle trata sobre la amistad entre Renton y Begbie, ésa que en Trainspotting se queda detenida en la famosa estafa que le aplica Rents a sus amigos para salir huyendo con rumbo a Amsterdam. Una historia sobre la amistad, la traición y sobre para qué sirven los reencuentros: para vengarse. “Todo ha sido culpa de Renton. Toda esta puta rabia. Y jamás se detendrá hasta que atrape a ese cabrón”, declara Begbie en su inglés barriobajero que hasta la fecha ha sido imposible de traducir con exactitud, y que es indispensable para conocer al personaje más completo y salvaje de Welsh.

"FAHHKIN RENTUNN!"

“Renton. ¿Quién es? ¿Qué es?”, se pregunta Sick Boy (quien odia ser llamado de esta manera, pero que, para fines prácticos seguiremos llamando así porque Simon Williamson es demasiado largo). “Es un traidor, un soplón, un hijo de puta, un esquirol, un egoísta interesado. Tiene todo lo que cualquiera de la clase trabajadora necesita para insertarse en el nuevo orden capitalista global”.

Hace unos años entrevisté a Irvine Welsh a propósito de la edición en español de Skagboys, precuela que cierra la trilogía conformada por las mencionadas Trainspotting (1993) y Porn (2002). En la entrevista, Welsh explicaba que, a pesar de ser el personaje principal de Trainspotting, Mark Renton no es el más interesante de los que aparecen en las páginas de su novela. “Puedo ver más vívidamente (a Begbie y Sick Boy) haciéndose viejos (…) Les veo potencial de cambios dramáticos”. Y así es: en Porn, la novela en la que está basada la nueva película, Renton está de regreso, incluso la historia de amor entre él y Diane se desenvuelve en sus páginas. Pero las decisiones que toma, giran alrededor de lo que hacen sus viejos camaradas.

Frank Begbie —Franco, el Generalísimo— purga la condena en la que lo hundió Renton y una vez en la calle, su psicopatía se dispara (solo para picarles la curiosidad, en Porno, el encabezado de un periódico habla de una “Nueva pista en la cacería del asesino de la ciudad” refiriéndose a él. Ya el año pasado, Welsh lanzó The Blade Artist, libro en el que el protagonista es el mismo Begbie, ahora radicado en California, y en el que su hiperviolencia nuevamente sale a flote, así que Welsh sigue desmadejándolo).

Mientras tanto, Sick Boy es ahora todo un empresario, dueño de una taberna, adicto al charlie —la cocaína— y usa sus conexiones políticas y un discurso antidrogas para financiar su más reciente emprendimiento: la producción de Seven Rides for Seven Brothers, película pornográfica para la que tiene como socio a Renton y para lo cual ha creado una sociedad llamada Bananazzurri Films. Desde siempre, Renton ha sabido que Sick Boy es capaz de lo mismo que él le ha hecho a sus propios amigos. Solo que el segundo se encuentra parado sobre un tabique de aparente superioridad moral. En un speech suyo, asegura: “Creo en la guerra de clases. Creo en la batalla de los sexos. Creo en mi tribu. (…) Creo en el punk rock. En el Northern Soul. En el acid house. En el mod. En el rock n roll. También creo en el rap y el hip hop honesto pre-comercial. Ese ha sido mi manifiesto…”. Claro, un manifiesto más cínico, porque lo que entiende como punk rock es a Malcolm McLaren.

ESTAFA #1

A través de esta banda de desadaptados —trainspotters de la existencia—, Welsh ha dejado constancia del síndrome de abstinencia que le da a la Historia entre décadas.

Allí donde Mark Renton decía “choose life” y continuaba con una lista de opciones que no lo eran, en Porno, novela de Irvine Welsh en la que se basa la secuela fílmica, Sick Boy dice:

“… Necesitamos tetas y culos porque tienen que estar a nuestra disposición, para manosearlos, cogérnoslos y masturbarnos encima de ellos. ¿Porque somos hombres? No. Porque somos consumidores. Porque esas son cosas que nos gustan, cosas que, de forma instrínseca, creemos o nos han hecho creer que nos dan valor, que nos liberan, que nos dan satisfacción. Les conferimos valor para sentir la necesidad de que al menos tenemos la ilusión de disponibilidad. Por tetas y culos léase coca, cervezas, botes a motor, autos, casas, computadoras, etiquetas de diseñador, réplicas de camisas de marca. Por eso es que la publicidad y la pornografía son similares: venden la ilusión de disponibilidad y del consumo sin consecuencias”.

Un nuevo manifiesto milenario, que se declama 20 años después, cuando muchos trenes han salido y llegado a la estación de Leith. Lo que en los años noventa en Trainspotting era la heroína, en Porno es, justamente, la pornografía, un tipo distinto de pinchazo, una nueva necesidad creada para soportar el peso de la existencia. Porque “en algún punto, los británicos dejaron de ser los cabrones que se las sabían todas para volverse los más grandes chaqueteros de Europa”.

Por su parte, Skagboys marca el origen de la historia, enmarcada por el momento en que una serie de medidas tomadas por el gobierno de Margaret Thatcher —la Dama de Hierro— provocan en los años ochenta un aumento en el consumo de heroína entre la población del Reino Unido, llevándose entre pinchazo y pinchazo a Mark Renton, Spud y Sick Boy. “Tengo que probar esa mierda, de verdad. Incluso me maldigo por cobarde y por disfrazar lamentablemente la cobardía de sangre fría, inteligencia o experiencia”, dice Renton en uno de los capítulos iniciales, antes de tirarse de lleno en la cama de jeringuillas que fue el Reino Unido en esa década.

Pero esta secuela —que ha sido llamada T2— es también una historia sobre la tortura. ¿Recuerdan aquella dolorosa secuencia en la que el pobre de Sick Boy despierta en la cama de su novia, embarrado en sus propias heces? Irvine Welsh vuelve a ponerlo en una terrible situación, igualmente degradante, acaso uno de los pasajes más brutales del libro, solo que en vez de mierda, aquí envuelve cómo dar una buena mamada. Ignoro si esa parte aparezca en la película, si sí, preparen su morbo; si no, les recomiendo buscar el libro, es Irvine Welsh en toda su brutalidad y crudeza. Mientras tanto, nos toca anotar las llegadas y salidas de los trenes, hasta que T2 arribe a la estación.

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