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La torre Eiffel y el tanque alemán

La torre Eiffel y el tanque alemán
La torre Eiffel y el tanque alemán (Especial)

Para mi cuate Carlos Rivero,

secretario nacional de la Asociación de Scouts de México

por Arturo Reyes Fragoso

Dos años después de la guerra había en Europa mucha pobreza”, rememora Manuel Felguérez en la entrevista que incluí en un libro publicado tiempo atrás (Dos artistas en pantalón corto. Ibargüengoitia y Felguérez, scouts, Praxis), donde recogí sus juveniles correrías, dadas a conocer originalmente por el ahora recordado escritor guanajuatense en “Falta de espíritu scout”. Fui con comida absolutamente racionada, sin dinero para restoranes... casi ni había. La misma pobreza hacía que hubiera mucha solidaridad y con el Jamboree conocimos scouts de varias partes del continente, sacando sus direcciones y quedando de vernos llegando a sus casas. Todo el recorrido por Europa fue gracias a la organización scout”.

El desternillante relato de La ley de Herodes resulta una sucesión de engaños, confabulaciones y juicios en ausencia que, a tres décadas de la muerte de su autor, los scouts mexicanos todavía leemos con morbosa fruición (quien esto escribe recuerda al fallecido Fernando Soto-Hay, sacerdote jesuita y patriarca de la Asociación de Scouts de México, al momento de mostrar, orgulloso, la relación completa de los ibargüengoitianos personajes y sus respectivos nombres reales, anotada con su puño y letra en el ejemplar publicado por Joaquín Mortiz que conservaba en su biblioteca personal).

Ibargüengoitia no dudó en equiparar al campamento mexicano montado en la máxima reunión mundial realizada a la fecha —la próxima será en 2015, en Japón— con el tianguis de La Lagunilla, con scouts ansiosos por intercambiar una cámara fotográfica, sentados en el piso con las piernas cruzadas frente a ídolos de pacotilla, fajillas chamulas y sarapes de Saltillo, prestos “a estafar a niños europeos que creían que estaban entre hermanos”, como volvería a evocar en alguno de sus artículos publicados en el periódico Excélsior.

Las semanas posteriores al Jamboree, Felguérez e Ibargüengoitia recorrerían Francia, Italia, Suiza e Inglaterra con otros integrantes de la delegación mexicana “alterna”, que organizaron para asistir a aquel evento. En 1949, casi dos décadas antes de publicar La ley de Herodes, el guanajuatense plasmaría sus vivencias europeas en la revista Escultismo, en una crónica titulada “Recuerdos de viaje”:

Recuerdo por ejemplo, estar sentado en un camión viejísimo y repleto de scouts ingleses y franceses, que trataba, con la mejor buena voluntad del mundo, de llevarnos a la Estación Rosny-Tamboree, donde tomaríamos el tren para París. El Jamboree ya había terminado oficialmente y todos los muchachos llevaban su parafernalia de campamento (tienda, cobijas, sartenes, ollas, etc.).

Encorvado como un enorme pinacate pintado de verde, el camión subió tosiendo fatigosamente una pequeña cuesta y al llegar a la cumbre, no supe de momento si debido a algún defecto orgánico, o bien a la presión arterial, el pinacate detuvo su marcha.

El chofer se volvió a nosotros desde su cabina, se puso de pie y gritó una serie de cosas gesticulando violentamente y luego bajó despavorido del camión, perdiéndose en el humo espeso que empezaba a salir de alguna parte.

Aquel aparatoso contratiempo propició que los franceses, “con la rapidez de coordinación que tienen”, se arrojaran por las ventanillas del vehículo, “cayendo de cabeza en el concreto”, mientras que los flemáticos ingleses se formaron por patrullas para salir a una orden del silbato de su dirigente, entonando “God save the King”. Para entonces, “los únicos aborígenes de Tenochtitlán en el camión”, como se autodefine el autor con su compañero, entablaban el siguiente diálogo:

—Oye mano, yo creo que tú te bajas y yo te aviento las mochilas —dije.

—Yo creo que es mejor que tú te bajes y yo te las aviento.

—Tú eres más ágil y tienes más facilidad de palabra… cof, cof (toso, humo blanco nos rodea).

—Aunque estaba yo pensando que (cof, cof, tas)… que mejor cof… será que nos bajemos los dos juntos cada uno con sus chivas, cof, cof… (ataque de tuberculosis).

Enfrascados en la discusión, los scouts mexicanos tardaron en percatarse que el peligro comenzaba a disiparse a la par del humo.

Al poco rato, volvieron a subir los franceses, con los ojos desorbitados y hablando y accionando como es su costumbre, y más tarde los ingleses formados por patrullas y cantando “Santus, Santus, Aleluya”, subieron obedeciendo una orden de silbato, mientras nosotros los impertérritos mexicanos, con el valor y bizarría de nuestra raza, descubrimos un letrero en la vidriera junto a nuestros asiento: “Porte la segurité en caso de feu”.

La abrimos apresuradamente y a correr…

De aquella época también proviene la fotografía aquí mostrada, donde aparecen algunos integrantes de aquella “delegación alterna” en la explanada del Museo Militar de los Inválidos, con la torre Eiffel al fondo; de izquierda a derecha, posan para la cámara Alfonso Jiménez, Jorge Ibargüengoitia, Humberto Jiménez, Manuel Felguérez y, sentado en el tanque alemán exhibido como trofeo de guerra, Fernando Cruz, quien resguarda la entrañable imagen.

La Europa de la posguerra recorrida por un risueño grupo de scouts mexicanos.

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