QrR

Mi tía Marina

Tía Marina
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


En los años 20, cuando todavía no existían tantos caminos pavimentados ni carreteras, mi abuelo Rey (hijo de un guitarrista andaluz) trabajaba de arriero, trasportando mercancías en mulas, entre su natal Zacapoaxtla, Puebla, y mi natal Xalapa, Veracruz, donde conoció a mi abuela María Enriqueta, con quien se casaría y tendría dos hijas (Marina y Rosa) y cuatro hijos (Reinaldo, Héctor, Mario y mi papá, Everardo).

Cuando las brechas se convirtieron en nuevos caminos, mi abuelo ahorró y cambió las mulas por un camión, luego se compró otro camión y así fue desarrollándose hasta comprar un terreno y construir una modesta casita (la familia vivía en una choza sin piso y mi papá no usaba zapatos).

Mi abuelo Rey le tenía tanta fe al negocio de los camiones, que parecía que mi papá y mis tíos estaban destinados a ser choferes o mecánicos (salvo mi tío Reinaldo, quien desde los 15 años se fue con una tribu de gitanos, llevando una vida aventurera, desempeñándose como actor o como abogado sin título). Mi abuelo no podía aceptar que uno de sus hijos estudiara y dejara el negocio.

Mi tía Marina (una buena mujer, de carácter alegre, sana, sensata, amorosa y excelente cocinera) quiso que mi papá tuviera una profesión, así que se choreó a mi abuelo, diciéndole que la CNC había becado a mi papá para que estudiara agronomía en la Escuela Hermanos Escobar (un internado en Ciudad Juárez, Chihuahua, que era como la Legión Extranjera, a la que llegaban jóvenes de toda la República, particularmente norteños, siendo los veracruzanos los más exóticos), pero la verdad es que mi tía le llevaba las cuentas a mi abuelo y agarraba dinero para enviárselo a Juárez.

Mi papá comenzó su carrera en 1952, a los 16 años, cortó pasto en El Paso, se vestía con ropa deportiva gringa y la apodaron el Pocho (salvo mi tía Marina, quien siempre le dijo m'hijo). El 28 de agosto de ese año falleció mi abuela, y mi tía no quiso que le informaran su muerte a mi papá, pues creyó que si regresaba a Xalapa se quedaría y ya no concluiría sus estudios. El Pocho regresó en diciembre y se molestó porque nunca le dieron la noticia (y hasta conseguía barriles de cerveza para las fiestas, sin saber que se había quedado huérfano). Por negarle esa noticia estuvo mucho tiempo molesto y ni siquiera preguntó detalles del fallecimiento.

Con todo, gracias a mi tía, mi papá consiguió chamba en Banrural, se casó con mi mamá Leticia, nací yo en 1964 (y un año después mi hermano Toño, en Tlaxcala) y en 1974 lo promovieron al Distrito Federal.

Cuando íbamos de vacaciones a Xalapa llegábamos con mi tía Marina, quien había rentado una casota muy antigua en el Callejón del Diamante (que ahora es un corredor turístico ligeramente hipster), de techos altos, llena de plantas y un cotorro picardiento, rentando cuartos a "pupilos" (los estudiantes que venían a la Universidad de Xalapa), con cocina económica y "abonados" (gente que pagaba por sentarse a comer con nosotros). Juntándome con "los pupilos" recibí mi primera educación artística (cuando decoraban las paredes con pinturas de la Pantera Rosa y mi primo Memo sacaba las guitarras al callejón, para enseñarme "las pisadas" de las canciones de los Beatles).

Mi tía Marina falleció el 13 de noviembre a los 80 años de edad. Todavía puedo oler la generosa y gigantesca olla de frijoles dispuesta para todos en su cocina. Aparte del amor que le tenía, la recuerdo porque contaba historias sobrenaturales que en Xalapa son cotidianas (como el hecho de que mi tía Marina soñara con mi difunto tío Reinaldo, reclamándole que al morir le haya dado sus zapatos favoritos a mi tío Héctor, quien en la vida real tuvo que devolverlos, harto de que mi tío Reinaldo le chiflara en la calle).

Me contó que mi abuela María Enriqueta, después de ver a un niño albino excesivamente serio, dijo: "Ese niño no pertenece a este mundo", y murió al día siguiente; también cómo se escuchó romperse la vajilla de la cocina una madrugada. Tras cerciorarse que no se rompió nada, segundos después le informaron por teléfono que falleció un pariente.

En octubre de 1980 mi hermano Toño soñó que moriría un 11 de febrero y, aterrado, durante dos años no salió a la calle en esa fecha. En 1982 mi tía Marina le dijo que tenía "espanto" y lo curó, prendiendo una vela, pidiéndole que se viera en un espejo y se tomara un vaso de agua. Eso lo alivianó, pero lo curioso es que, 10 años después, cuando mi hermano consiguió una beca para estudiar un doctorado en psicología social en la Universidad Autónoma de Madrid, le mandó una postal a mi abuelo Rey, escribiéndole: "Mira qué bonita es la tierra de tu padre". Mi abuelo falleció después de ver la postal, un 11 de febrero de 1992. Seguramente descansa en paz mi tía Marina.

< Anterior | Siguiente >