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Lunes , 22.10.2018 / 03:28 Hoy

The Wall

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

Cuando en 1980 salió en México el álbum doble de Pink Floyd: The Wall, yo tenía 16 años, la edad de muchos chicos que vi en el concierto de Roger Waters la noche del 28 de septiembre en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez.

En 1982 se hizo la versión cinematográfica, que narraba la historia de una estrella de rock en decadencia (Bob Geldof, como Pink), y fue hasta entonces que supe que todo el concepto se basaba en situaciones autobiográficas de Roger Waters pues, hasta entonces, para mí la trama no tenía nombres ni apellidos, ni se ubicaba en Inglaterra, sino era una metáfora abstracta del condicionamiento social, que se adecuaba a todo mundo. El estreno fue en el Cine Pecime y hubo portazo. En los ochenta era común el portazo (abrir a empujones las salidas de emergencia para entrar en bola a un recinto). Nada más apropiado para una película anarquista.

Cuando se estrenó yo tenía al menos un año estudiando las letras de The Wall con un grupo esotérico, enfocado a descifrar una frase que culmina cortada al iniciar el primer track y que inicia al final de último track.

Ese grupo lo formó un chico al que llamaré Benny (porque se parecía a Benny Ibarra, el de los Yaki, papá del Benny de Timbiriche), y lo auxiliaba un individuo al que llamaré Leonardo (porque se parecía Leonard Nimoy, el Dr. Spock de Viaje a las Estrellas). Leonardo era el encargado de traducir las letras y pasarlas en limpio. Éramos compañeros del Colegio de Ciencias y Humanidades Sur de la UNAM, en Paseos del Pedregal, CdMx.

Benny había estudiado varias disciplinas esotéricas y les daba cursos a los estudiantes de la Salle del Pedregal que estudiaban cerca. Les cobraba una lana pero a mí me incluía gratis en sus grupos (de cinco a diez personas) porque yo le caía bien. Con Benny hacías viajes astrales, despertabas el Kundalini, hacías milagros, adquirías poderes usando correctamente los sutras de Patanjali (hacerte invisible, levitar, multiplicarte, etc.) En realidad nunca hicimos nada extraordinario, salvo cuando fuimos al bosque del Ajusco para dar “el grito primordial” y nos quedamos sin gasolina; regresamos de aventón con dos charros que bebían tequila y rebasaban las curvas sin miedo a la muerte, en una noche lluviosa; de milagro regresamos vivos.

La teoría de Benny es que The Wall describía el proceso de condicionamiento que tiene toda persona durante su vida, representado por tres personajes represores: la madre (la familia), el maestro (los planes de estudios oficiales) y la esposa (las convenciones sociales) que creaban una estructura psicológica que debía derribarse para ser libres y permitir se desarrollaran nuestros poderes ocultos forma natural. Nos quedaba claro que para ello había que derribar toda una estructura mental creada artificialmente por el ego, pero la clave estaba en la frase entrecortada, la cual, tratábamos de conocer mediante la comprensión de las letras. Si bien no conocimos ninguna verdad secreta, ese ejercicio nos llevó a una especie de auto-psicoterapia.

En el CCH tuve amigos de todo tipo, desde los fresas que escuchaban a Daniela Romo hasta los pachecos que escuchaban rock, de entre estos últimos, recuerdo a dos greñudos de lentes que usaban huaraches con calcetines, quienes trataron con desprecio aquel álbum recién salido en noviembre de 1979 y ampliamente conocido en 1980, diciendo despectivamente “Pink Floyd ya se volvió música disco”. Tal vez tuvieran razón, pero con el paso del tiempo, creo que esa fusión fue necesaria. The Wall es el último álbum de un grupo de rock preocupado por hacer música de calidad, experimental, en cierto modo académica, que alcanzó una elevada popularidad, enganchados por el ritmo de Otro ladrillo en la pared, un funky de protesta que jaló a muchos jóvenes a conocer el álbum completo.

Luego vino la película (realizada por una de mis directores favoritos: Alan Parker) y The Wall se volvió una obra de culto para la juventud de todos los tiempos (cuando en 1989 fui representante alumno de la Comisión de Exámenes de Admisión del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, todos los aspirantes pusieron The Wall en su lista de diez películas favoritas).

Después de ver a tantos chavos que tenían mi edad cuando salió The Wall (incluso más jóvenes), en el concierto de Roger Waters, emocionados por la música y enardecidos por el cerdo volador decorado con los martillos emblemáticos de la dictadura, con el letrero “¡Fue el estado!”, uno recupera la esperanza en esa juventud en éxtasis apendejada por los videojuegos, el reguetón y la televisión, y al mismo tiempo, se reanima el entusiasmo para derribar los muros de la hipocresía, la impunidad y la represión.

Mientras Roger Waters mantenga viva la llama de la rebeldía y en los pasillos de las facultades sigan vendiendo libros usados, nadie aquí envejece... ¡y el que lo haga que renuncié ya!

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