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La tentación de Leonardo y Miguel Ángel

EL  ÁNGEL EXTERMINADOR
Karina Vargas


Tras dos intentos fallidos de entrar a la exposición de estos dos genios renacentistas y sobreponerme a largas filas, por fin pude entrar a Bellas Artes y confirmar cómo se combina mercadotecnia, arte y vacaciones de verano.


El destino turístico y dominical de moda exige puntualidad. Las filas se observan desde la madrugada hasta las tres de la tarde o cuando se anuncia que los boletos están agotados. A nadie extraña el éxito de la reventa, aunque las entradas se vendan al triple de su precio. Desde la inauguración, a finales de junio, los rumores de lo maratónico que es entrar y admirar las obras de ambos artistas comenzaron a crecer y a hacerse una realidad que también atrae a los comerciantes.

Hoy corrí con suerte: la fila ha durado solo una hora y el sol es condescendiente, así que lograré saciar mi tentación de ver la obra de dos grandes del arte mundial. Durante la espera, un recolector de fondos para la lucha contra el cáncer de mama le explica a todo aquel que va llegando cómo está la onda: "Ahorita vas a alcanzar boletos como para las cuatro o cinco de la tarde; a los que lleguen después les va a tocar entrar hasta las ocho", afirma, y suena como caen unas monedas en su botecito. Los organilleros hacen la misma apuesta, se colocan rápidamente y comienza a sonar algo que bien podría ser "La Vikina", "Cielito lindo" o una cumbia, pues no se alcanza a distinguir por lo desafinado del organillo; en el breve rato que tocan su sombrero se queda vacío. Algunos en la fila están al tanto de su celular o el outfit de los de al lado, otros terminan con las tortas del almuerzo y unos más solo se quedan contemplando a lo lejos.

"Retratos al carbón o le cuento la historia del Palacio", ofrece un dibujante que en otras ocasiones he visto merodear por los bares del Centro Histórico. Leo una lona que se asoma con la leyenda "Jesucristo ama al Chapo, pero no al narcotráfico". Al menos no me aburro. Falta poco para entrar; alguien del staff agradece la paciencia y destruye las esperanzas de los que van tarde: "Solo hay 250 boletos; les pondremos un sello a las personas que vayamos contando y a los que no alcancen los esperamos mañana", advierte. Se escuchan algunos reclamos; luego el silencio, que vuelve para ser interrumpido pocos minutos después por la caída de un tubo acondicionado como bastón, que baja por las escalinatas del ala derecha del palacio y, tras él, un indigente que rueda lentamente hasta desenroscarse en el piso y dejar ver una pachita de Tonayán a su lado. Los guardias caminan hacia él y tratan de reanimarlo. "Cada que ve gente hace lo mismo", aclara uno de ellos. Entonces la sorpresa de los que miraban se convierte en risas y centran su atención hacia la nada. Carlos, como le llaman los vigilantes, sigue su siesta.

"Se les informa que el acceso con cámaras de fotografía o video no está permitido, si alguien es descubierto tomando imágenes dentro de la sala, los custodios tienen total libertad de pedirles que se elimine toda la información de sus aparatos", advierte una de las guías al entrar en el espacio de Miguel Ángel, donde seguro en la playlist que Spotify armó para escuchar durante el recorrido ahora suena "We are the champions". Esta vez la selfie que en la exposición de Yayoi Kusama alimentó la libido de los amantes de la inclusión, se limita a ser una impresión con carita de desesperación en alguna de las filas de espera o con expresión de "mi peor es nada" junto a un mural de Siqueiros. Ni modo, si quiero que mis allegados sepan que entré tendré que desembolsar 15 pesos para comprarme una postal. La reventa surtió efecto; por lo menos tres personas que van junto a mí entraron al recinto por 150 pesos y se desilusionan al saber que a alguien más le costó $140. La formación se ha roto, solo hay que seguir el orden de la exhibición.

Ya tengo mi boleto y, en efecto, debo volver a las cuatro de la tarde o diez minutos antes de esa hora, formarme y ahora sí ver los estudios de Da Vinci y la "perfección" de Buonarotti.

Los bocetos de las grandes obras de Miguel Ángel demuestran su proceso creativo y sus escritos vuelven a los visitantes unos conocedores del idioma de Italia. Una imagen superpuesta de un personaje del Juicio Final es prueba de las bondades de la tecnología para los museos. Recorro los trazos arquitectónicos que el escultor dibujó y me topo con una maqueta de madera impresionante. Luego veo la placa de información y me decepciono poquito: "Maqueta del Palacio de Minería", dice. Sin duda lo que más me gusta son los grabados de menos de 30 centímetros que están expuestos, con ángeles y seres divinos dibujados a la perfección.

Llego a la sala donde está el "David-Apollo" y me intrigo al ver que la gente le da la espalda mientras escucha las características de la obra, tal vez es el texto impreso en la pared lo que hace creer que debe verse hacia el muro y no hacia el mármol. Cambio de personaje; ahora veo los estudios de caballos e insectos que Da Vinci dibujó y calculo que con el tiempo invertido en la espera pude haber recorrido de ida y vuelta ambas exposiciones al menos cinco veces. Llego al final de la puesta: un audiovisual del códice sobre el vuelo de las aves narra cómo este genio sobrevivió a uno de sus experimentos tras aventarse de una montaña con tal de lograr el sueño eterno del ser humano, y motiva a una asistente a concluir: "Quiero volar". Salgo de la sala y me encuentro con la nueva ronda de gente que está por entrar. No hay comentarios, la actitud solemne de estar en un museo persiste hasta la salida y me pregunto cuánta gente resultará satisfecha después de lo que observó. ¿Será diferente la experiencia en la fila de las personas de la tercera edad y en la de maestros y alumnos? Por lo menos entre ellos no habrá discusión por precios diferentes para entrar.

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