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Tengo derecho a entrar

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 EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“Nunca perteneceré a un club
que me acepte como miembro”:

Groucho Marx.

Prohibida la entrada a toda persona ajena

No soy monedita de oro. Me han corrido de fiestas y prohibido la entrada en ciertos restaurantes y antros, pero también tengo membresías para ingresar a eventos exclusivos, pues poseo credenciales que me abren algunas puertas.

Asambleas de la Sogem

Hace tiempo, una afamada televisora me dijo que no me podía pagar regalías si no estaba inscrito en la Sociedad General de Escritores de México, cosa que hice con cierto pudor (pues ni soy ni me interesa ser literato), pero me sirvió para asistir a juntas donde los miembros se quejaban de que la televisora que me pidió suscribirme a la Sogem, no les pagaba regalías.

Rondeos de Meditación Trascendental

No solo recibí mi mantra personalizado (que me costó una lana), sino que además tomé los sidhis (sutras de Patanjali) en los Palacios de Paz que la Fundación Maharishi construyera en la sierra tarahumara de Chihuahua, donde estuve internado un mes.

Por ahora no tengo disponibles los domingos, pero si pudiera, podría asistir a las meditaciones colectivas y levitar con mis colegas por encima del tráfico, nomás de puro cotorreo.

Alcohólicos Anónimos

Durante varios meses dejé de beber, di testimonios y presidí la mesa. Tengo la literatura y conozco los 12 pasos, de los cuales hay uno que debería practicar toda persona (sin importar su vicio): “Buscarás a la persona que le hiciste daño, le pedirás disculpas y repararás el daño, salvo que esto sea contraproducente”.

Beba o no, tengo derecho a entrar a cualquier junta, tomar la tribuna y practicar mi taller de stand up.

Ciudad Universitaria

Yo estudié dos carreras en la UNAM, pero una de ellas no la terminé; tengo mi número de cuenta y podría pedir mi tira de materias (¿todavía se usa?). Soy un fósil, pero así de viejo como estoy, aún pertenezco al sector estudiantil y cuando yo quiera puedo acudir al dentista de CU, tomar clases de inglés en el CELE, echarme un clavado en la alberca, pedir el “Desayuno universitario” en el Vips y conectar un toque en las islas.

Backstage

Soy uno de los fundadores de la banda de rock La capa de Batman (junto al Pelón, Antonio Ledesma, Alberto López y Luis Sánchez), con quienes canté rock pendejo en bares, cafés, salas de conciertos, parques, estaciones de Metro, universidades y actos políticos y culturales.

Hicimos una gira por Guanajuato y me caí de un escenario con una altura de tres metros, en un bosque de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, convirtiéndome en un mártir del rock.

Por ello tengo derecho a entrar al backstage de cualquier tocada en México, para tomar drogas psicodélicas y participar de orgías inenarrables con groupies y estrellas de la farándula.

Los Arieles

Siempre tengo entrada para asistir a la ceremonia de entrega del premio Ariel a lo mejor de la cinematografía (y pulserita para la fiesta), porque estoy vinculado a la comunidad cinematográfica (principalmente como guionista) y soy miembro de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (pues he sido nominado tres veces: Los retos de la democracia, Amanecer en Disneylandia y Un mundo raro, aunque todavía no he ganado la estatuilla).

Mientras no me premien, iré a todas las ceremonias, me tomaré todo el vino, me robaré las copas de vidrio y llenaré mis bolsillos de bocadillos.

Bodas reales

No hablo ni madres de inglés ni tengo pasaporte ni remotamente corre por mis venas una gota de sangre británica, pero soy un fervoroso vasallo de la Corona (no solo la cerveza, sino de la realeza). Mi amiga, la artista plástica Ximena Cuevas, recordará que en un mercado de Mérida, Yucatán, me compré una playera con la portada del Alarma!, anunciando la muerte de Lady Di.

Yo merecía estar en la boda más que Patrick J. Adams, un actorcillo plebeyo que a leguas desconoce dónde van los cubiertos para el postre.

Si hubiera ido a la boda, seguramente me hubieran dado acceso (lástima que no tenía bien la dirección ni dinero pa’l pasaje).

Exorcismos

Llegó un día en que me quedé sin varo. Estaba en el buró de crédito y no tenía ni para una caguama. Entonces googlee la forma para invocar al Príncipe de las tinieblas; dibujé el Pentagrama invertido en el suelo, prendí velas negras y recité la invocación adecuada. Apareció el enorme macho cabrío y, a cambio de mi alma, me dio para una caguama.

Por ello, tengo derecho a ingresar donde se practique un exorcismo y defender como perro al demonio que pretendan sacar del cuerpo de cualquier güey.

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