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Los sumerios y su diosa

El sexódromo
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante


Bucear en los anales de la historia buscando huellas de la manera como se ha vivido la sexualidad en diferentes momentos de la existencia del ser humano me apasiona; es revelador y muy ilustrativo, pues me da claves para entender por qué vemos y experimentamos el erotismo de la manera en que lo hacemos hoy en día.

¿Cómo es que se experimentaba cuando surgió la civilización?, me preguntaba. Así que pasé de El mono desnudo de Desmond Morris a los libros sobre los sumerios, considerada la primera sociedad moderna. “Evitando la fantasía del origen absoluto que todo lo explica, resuelve y engendra por un determinismo mágico”, como señala el asiriólogo Samuel N. Kramer en una entrevista aparecida en el libro Introducción al antiguo Oriente, me trasladé a Sumeria, donde nació la escritura, lo cual significó “una revolución del espíritu humano”, como señala el estudioso.

Ahí, entre el río Tigris y el Éufrates de Mesopotamia, se dieron los albores de la ciencia, la religión y la política. ¿Qué pasaba con estos primeros Fulanitos y Fulanitas “ilustrados” en relación con la pareja, el coito, el erotismo?

Narra Javier Sanz en sus Historias de la historia que “en Sumeria el sexo se vivía y practicaba con mucha desinhibición”. Lo relacionado con el placer se experimentaba sin demasiadas preguntas o limitantes. La deidad más importante del panteón sumerio era Inanna (más tarde conocida como Ishtar),  considerada diosa del amor, del sexo y de la guerra, así como protectora de la corona… y de las prostitutas.

¿Por qué una diosa debería de cuidar a las mujeres dedicadas a esta práctica hoy en día tan demeritada y no siempre realizada de manera consensuada? Porque en aquellos días ejercer ese oficio era políticamente correcto por donde se le viera. Incluso la diosa Inanna era la cortesana de los dioses, quienes no tenían el detalle de acercarse a los sumerios pero actuaban, creían los naturales de esa tierra, a través de su concubina. Sólo ella, con sus aliadas que sí tenían carnita que tocar, era capaz de escuchar las plegarias de lo humanos, de brindarles buena ventura.  

Entre las prostitutas había niveles, pero eso no era sinónimo de desdén o discriminación, sino únicamente una manera de ordenar el asunto. Las que estaban en el escalón más bajo, atendían en los puertos y las entradas de las ciudades a los hombres trabajadores que poco tiempo tenían para ir al templo o disfrutar del placer, de tal manera que acudiendo a las chicas podían satisfacer ambas necesidades en un solo momento. Las de más caché hacían gozar a los representantes del clero, lo cual no solo estaba permitido sino que era necesario para poder entrar en contacto directo con la divinidad.

Cada tipo de prostituta tenía un nombre. Las Shamhatum eran mujeres educadas, con prestigio social y cultura. Atendían a los fieles en los templos durante determinadas fechas como mera labor social que les daba reconocimiento. Las Kulmashitum eran sacerdotisas prostitutas sagradas, hieródulas, de bajo nivel. Las Kezertum tenían cabellos rizados y largos, trabajaban en la calle, se cree que ayudando a las “prostitutas laicas”, es decir, aquellas que no estaban relacionadas con el templo. Las Ishtaritumel complacían al clero sagrado de alto nivel, así como a personas ricas y poderosas. Algunas, como las Nin-Dingir, lo hacían con el rey o el gobernador, pues eran diosas reencarnadas en el mundo que transmitían sus poderes de mando por vía intrapiernosa.

También había hombres que ofrecían sus cuerpos y dotes amatorias a cambio de unas monedas para el templo; se les conocía como Ishtarium y conformaban el clero sagrado de alto nivel. Su función era atender tanto a hombres como mujeres que desearan acercarse a la divinidad o sentirse cobijados por su amor. Esposos y esposas de quienes acudían a ellos y ellas no se ofendían, sino por el contrario, se sentían orgullosos si su pareja podía visitarlos. A cambio, las hieródulas recibían dinero para el mantenimiento del templo, por lo que sus lugares sacros estaban siempre en buen estado.

La fiesta del Año Nuevo era en honor de la diosa Inanna. Ese día, todo el mundo copulaba, ya fuese con sus parejas, con las hieródulas o con los amantes en turno, pues no era mal visto tener concubinas/os, y si una mujer quedaba embarazada de otro hombre que no fuera su marido, no había una gran diferencia: para los sumerios, los hijos eran fundamentales y el marido no tenía inconveniente alguno en adoptarlos, teniendo todos los derechos de un hijo natural. “En su mentalidad, el perdedor era el amante que se quedaba sin un hijo y el ganador era el marido que conseguía un descendiente más”, señala Javier Sanz. En aquellos días “se bebía cerveza, se cantaba y se hacía el amor… ¡Y ni siquiera tenían que confesarse o sentirse culpables por ello!”, remata.

En esta pachanga anual era habitual ver a parejas en acción en plena calle, en buena medida buscando el embarazo. No se realizaba en diciembre, como hoy en día, sino a finales de nuestro actual mes de abril, por lo que los sumeriólogos creen que los nacimientos de los posibles niños que resultaran de la orgía, se sincronizaban con una época del año en que las madres ya no tenían que atender la cosecha y podían centrarse en su cuidado.

El erotismo no era algo oculto, vergonzoso o reprobable, sino que estaba asociado a la alegría, a las fuerzas creadoras, a la inteligencia, a lo sagrado. Como señala Madeleine John en su estudio La hierogamia en Sumeria, generaba un caudal de energía que producía experiencias significativas. Estaba ligado a la divinidad, a diferencia de los días actuales, cuando son las religiones las que han establecido prohibiciones, limitaciones sexuales, desacralizando por completo un acto que, cuando se hace con conciencia, puede convertirse en un impulso creador, en lo más cercano a la meditación y el desprendimiento del ego, como decía Osho.

¿En qué momento esta situación dejó de ser así? “Cuando los hombres comenzaron a dirigir la sexualidad de las mujeres (y, en general, a gobernar todos los aspectos de la sociedad), la prostitución pasó de ser un acto sagrado a convertirse en un vulgar y terrible acto de esclavitud sexual”, comenta Sanz.

Eso aconteció en la época de los babilonios, quienes decidieron que los hombres podían cobrar dinero para los templos sin necesidad de ofrecer nada a cambio más que la incierta promesa de que los dioses lo agradecerían desde su olimpo celestial y, a la vez, tenían la posibilidad de seguir explotando a las prostitutas, despojadas ya de todo su misticismo. El patriarcado trajo consigo el desprecio a las mujeres, quienes pasaron de ser divinidades a considerarse personas inferiores a comparación de los hombres.

Griegos y romanos siguieron viendo las prácticas sexuales de manera relajada, aunque le quitaron ese velo sacro de los sumerios. En Roma, la prostitución se confinó a los burdeles y su objetivo era meramente económico. Las mujeres que deseaban tener amantes esporádicos debían disfrazarse para cambiar de identidad y salir a las calles a prostituirse ocasionalmente, en este caso, para sentir placer, informa Antonio Poveda, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Alicante.

Es decir, casi desde el principio de las civilizaciones modernas, el erotismo fue confinado a la cárcel del poder, se le quitó su halo divino, se volvió moneda de cambio. Y así hasta el día de hoy.

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