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El sultán

El sultán.
El sultán. Imagen: Guadalupe Rosas (Milenio)

Cada vez que visitaba Londres, el sultán de Brunei se hospedaba en la suite dúplex del hotel Dorchester, un fastuoso departamento con vistas a Hyde Park. En esa suite, de precio estratosférico, suelen hospedarse presidentes y primeros ministros que van de visita oficial a Inglaterra, a conversar con David Cameron o con la reina Isabel. La modalidad de “visita oficial” quiere decir que todos los gastos del gobernante, y los del amplio séquito que invariablemente lo acompaña, corren a cargo de los contribuyentes de su país. Pero el caso del sultán de Brunei es distinto, porque es el líder político, moral y económico de su pequeño país y, como dato añadido, es uno de los hombres más ricos del mundo.

Brunei tiene 416 mil habitantes y era un país insignificante, parte del imperio inglés, hasta que en 1926 se descubrió que estaba asentado sobre un generoso manto de petróleo. En 1984 Brunei se independizó de Inglaterra y el sultán de turno, el número 29 de una larga fila dinástica, se convirtió en el hombre más rico del planeta. La suite del hotel Dorchester es una pieza política fundamental del sultanato, es el punto de referencia en el imperio de este hombre que aunque se llama Hassanal Bolkiah, seguiremos llamando “sultán” en esta historia.

En 1985, un año después de haber conseguido la independencia de Inglaterra, el sultán llegó a su suite del hotel Dorchester y descubrió, con asombro y mucha rabia, que estaba ocupada. Que esta gamberrada se la hayan hecho precisamente después de la independencia no parece una casualidad. El caso es que el sultán, para paliar su decepción, compró todo el hotel, y ya convertido en hotelero advenedizo, se lanzó a invertir en el sector y compró en París, otra ciudad que visita con frecuencia, los hoteles Le Meurice y el Plaza Athénée. En Milán compró el Príncipe di Savoia, en Nueva York el Palace, y en Los Ángeles, que es una ciudad que por su clima y por su cercanía con Hollywood, inquieta mucho a su familia, se compró dos: el Hotel Bel-Air  y el Beverly Hills Hotel, ese espacio mitológico donde se han alojado todas las estrellas del cine y del rock, protegidos de fanáticos y paparazzis por los botones, los porteros y las recamareras que trabajan ahí. En el Beverly Hills, por ejemplo, Marilyn Monroe e Yves Montand, desempeñaron un escandaloso romance mientras, vaya coincidencia, rodaban la película Let’s Make Love, en el año 1960. Otro de los luminosos episodios del hotel Beverly Hills fue la luna de miel de Elizabeth Taylor y Richard Burton, no por sus cabriolas amatorias, de las que no queda registro, sino por la cuenta del room service, que tuvo a bien revelar una de esas camareras que despistaba y ahuyentaba a los paparazzis: la orden del desayuno incluía, junto a los huevos, el café y las rosquillas, dos botellas de vodka, y la de la comida, que hacían a las cinco de la tarde, otras dos botellas.

El sultán de Brunei no se priva de nada, tiene 17 jets de todos los tamaños y cientos de automóviles exóticos, tiene montones de diamantes y una envidiable colección de arte colgada en su palacio de 49 acres y mil 788 cuartos (sí, mil 788, ha leído usted bien, el dato está publicado en el número estadunidense de la revista Vanity Fair de agosto). En ese palacio, el sultán y su hermano Jefri organizan unas bacanales con todos los elementos que prohíbe la ley islámica, musicalizadas, a cambio de unos honorarios monstruosos, por cantantes como Whitney Houston o el desaparecido Michael Jackson. De la flotilla de yates que posee el sultán, tres han sido bautizados por Jefri, con nombres que ilustran perfectamente su orientación personal, y su torva creatividad: Tits (Tetas), Nipple I (Pezón I), Nipple II (Pezón 2). En una de esas fiestas, el sultán importó un Boeing 747, lleno de caballos, para que el príncipe Charles de Inglaterra pudiera pelotear con un equipo de polo argentino, pagado también por el sultanato.

El sitio favorito del sultán, cuando se decide a ir de shopping, es el Beverly Hills Hotel; ahí llega desde Brunei, acompañado por un centenar de familiares, en su Boing 747 color dorado. La familia compra objetos, durante varios días, sin ningún límite, y luego llena con las compras cuatro o cinco contenedores que se embarcan en el jumbo jet. Pero últimamente el sultán, que a sus 67 años comienza a preocuparse por el peaje que tendrá que pagar en la otra vida, ha ordenado que dentro del hotel en Beverly Hills se observe la estricta ley islámica que imperaba en Brunei en el siglo XIV, una severa ley que prohíbe el alcohol, el sexo sin bendición divina y que castiga a los homosexuales con la muerte a pedradas, todo en ese mismo edificio donde se han hospedado desde Frank Sinatra hasta los Rolling Stones y cuyas fotos, junto con las de todas las celebridades paganas que han ocupado sus habitaciones, ya han sido quitadas de las paredes del hotel. La comunidad artística de Los Ángeles está en pie de guerra. Ya veremos si el sultán resiste el pulso.

Jordi Soler

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