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El sueño de “mover a México” desde el ITAM

El sueño de “mover a México” desde el ITAM

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Baltazar Villalobos*

Durante la segunda mitad de los años ochenta tuve la oportunidad de estudiar en un instituto de élite en el más amplio sentido de la palabra: el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Fundado a mediados del siglo pasado, en 1946, tenía, 40 años después, una matrícula que a nivel licenciatura rebasaba por poco los tres mil alumnos: una universidad pequeña, diríase que familiar, que favorecía que los miembros de unas y otras generaciones, abajo, arriba, se conocieran, compartieran asignaturas, polemizaran, convivieran.

Pertenecí a distintos grupos estudiantiles y participé en las planillas para formar parte del consejo de alumnos; eran los inicios de cada uno de nosotros, de la lucha por una representación escolar, la gestación de relaciones —como las de cualquier otra universidad— que más adelante traerían sus frutos laborales, políticos, sociales.

Me formé con diversos pensamientos, opiniones, debates públicos y escritos con personas que desde entonces tenían en la mira escalar posiciones en el servicio público. Había grupos identificados plenamente con corrientes políticas pero, independientemente de ello, hubo siempre camaradería. En mi entorno desfilaron amigos, conocidos y contrincantes en ideales, en su gran mayoría gente a la que se le suele llamar, por su inteligencia, “brillante”; una élite preparada, formada, educada, que ha ocupado cargos desde ministerios extranjeros, direcciones y jefaturas en paraestatales mexicanas, así como puestos de primer nivel en la administración pública. Aquel era un grupo de personas que, recuerdo, “quería mover a México”, cuando ese lema no se había hecho retórico y vacío: de ello se encargó este gobierno.

Destacaban de aquella generación, que es la mía, las ideas, la búsqueda de identidad, los propósitos de cambio: había materia gris, creatividad, inteligencia; había poder adquisitivo, había capacidad intelectual. Había, en otras palabras, economistas, administradores, abogados, politólogos de los mejores que he conocido. Había también quien creía, como un amigo declaraba convencido, que nosotros teníamos “que ser una generación que redima a México.”

Cuatro o cinco años pasan rápido, pero marcan mucho. Algunos de aquellos compañeros, varios, fueron a estudiar al extranjero. México les pagó algunas de sus becas para “formarse mejor”, para conseguir aquel objetivo y propósito final: “redimir a México”, “moverlo”. Obtuvieron grados académicos, maestrías, doctorados en prestigiadas universidades estadunidenses y británicas. Todos hablaban inglés y se codeaban ya con el poder en ciernes.

Cinco lustros después, en el servicio público hay directores, senadores y secretarios de Estado de los tres principales partidos políticos. Desfilan por ahí los Cordero, los Videgaray, los Andrade, los Ríos Piter, los Flores Ramírez, los Meade, los Ugalde, los Lozoya. Y es ahora que los nombro que me vienen las preguntas sin respuesta: ¿es la vida, es la realidad, el desengaño, el egoísmo, el individualismo o el poder y el sistema lo que se los comió a todos ellos, que tenían sueños, creí percibir, genuinos?

No veo ni noto los vientos de cambio que deseábamos renovar en aquel entonces; no percibo ánimos de servicio público nato en vidas personales que contrastan con el esfuerzo de la gran mayoría de la población para hacerse de un bien inmueble, de un patrimonio. No comprendo qué fue todo lo que la experiencia de vivir y estudiar en el extranjero les dejó a aquellas mentes destacadas, cuyas miras, hoy, es claro, se han reducido tristemente, se han encogido, se han empobrecido, en busca solo de intereses personales o de partido, tragados por una cultura que fomenta cada vez más la competencia individual. Nos convertimos, y esta vez me incluyo, en un remedo de nuestros distintos idearios, objetivos y pensamientos de juventud universitaria.  

¿En qué país creen que viven esos antiguos compañeros?, me pregunto seguido. Me lo pregunto porque el mío, que es el de la mayoría, es muy distinto al suyo. Pareciera que las diferencias y el poder con el que juegan a oponerse públicamente no fuera sino su fórmula para protegerse en privado: han sido incapaces de romper la inercia de un país que maneja la opacidad en lugar de la transparencia en la rendición de cuentas. Es entonces que quizá cobra sentido la ominosa declaración del jefe de varios de ellos de que la corrupción es cultural.

Ninguno de nosotros, y tengo que incluirme nuevamente, ha sido capaz de recuperar la crítica y la autocrítica que entonces nos definía: el cambio no ocurrió.

La juventud es una enfermedad que se cura con los años, dicen. Tristes años.
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*Contador público del ITAM, generación 1986-1991.

 

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