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Lunes , 18.06.2018 / 05:32 Hoy

Stereolab o por qué nos fascina el retrofuturismo

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Jorge Flores-Oliver "Blumpi"

A dos décadas del lanzamiento de Emperor Tomato Ketchup, obra cumbre del grupo franco-londinense de post-rock, nos llenamos de neostalgia por el sonido del futuro anterior.

Ubiquémonos en el tiempo: durante los años noventa, a la par de la dureza y el cochambre del grunge, se dio un revival de la música de épocas pasadas: las excéntricas orquestaciones del mexicano Juan García Esquivel, las exploraciones hacia el exterior con la música espacial y el bachelor pad music, y hacia el corazón de la jungla con la música exótica. Andrea Juno, la editora de la editorial Re/Search supo prever lo que vendría y los dos volúmenes de libros llamados Incredibly strange music de alguna manera impulsaron la popularización de esos sonidos que son conocidos como Retrofuturismo o Technostalgia. Se trata de una vuelta al pasado, sobre todo a los años cincuenta, década de ensoñaciones y promesas, en donde domina una idealización del futuro donde la máquina abre paso al hombre que conquistará la Luna, Marte, el espacio. Pero llevado a un nuevo nivel, con una orilla afilada, porque también es cierto que durante esa década también había refugios antibomba. Stereolab proviene de ahí y en 1996 sacó su disco más emblemático.

UNA ANOMALÍA POP

Las canciones de Stereolab se caracterizan por las melodiosas voces de Læetitia Sadier y Mary Hansen y la base musical conocida como “motorik”, compás de 4/4 usada habitualmente por bandas de krautrock y que se caracteriza por una hipnótica repetición. Cuando uno escucha una pieza de Stereolab sabe que está escuchando una canción pop, y sin embargo hay algo, una rareza en el ambiente, una especie de anomalía. “Me gusta tomar fórmulas aceptadas y hacerlas de nuevo extrañas por el simple proceso de extenderlas más allá de su esperada cuota de tiempo. Te conquista, y una vez te conquista, tus defensas caen y te abres a ciertas maneras de reinterpretar cosas que han sido tan utilizadas que ya no son efectivas”, explica Tim Gane, fundador de la banda.

En 1990, la banda nació en Londres de los restos de McCarthy, banda fundada por Gane. En Banking, violence and the inner life today, último disco de la banda, aparece ya la característica voz de Læetitia Sadier, de quien, se cuenta, él cayó enamorado. Simon Reynolds, en Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado, explica que, como Sonic Youth, Stereolab se trata de otro grupo “de larga data centrado en una pareja casada que ha cruzado la línea entre la vanguardia y el rock n’ roll trazada por primera vez por The Velvet Underground”. La banda se complementa por el baterista Andy Ramsay y Mary Hansen. El nombre “Stereolab” proviene del subsello llamado así de Vanguard Records, el cual se especializó en lanzar álbumes para probar en estéreo el sonido de alta fidelidad. Por ejemplo, ahí se editó el influyente The In Sound from Way Out!, del productor francés Jean Jacques-Perrey y el compositor alemán Gershon Kingsley (no olvidemos que los Beastie Boys tienen un álbum homónimo, de portada casi idéntica, que reúne sus piezas instrumentales, por eso menciono su influencia).

"EMPEROR"

Coproducido por John McEntire —baterista de Tortoise— Emperor Tomato Ketchup fue una explosión que, aunque contenía los ingredientes de experimentación musical que la banda había explorado con anterioridad (un poco de pop espacial, un tanto de krautrock, algo de pop francés, una pizca de lounge), era totalmente digerible para una audiencia más amplia. Desde “Jenny Ondioline”, su EP de 1993, contaban ya con el respaldo de la radio colegial y underground, pero al incorporar sonidos que provenían del funk y el hip hop, lograron ampliar su base de escuchas. “Ser singulares era más importante que ser buenos”, era la premisa. Reynolds considera en Loops. Una historia de la música electrónica que “basándose en la repetición del krautrock (en Can y Neu! esencialmente), Stereolab reúne pop de chicle y vanguardia en un limbo bellamente sublimado en Emperor Tomato Ketchup”. Gracias a McEntire es que la banda amplía su espectro, incorporando instrumentos que no habían utilizado con anterioridad, como marimba y vibráfono.

El sonido de Stereolab es ahora maleable como la plastilina. El track que abre el disco, “Metronomic Underground”, es una pieza con toda el alma del funk más grasoso a la que solo le falta sobreponerle la voz de Gil Scott Heron para que se vuelva “The Revolution will not be televised”, solo que en este caso nos anuncia que “Quien sabe no habla/ quien habla no sabe”, mientras suena un electrizante teclado Moog. Pero por otro lado, está “The Noise of Carpet”, un track más rocker, aunque más garage punk que rocanrolero, que golpea desde el principio con guitarra y batería. Y también tenemos “Motoroller Scalatron”, que suena al Stereolab de siempre, con acordes repetitivos y sonidos electrónicos que aparecen aquí y allá.

MÁS ALLÁ DE NUESTRO CONOCIMIENTO

Childhood is the most real

The garden of new visions

-Stereolab, “Cybele’s reverie”

Siempre que se habla de Stereolab se menciona la tendencia marxista de las letras de sus canciones, escritas a veces en inglés y a veces en francés. Una de las más decididamente marxistas pertenece al disco anterior a Emperor Se trata de “Ping Pong”, de Mars Audiac Quintet, donde el modo de vida capitalista es definido como un loop, un fenómeno oscilatorio que se repite una y otra vez. Sin embargo, más allá del contenido político que se puede apreciar en muchas de sus composiciones (“Tomorrow is already here” reza así: “Originalmente esta organización estaba para servir a la sociedad/ Ahora los roles han cambiado/ Pues quieren que la sociedad sirva a las instituciones”), las letras escritas por Læetitia Sadier son también evocaciones basadas en los sueños de su compositora (en “Olv 26” dice: “El paraíso está detrás de mí/ Al centro de mi madre”). Sadier se soñaba a sí misma escribiendo canciones, y comenzó a hacerlo, dice, de manera casi mecánica, hasta que se convenció de que era algo que verdaderamente podía hacer.

Los 13 tracks de Emperor Tomato Ketchup, con ese sonido con un pie en el espacio y otro en el asfalto, lograron colarlo en las infaltables listas de álbumes esenciales de los años 90. Nada mal para una banda tan poco ortodoxa, más bien surreal, que atravesó la tragedia con la muerte de Mary Hansen por atropellamiento y el divorcio de sus miembros principales, para terminar desapareciendo en 2009 como un supernova que vemos desde un telescopio viejito.

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