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Domingo , 22.07.2018 / 09:48 Hoy

Sharon Tate no es una mártir, es una musa

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


En su libro The White Album, colección de ensayos que recopila instantáneas de la vida en California a fines de los sesenta, la escritora Joan Didion señala: “Mucha gente que conozco en Los Ángeles cree que los sesenta terminaron de golpe el 9 de agosto de 1969, en el momento exacto en que la noticia de los asesinatos en Cielo Drive se propagó como incendio por toda la ciudad, y en ese sentido tienen razón: aquel día estalló por fin la tensión. La paranoia se cumplió... recuerdo con claridad otra cosa, que ojalá no recordara: nadie estaba sorprendido.” Esta trágica historia permanece en la memoria colectiva, con iguales dosis de piedad y horror. Siendo quizá lo más trágico, que hoy día sean los asesinos más célebres y recordados que la propia Sharon Tate.

"Siempre he creído en el destino”, dijo en lo que será su última entrevista, realizada en Roma, en mayo de ese año, al terminar el rodaje de la comedia Las trece sillas. “La verdad es que nunca he planeado nada de lo que me ha ocurrido.” No imaginaba el ominoso significado que tendrían sus palabras pocos meses después.

Sharon Marie Tate nació en Dallas, en enero de 1943, y desde pequeña comenzó a ganar concursos de belleza. Cuando las fuerzas armadas trasladaron a su padre Paul a Europa, la primogénita siguió con su racha de coronaciones mientras sus ojos se alimentaban de flashes. No obstante, Sharon no era (como podría esperarse de una niña cuya relación con el espejo era inextricable) vanidosa o superficial; por el contrario, cuentan quienes la conocieron de cerca que, en contraste a su hermosura, se distinguía por poseer un proverbial corazón de oro, así como una notable sencillez.

Desde su adolescencia, Sharon decidió ser actriz y acudía tenazmente a audiciones por todo Hollywood. Así comenzó su carrera como extra en filmes como The Sandpiper, con Liz Taylor y Richard Burton. Fue en ese set que Sharon llamó la atención del productor Martin Ransohoff y éste la llevó a integrarse al elenco de Los Beverly Ricos (con lentes y peluca negra) y poco después al melodrama gótico El ojo del diablo, alternando con dos estrellas de la época: David Niven y Deborah Kerr. Después, Ransohoff la recomendó para actuar en La danza de los vampiros, que sería la primera cinta a color de Roman Polanski, quien con sus siniestros filmes como Cuchillo en el agua y Repulsión (que convirtió a Catherine Deneuve en el monstruo más bello del mundo) había venido a revolucionar el cinema narrativo y era la sensación del momento. En ese rodaje, el destino hizo lo suyo: Sharon y Roman se conocieron en Londres y después de una primera cita, en la que él se puso una máscara para darle un susto (“era importante saber qué tanto podía gritar”) el flechazo fue instantáneo.

Por otro lado, estaba Charles Milles Maddox —el Manson lo adquiriría después — un producto del sistema penitenciario de California, que desde los cincuenta conocía las doctrinas de la cientología, concebida por L. Ron Hubbard. Manson se veía a sí mismo como una especie de profeta y prácticamente lavaba el cerebro a adolescentes desorientados que conformaban para él un ejército; el arma ideal para desatar lo que él consideraba su solución final para emerger victorioso: una guerra entre blancos y negros, ricos y pobres, de la cual su familia emergería como la raza dominante, algo que llamaría Helter Skelter. Esto se hizo evidente después, con la masacre que lo volvería la estrella que siempre había anhelado ser: hoy, inconcebiblemente, aún lo es.

Sharon y Roman se casaron en Londres, el 15 de enero de 1968, convirtiéndose en una de las parejas más fotografiadas del mundo. Poco antes de la boda, ella participó junto con Barabara Parkins y Patty Duke en una película hoy considerada epítome del camp: El valle de las muñecas, donde Sharon aparece en todo su esplendor como Jennifer North, una actriz atrapada en un círculo de drogadicción, desencanto y suicidio. Mientras tanto, él rodaba una de las cintas más importantes del cinema moderno: El bebé de Rosemary, a cuyo set en los estudios Paramount Sharon era una visitante asidua, haciéndose prácticamente "hermana adoptiva" de Mia Farrow, a quien Frank Sinatra acababa de (abruptamente) aplicarle el divorcio.

En el 10050 de Cielo Drive hoy no hay nada de esa casa. Es una residencia bardeada, lejos de los ojos de los mirones del mundo, pero en el verano de 1969 había ahí otra casa, una mansión estilo provenzal francés, construida en 1941 por la actriz Michéle Morgan, misma que había sido rentada por el matrimonio Polanski a su regreso de Europa al productor musical Terry Melcher (hijo de Doris Day) y su novia, Candice Bergen, quien era muy amiga de Sharon. Fue ahí mismo, que en algún momento de la noche del 8 de agosto, los chicos Manson desconectaron la electricidad de la reja y entraron al jardín, armados con un revólver y cuchillos de cocina. Charlie solo les había dicho que mataran a quien encontraran. Ese día, Sharon había entrado a su octavo mes de embarazo; Roman estaba trabajando en Inglaterra en la preproducción de otro filme y mientras volvía, la acompañaban Woyjtek Frikowski, un cineasta polaco amigo de él, y Abigail “Libby” Folger, heredera de una cafetalera. Con ellos estaba Jay Sebring, ex novio de Sharon, estilista y corredor de autos.

Sharon y su bebé, Paul Richard Polanski, están enterrados juntos en Los Angeles. Su madre, Doris, y sus hermanas fueron incansables partidarias para evitar que los asesinos obtuvieran libertad condicional, toda vez que fueron permutadas sus condenas a cadena perpetua por el gobierno. Asimismo, Doris Tate fundó la asociación de familias de víctimas de asesinatos y dejó en ella la vida, demostrando que lo más importante para seguir es tener una causa. Roman viviría otros dramas tras quedar viudo y tardó un par de décadas en formar otra familia con Emmanuelle Seignier. Desde hace 39 años no va a California por aquel escándalo sexual de tan triste memoria.

La injusticia de que hoy día Manson sea una figura reconocida y a Sharon solo se la recuerde por su muerte es abominable. Disociarla de esa imagen –algún morboso tuvo a bien filtrar en internet hace años fotografías sustraídas de los archivos de la policía que muestran el cadáver tal como fue hallado– parece casi imposible: por mucho tiempo no se habló de Sharon más que en términos de esos despojos sanguinolentos. No obstante, en años recientes surgió una especie de renacimiento mediático de su figura en dos vertientes. Una es como icono de la moda: su influencia es palpable en colecciones prêt-à-porter y reportajes fotográficos aparecidos en publicaciones como Vogue protagonizados por actrices como Drew Barrymore o Blake Lively, que retoman la pauta de su estilo, ahora cubierto por una pátina de glamour vintage. Por otro, Sharon es una imagen vigente de los derechos de las víctimas de asesinato y su influencia aún se siente en las cortes; así es como ha trascendido la imagen de ser solo una madonna con niño salpicada de sangre y bañada en lágrimas, con la sonrisa de un millón de dólares capturada en celuloide y papel Kodak. Más allá de Charlie y sus desvaríos de supremacista blanco y senil, Sharon Tate no es una mártir sino una musa.

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