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De sexo mejor ni hablamos... Virginidad de la segunda edad

(Especial)
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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante


En la pantalla de los cines vemos a un cuarentón tratando de perder su virginidad en situaciones realmente cómicas que se antojan irreales, pero, ¿qué pasa con aquellos hombres y mujeres que han sobrepasado la edad promedio de la iniciación sexual sin tener un primer contacto íntimo? ¿Será que les salen telarañas o que se van al cielo con todo y calcetines? Si quiere descubrirlo, siga leyendo... 


Andy Stitzer (Steve Carell) es un hombre de 40 años que nunca ha tenido relaciones sexuales, debido a su timidez y a algunas malas experiencias del pasado. No tiene en realidad grandes problemas al respecto: se la pasa bien con sus amigos y su colección de figuritas de acción y cómics llenan sus momentos de soledad. Pero cuando sus compañeros de trabajo se enteran de que jamás ha sentido cosquillitas debajo del ombligo provocadas por una mujer, se entregan a la tarea de conseguirle pareja, aunque sea por una noche, para terminar por fin con esa “penosa” condición.

No les cuento si lo logra o no porque significaría platicarles el final de la película Virgen a los 40, dirigida y escrita por Judd Apatow, la cual a un mes de su estreno en Estados Unidos recaudó más de 25 millones de dólares y un 86 por ciento de críticas positivas.



Pero sí les digo que mucha gente asegura que su éxito se debe a que trata el tema “con humor adulto e inteligente”, además de que en Hollywood sólo se había tratado el asunto de la virginidad desde la perspectiva femenina y de manera frívola. Sin embargo, un buen número de espectadores sale de las salas cinematográficas preguntándose si existen personas en el mundo que, a esa edad, sigan permaneciendo vírgenes.

Ya no estamos en la Edad Media ni el concepto de castidad está tan arraigado por motivos religiosos, pero déjenme les cuento que sí existen los casos tanto de hombres como de damiselas que han llegado al menos a la treintena sin haber sentido la muerte chiquita.   

Aunque según la investigación El significado de la virginidad y la iniciación sexual, de Ana Amuchástegui, editada por El Colegio de México, la edad promedio de iniciación sexual en los varones mexicanos son los 15.8 años, mientras que en las chicas es cerca de los 17 años (según una encuesta realizada en la Ciudad de México en 1996), todavía hay personas que deciden —o no les queda de otra— esperarse hasta que estén totalmente preparados, así implique que lleguen a los treintaitantos sina na’ de na’.

Alguna vez, por ejemplo, me escribió al correo electrónico de El Sexódromo, columna que publico todos los sábados en MILENIO Diario, un caballero de 32 años que aún no se dejaba querer con profundidad. En este caso, básicamente se debía a que tenía mucho miedo de su capacidad de respuesta frente a una fémina. Lo que había comenzado como un temor normal a los 15 años, se había convertido en un problema a su edad actual, pues le aterraba pensar en que una mujer de sus años, con experiencia, fuera la primera en conocer sus secretitos, y por otro lado sabía que las jovencitas inexpertas jamás pensarían en tener su primera vez con un cuate que casi les doblaba la edad y no tenía ninguna erudición en temas eróticos.


Curiosamente, también pensaba en el dolor, en eyacular pronto, en no dar el ancho. En parte sus temores tienen cierto fundamento, ya que para los varones la primera vez también puede ser una experiencia dolorosa, sobre todo si su pareja no es cuidadosa, pero eso se soluciona fácilmente: basta con tener una buena lubricación y darle tiempo al cuerpo para que se estire. Un tip para los primerizos (y para los avanzados también, que no se deben dormir en sus laureles): los ejercicios de Kegel son muy buenos para que tanto ellas como ellos se vayan preparando al primer encuentro, pues brinda flexibilidad y fuerza. Tan sólo es necesario que el individuo contraiga los músculos pubocoxígeos hasta la cuenta de tres y luego los relaje. Con tres series de ocho repeticiones al día, tres veces, es suficiente.

Un amigo me dijo un día que la virginidad masculina se perdía no en el momento en que se tenía el primer encuentro íntimo, sino cuando el hombre aprendía a hacerle el amor a una mujer. Es posible. Al menos suena muy bien. Pero ya sean peras o manzanas, ellos tienen una mayor libertad de ejercer su sexualidad desde la edad que quieran o de plano de no ejercerla nunca, pues no tienen una leyenda como la del himen encima ni se les desprecia en los libros sagrados porque gozan desde chiquitos o se les da valor por su capacidad para reproducirse.  



¿Y ellas qué?


Se dice que una mujer es virgen si no ha permitido que un varón inserte su pene dentro de su vagina. Otros definen a una virgen como cualquier fémina que no ha tenido ninguna clase de contacto sexual con otra persona ni tampoco ha explorado su propio cuerpo. La mayoría de las religiones piden a las vírgenes que se abstengan no sólo del sexo físico, sino también de los pensamientos sexuales. Y unos más afirman que esta condición se da sólo en damas que tienen intacto el himen.

Sea de la manera en que cada uno prefiera, también hay chicas que deciden esperar. ¿Y qué pasa después? Pueden suceder muchas cosas: desde la posibilidad de que jamás llegue un galán que rompa el himen tan guardado, hasta que el mismo se pierda en el momento menos esperado y con la persona menos indicada.

Una lectora también, La solitaria, de 27 años de edad, me escribió una carta en donde me explicaba algunas vivencias en torno a su “sexualidad reservada”:

“En mi caso, el tema de la sexualidad ha sido tratado abiertamente en mi familia. Nunca se me prohibió hablar al respecto o plantear preguntas. Mi madre fue la primera persona que comenzó a hablar de sexo conmigo como a la edad de diez u 11 años. Lo hizo muy a su manera, un poco recatada, con seriedad y también con un poco de pudor, pero lo hizo. Y lo continuó haciendo durante los años siguientes cada vez que yo hacía preguntas. Nunca me negó alguna información, y tampoco quiso censurarme algún tipo de pregunta. Todo lo demás que he aprendido sobre sexo, ha sido leyendo y alguna que otra cosa la aprendí en la escuela.

“Tengo la fortuna de comentar y discutir todos esos conocimientos teóricos con ella. Hace poco le hablaba sobre el Punto G y me respondió que en sus tiempos no se hablaba de puntos ni de letras, pues recibió una educación sexual muy limitada, en donde el papel de la mujer en el sexo es simple y sencillamente de carácter reproductivo. Pero, por fortuna, en lugar de que eso limitara mi educación sexual, la impulsó.



“En cuanto a la religión, creo en Dios pero soy una acérrima detractora de la religión católica con sus ideas en contra de los preservativos. No comulgo con ello ni mucho menos con la idea de que el sexo sea pecado si no se hace con fines reproductivos.

“Y ya habiendo aclarado esos puntos, explico que tenía un pretendiente (al que por cierto quería con toda mi alma) que me rogó, me suplicó, me imploró que estableciéramos una relación. Yo me tardé en aceptarlo porque me estaba dando a desear, pero cuando le di luz verde me salió con que había otra chica embarazada de él. Y se alejó.

“Pero hay un pequeño detallito: soy virgen y se lo comenté antes de este último suceso. Su respuesta fue: ‘Me gustaría mucho ser el primero, pero es una gran responsabilidad, porque para ti va a ser tu primera vez, un momento especial, y yo no sé si pueda hacerme cargo del paquete de emociones que tu tengas con este asunto’.

“¿Cómo han cambiado los tiempos, verdad? Antes, en la época de mi abuelita, ser virgen era la mejor carta de presentación de una mujer; ahora, y con base a lo que yo viví, no sólo no fue la mejor carta, sino hasta fue una desventaja y a últimas fechas, con mis amistades, el no conocer el sexo compartido es motivo de lástima por parte de ellas hacia mí. Por eso me he alejado del mundo social y lo más probable es que yo misma me esté bloqueando la posibilidad de conocer a alguien. Ya nada más me faltaba que mi virginidad sea mi gran problema”.

Y aunque precisamente la virginidad no tendría que ser un gran problema, hoy en día llega a ser más un límite mental que un estado físico. Tal como dice la sexóloga Charley Ferrer, en tiempos antiguos era la forma de describir a la mujer o al hombre que era capaz de decidir por sí mismo. Esa cualidad era considerada como pura. Cientos de años después la virginidad se ha convertido en sinónimo de “no sexo” o de “no penetración”.

Porque eso sí, cada vez más adolescentes y adultos jóvenes están eligiendo el sexo oral y el sexo anal como una forma de permanecer vírgenes, pero el problema es que piensan que de esta forma no hay riesgo de embarazo ni de contraer enfermedades de transmisión sexual, lo cual no es verdad.

Total que esto de la virginidad es un asunto subjetivo. Pueden haber hombres como el de la película Virgen a los 40, que prefieran hacerle el amor a sus historietas antes que a una damisela, y eso no está mal. Nadie debería obligar a otros a hacer cosas nada más para quedar bien frente a la sociedad. La cosa sería tomar decisiones de manera consciente, aunque a veces lograrlo sea tan utópico como la misma idea de tener nuestra primera vez frente a una chimenea que arda al rojo vivo —mientras rodamos por una piel de oso polar— cuando en México nunca hará tanto frío como para lograrlo sin asarnos en el intento.


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