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La sensualidad de las ‘pin-ups’

EL SEXÓDROMO

 

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


Era la década de los cincuenta. La guerra fría había comenzado. La beligerancia permeaba en países como China y Corea, mientras Japón, Francia, Gran Bretaña y Alemania se recuperaban de la Segunda Guerra Mundial. Los hombres sabían lo que era estar detrás de una trinchera o lo que les esperaba al traspasar esa delgada línea que los llevaría a un campo de batalla. Los ánimos se arrastraban por los suelos, aunque la modernidad se acercaba a gran velocidad.

En esos tiempos surgieron unas mujeres que hicieron historia y que aún tienen un impacto en quienes las admiran. Son las pin-up, esas chicas que se atrevían a hacer lo que pocas en aquellos días en que el voto femenino comenzó a fraguarse y ejercerse. Que posaban con poca ropa o desnudas cuando toda la sociedad estadunidense (y mundial) lo consideraba inmoral. Que no pensaban que su trabajo como modelos de fotógrafos y pintores, que entendían de las sutilezas del erotismo, fuera indecente.

Entre ellas, la diosa fue Bettie Page, ese ángel de larga cabellera color ala de cuervo y curvas más sinuosas que las de Cumbres de Maltrata, que amaba su anatomía tanto como mostrarla, mientras se persignaba con devoción al ser firme creyente del catolicismo y expresaba su sexualidad abiertamente.

Su peinado se convirtió en un símbolo de rebeldía; su lencería en un antojo para hombres y mujeres; sus gestos, entre inocentes y perversos, una invitación a transgredir sin llegar a perder el control. Después de Bettie y sus símiles llegaron las hippies, después las chicas disco, las punks, las grunge y así hasta que de pronto, después de una vuelta de 360 grados, hubo un reencuentro con la estética y la intención de las pin-ups. Jóvenes que en los albores del siglo XXI retomaron la idea mientras el rockabilly, uno de los primeros subgéneros del rock and roll, se volvía su aliado como en aquel entonces.

Esa contracción entre rock y hillbilly (variedad ruda del country) con toques de swing, rhythm & blues, boogie y música folk que perdió popularidad en los sesenta pero comenzó a resurgir en los ochenta, siguió su camino junto al de este grupo de mujeres, ahora de todas las edades, que optaron por el look de los cincuenta, tan lleno de gracia, estilo y picardía.

Recuerdo esta historia, a Betty y a las chicas de su maravillosa clase porque la noche del jueves tuve la oportunidad de asistir a la primera función de Heels On Fire & The Circuit Gang II, en el Multiforo Bajo Circuito, ubicado en el Bajo Puente de Circuito Interior, esquina Juan Escutia, en la colonia Condesa de la Ciudad de México.

Desde el año pasado, cuando presentaron la primera temporada, sus productores y creadores del concepto, integrantes de Arterial.Mx, me invitaron a conocer el espectáculo, pero me fue imposible asistir hasta ahora, que ya van por la segunda vuelta pero con un show diferente. Me arrepiento de no haber ido antes.

Ahí, en el escenario de ese espacio que lleva apenas un año de vida, me divertí y gocé con el rockabilly pin-up que ofrecen. No solo es divertido y provocador —más en estos tiempos llenos de confusión sobre hasta dónde un hombre puede acercarse a una mujer y una mujer dejarse ver como se le hinche la gana—, sino que también tiene mucha calidad.

The Circuit Gang, la banda, está integrada por Mint Parker, Mark Slap, Mauricio Bicho Soto y Rob Fever. Ella es una cantante excepcional: su registro de voz es excelente, con un color maravilloso para el género que interpreta. Además, toca la trompeta, la guitarra y baila con un estilazo que a ratos supera al de las bailarinas, aunque lo suyo sea la música más que las coreografías. Me gusta su actitud entre Vaselina y chica ruda de las películas de antaño. Sus compañeros son muy buenos tocando sus instrumentos, dándose incluso el chance de ofrecer un set sin chicas arriba del escenario. Lo hacen muy bien.

¿Y las pin-ups? Cada una tiene un atractivo tanto en su físico como en su actitud que hace que no puedas dejar de mirarlas (salvo en aquellos momentos en que la voz de Mint no te suelta). Los grandes ojos de Mariana Álvarez, los músculos de Lindsay Conklin, la sonrisa de Joyce Aguilera, el pelazo de Ana Ximena Portela, los tatuajes de Ximena Nieto, el perfil de Marilú Garcialuna. Sus cambios de ropa son diversos: con sus coquetos moños en la cabeza, lo mismo pasan de los hot pants con un delicado brassiere a los shorts de flores, el encaje, la mezclilla, el cuero, las falditas de vuelo y la camisa masculina a medio abrochar (como quien se cubre con la prenda ajena al terminar un entrepierne apasionado).

Su manera de bailar es increíble. Soy fanática de las y los bailarin@s. Me encantan las posibilidades de movimiento del cuerpo humano, como el de estas profesionales que se apropian del espacio haciendo creer a los espectadores que todo es sencillo, que esas anatomías esculturales, fuertes, arriba de tremendos zapatos de tacón, han sido siempre así, sin ejercicio ni rutinas ni dieta ni ensayos. Es la magia de la danza y de lo retro, de la cercanía en un espacio íntimo como el Bajo Circuito, lo evocador de las canciones —temas de películas adaptados al género—, la plasticidad de sus rostros, sus brazos, sus piernas.

A veces me preguntan cuál es para mí la diferencia entre lo erótico y lo pornográfico, lo sensual y lo obsceno. Si admiraran Heels On Fire & The Circuit Gang II lo entenderían: es esa sutileza, esa excitación mezclada con admiración, ese enseñar mucho sin enseñar todo, esas sonrisas que incitan pero jamás se ofrecen, que hacen arte más allá de un objetivo económico de fácil ganancia. Son esas luces bailando en sus epidermis, esos cabellos inauditos que se revuelven y se estilizan, que se pegan por el sudor o se esponjan tras una sesión de hillbilly desaforado.

Vaya un aplauso para Jorge Eduardo Zúñiga en la producción ejecutiva, Rodrigo Montalvo en la musical, Marilú Garcíaluna tanto en la coreografía como en el vestuario y Talía Chavira, directora de relaciones públicas y medios, por hacer posible este espectáculo.

La temporada durará todas las noches de jueves hasta que acabe junio, las puertas abren a las 21:30 horas y el precio de entrada es de 250 pesos.

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