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Sábado , 23.06.2018 / 21:22 Hoy

Segunda temporada

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“Nunca digas adiós, di hasta luego”:
Groucho Marx

El 29 de marzo publiqué un texto titulado “Rescatando a mamá”, sobre un reality basado en el hecho de que mi madre, Lety Pérez, no podía caminar desde el domingo 19, por un supuesto atropellamiento de bicicleta, según sus propias palabras; desde entonces, mi prima Mónica, mi hermano Toño y un servidor nos dedicamos a cuidarla, atenderla, mimarla y mejorar su hogar. Esa tarde, mi mamá le leía Rescatando a mamá a las visitas, comentando mientras fumaba: “Lo bueno de esto es que recuperé a mis hijos”.

Ese 29 de marzo me encargó, como siempre, una cajetilla de cigarros Marloboro rojos sin rata (o sea, sin foto en la cajetilla de rata muerta) y una medicina para el dolor de panza: Hioscina (que adquirí en la Farmacia del Ahorro). Cuando llegué por la noche, mi madre ya se estaba durmiendo, con un camisón fresco, junto a Mónica, y pensé en darle sus encargos al día siguiente. Ya no un hubo día siguiente. Falleció por un coma diabético aproximadamente a las cinco y media horas del 30 de marzo.

Ocho días después (el 5 de abril) publiqué “Fin del reality”, informando sobre la muerte de mi mamá, haciendo una breve semblanza de una gran fundadora del Partido de la Revolución Democrática (allí mencioné que esta maestra normalista y matemática de la UNAM, en su juventud vivió en Oaxaca, Puebla, Tlaxcala y omití, por un lapsus oleos, que también vivió en Xalapa, Veracruz, mi tierra natal, que me está llamando y a la que pronto volveré). En Xalapa tuve a mi madre: Leticia Pérez Díaz, con una colaboración de mi padre: Everardo González García El Pocho.

Después del velorio, encontré en mi portafolio los cigarros y las pastillas de Hioscina. Yo no fumo, pero como ofrenda, comencé a tomar cigarros de la cajetilla: los prendía y los dejaba en un cenicero, junto a su retrato, una veladora y un vaso de agua.

El 9 de abril me desperté a las tres de la mañana (mientras soñaba que era Django Desencadenado huyendo con una esclava liberada). No tenía sueño. Me levanté y prendí la computadora. Fui al altar y le puse su cigarro a mi mamá. Me puse a escribir. Pasé por el altar y vi que se había desprendido la colilla de la orilla del cenicero y había quedado de una forma muy rara, con la parte donde se ponen los labios hacia el cenicero (al revés de donde se cayó la ceniza, apartada del recipiente); me dio un ligero escalofrío, pues no había una ventana abierta ni aire que moviera la colilla. Pensé que todo tendría una explicación y le prendí el segundo cigarro de la madrugada. Me puse a escribir. Cuando regresé al altar, observé que la colilla quedó en la orilla del cenicero, moví un poco el cenicero, la colilla se desprendió y cayó junto a la primera, me reí y tranquilicé: “Claro, las colillas pueden desprenderse y rodar”.

Encendí el tercer cigarro y me fui a escribir.

La tercera colilla también se formó junto con las otras dos, con la colilla al revés. Allí sí me dio un escalofrío y dije: “¡Mamá!”, y tomé su retrato y la abracé, pero como soy un paranoico, pensé: “A ver si un espíritu chocarrero no aprovecha mi duelo y se fuma los cigarros ajenos, que aparte cuestan una lana, más que pagar por derecho de piso”; entonces, al prender el cuarto cigarro, dije claramente: “Esta es una ofrenda para Silvia Leticia Pérez Díaz, que lo disfrutes mamá. Si son de tu agrado los cigarros, confírmame con letra firme que la ofrenda ha sido aceptada. Besitos”.

Así se desarrolló esa madrugada, escribiendo un “Tono del Tona” (que ni es este que están leyendo, sino uno de “Xalapa a go-gó”) y prendiéndole cigarros a mi mamá. Cuando se consumió la sexta colilla, se formó junto a las demás, pensé que ya no quedaban más cigarros; les tomé una foto a las colillas, registrada por mi celular a las 5:13 AM, y la subí al Facebook. Luego detecté un séptimo cigarro dentro de la cajetilla, lo encendí y lo puse en el altar. Terminé de escribir y apagué la compu. Me dije: “Si la séptima colilla cae dentro del cenicero se puede venir abajo la teoría de que mi mamá estuvo aquí”. La última colilla se formó al extremo derecho. Di por aceptada la ofrenda. Le tomé otra foto a las 5:52 AM, prendí la compu, reemplace la foto y me fui a acostar (en unas horas estaría tirando cosas de casa de mi mamá).

A las 12.43 PM tomé fotos con luz de día (las anteriores se iluminaban con la veladora). Después de descansar, reemplacé el texto que había escrito, por éste. Me parece que el mensaje de mi mamá es fuerte y claro: “Gracias hijito, se acabaron las ofrendas, los altares y las cajetillas de Marloboro rojos sin rata; ahora vive, sé feliz y haz lo correcto”. Ahora que mi mamá murió, vuelvo a nacer y hay reality pa’ largo.

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