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Martes , 19.06.2018 / 06:46 Hoy

Se lo cargó Freddy Krueger

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El cine de terror tuvo una especie de nueva ola estadunidense en los años setenta, con el recién fallecido Wes Craven, Tobe Hooper, John Carpenter, George A. Romero, Brian De Palma y un canadiense agregado: David Cronemberg. Dos joyas de esta época influenciaron a directores posteriores: Masacre en Texas o Masacre en cadena (The Texas Chain Saw Masacre. Tobe Hooper, 1974) y La última casa a la izquierda (The Last House on the Left. Wes Craven, 1972).

Notoriamente influenciadas por La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead. George A. Romero, 1968), ambas cintas presentan características similares: bajo presupuesto, actores desconocidos, y, sobre todo, ponen el acento sobre la violencia que es capaz de ejercer un ser dañado (con tintes de humor negro), manchando de sangre el american way of life, mostrando imágenes de una crudeza extrema en la que participan personajes de bajos recursos.

Masacre en cadena trata de un grupo de jóvenes excursionistas que son atacados por dos hermanos (y posteriormente el abuelo) que han trabajado toda su vida en un rastro; en esta cinta tenemos al primer gran monstruo de la era moderna: Leatherface, el gordito en mandil ensangrentado, con máscara de cuero, que corretea a todo mundo con su sierra eléctrica (sin importar que la víctima ande en silla de ruedas), interpretado por Gunnar Hansen, quien, por cierto, después del éxito de su personaje, rechazó participar en una cinta de culto: Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes. Wes Craven, 1977), para dedicarse a escribir. Luego vendrían Jason Voorhees de Viernes 13 (Friday the 13th. Sean S. Cunningham, 1980), el Freddy Krueger de Pesadilla en la calle del infierno (Nightmare on Elm Street. Wes Craven, 1984), Chucky de El muñeco diabólico (Child’s Play. Tom Holland, 1988) y Ghostface de Scream (Wes Craven, 1996) dentro de una parafernalia de payasos, muñecos, chiquillos y psychokillers diversos.

La última casa a la izquierda, dirigida por Wes Craven, trata sobre dos jóvenes hermanas que van a un concierto de rock; antes de partir, sus padres les obsequian un collar con el símbolo de amor y paz; las chicas quieren conectar mota, y en ese trance son secuestradas por dos ex convictos, quienes las obligan a besarse, las violan y las asesinan salvajemente. Entonces viene un giro dramático digno de Ismael Rodríguez (creador de Nosotros los pobres): es de noche, a los agresores se les descompone el carro y piden refugio en la última casa a la izquierda de esa calle, justo donde vivían las chicas que acaban de aniquilar.

La madre esculca sus maletas y encuentra el collar ensangrentado de una de sus hijas; así descubre que sus huéspedes son sus asesinos, habla con su marido y planean torturar y matar a los victimarios de sus descendientes. Wes Craven consigue así, de forma fantástica, que el espectador goce con la venganza de los padres de familia, haciendo de quienes están en la sala cinematográfica una bola de cómplices, hasta que por la mañana interviene la policía y el espectador despierta del ensueño sangriento que lo revolcó de indignación, gozo y locura.

Dejando de lado la popularidad de la serie Scream, la otra gran aportación de Wes Craven al cine de terror es, sin duda, Pesadilla en la calle del infierno, por dos razones: su carismático, esquelético y sarcástico monstruo Freddy Krueger (genialmente interpretado por Robert Englund), con su cara arrugada, playera de rayas rojinegras, guante de cuchillos y sombrerito hipster. Este psicópata, venido al mundo por una mujer violada por los reclusos de un manicomio, practicante del “secreto del dolor”, es quemado vivo por los padres de varios niños y adolescentes que mató y escondió en su domicilio; antes de morir, Freddy hace un pacto con el diablo para vivir eternamente dentro de los sueños, e intervenir desde ahí en el estado de vigilia.

La segunda razón: explotó un recurso puramente cinematográfico, que consiste en mezclar secuencias de lo que ocurre en tiempo real, con imágenes oníricas, de manera que el espectador, compartiendo el punto de vista del personaje víctima, no sabe en qué momento lo que está pasando es real o es soñado, pues “camarón que se duerme se lo lleva Freddy Krueger”; de ahí el pánico a dormir, función fisiológica que termina venciendo a las víctimas del mismo modo que venció al mítico Gilgamesh (de la epopeya sumeria 2500 años AC), quien no pudo realizar la prueba de Utnapishtim para conseguir la inmortalidad: “Permanecer seis días y siete noches sin dormir”.

El western y el cine de terror son géneros que con frecuencia recurren a la comedia para mantenerse en cartelera, aunque este último tiene ahora un duro rival, con quien Wes Craven ya no tendrá que luchar: el canal de cable Investigation Discovery, pues la realidad supera ya a la peor de las pesadillas.

RAFAEL TONATIUH

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