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Salir

Hotel
(Especial)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“El Tao es vacío, imposible de colmar,
y por eso, inagotable en su acción”:
Lao-Tse

Una deidad que te entregan en Ifá y santería se coloca en la puerta de la casa, porque esa puerta representa la frontera entre la seguridad y el peligro. Salvo contadas excepciones (como los presos), esa puerta se cruza diariamente.

Al llegar a casa te sientes a salvo (salvo que vivas con Duarte). Sin embargo, los seres humanos, a fuerza de convivir diariamente con las mismas paredes y muebles, salimos a la calle voluntariamente. A visitar parientes o amigos, al cine, a museos, a bares, a caminar por calles y parques, a estar en un lugar lejano.

Recuerdo un par de imágenes patéticas: una película del Gordo y el Flaco, donde pretenden salir de vacaciones, con su coche ya cargado con sus maletas, pero nunca pueden salir porque algo los retiene; y un cuento (cuya autoría lamentablemente he olvidado), sobre un matrimonio que planea sus vacaciones pero nunca puede salir, hasta que ambos se suicidan, vestidos de turistas.

Casos extremos de ficción, pues todos viajamos, aunque sea sentados, a través de los recuerdos, los ensueños, las fantasías.

Un amigo, cuando escribe en Facebook, dice que se encuentra en algún hotel de las Bahamas, Miami o Milán. A veces es tan torpe que olvida quitar el nombre del autor de una foto del Museo del Louvre en París. Uno disfruta sus viajes ilusorios de otra manera, como quien mira una película mala de terror y se ríe de sus efectos especiales.

Mientras se tenga imaginación, no se deja de viajar. Podrás estar en Tokio pero pegado a las redes sociales y entonces nunca habrás salido de casa. Quizás no tengas en la mente más que imágenes de Roma, por el cine italiano, y conozcas mejor sus calles que los propios ciudadanos. “Salir” es relativo.

Cuando viví en casa de mis padres, en los años ochenta, yo salía mucho, aunque para mí “salir” consistía en ir a fiestas, no a antros ni bares, no tenía dinero ni me interesaba el Rock Stock ni el Danzeterías (aparte, en el Danzoo una vez no me dejó pasar el güey de la cadenita). Iba al mítico bar El Nueve, de la Zona Rosa (propiedad del gran Henri Donnadieu). Rogelio Villarreal y Ramón Sánchez Lira Mongo me regalaban las invitaciones, pues yo publicaba en su revista La regla rota.

Mi mamá, mi adorada Lety Pérez, se preocupaba porque me salían espumarajos por la boca si el fin de semana yo no tenía fiesta (y eso que tenía cinco números telefónicos de personas que siempre tenían reven). “¡Cálmate, hijito!”, me decía. Ahora, en los albores de la tercera edad, prefiero estar en mi casa leyendo un libro, un cómic, viendo películas y pendejeando en el Facebook.

Ya no soy fan de “salir”; me he vuelto tacaño y taciturno y estoy convencido de que la clave del éxito está en escribir una novela o un guión cinematográfico que pueda realizar desde la comodidad de mi hogar y ganar lo suficiente para ir a Acapulco.

Cuando salía de vacaciones a algún lugar distante, mis parientes o amigos del lugar siempre me llevaban a la disco, y la disco siempre ha sido lo mismo: luces y un pendejo que desde un micrófono, grita: “¿Quiénes nos visitan de San Lucas Tlacoxcalco?”, y de una mesa se levantan eufóricos un montón de briagos.

Salir es pretencioso y aspiracional. Esa necesidad de estar afuera es para que te vean y el mundo se entere de que tienes varo para salir. Cuando alguien dice: “Estoy saliendo con alguien”, quiere decir que en su tiempo libre, van a divertirse como los de su clase, “en la onda de las parejas” (tomar cocteles, comer alitas, salir de compras).

Paradójicamente viajar es lo único que te quedaría si perdieras todo lo material, pues no te quedaría más que la calle, que ahora es un lujo. Cuando estoy en un centro comercial, de inmediato me doy cuenta de que los comerciantes han capitalizado los instintos humanos por salir, pues crean lugarcitos deliberadamente caros, ya que la clase media pagará lo que sea para hacer antesala (incluso con la familia, porque es “el día de salir”) en un sitio para comerse un muffin de 200 pesos.

A pesar de ello, por muy ermitaño que me haya vuelto, el viaje tarde o temprano viene por mí. No recordaba que tenía el compromiso para asistir a la boda de mi sobrino Carlos Miguel Arias Ramírez (hijo de mi prima Inés) con Rocío Domínguez Ortega, el sábado 29 de julio, en mi natal Xalapa, Veracruz (que abandonara a los nueve años de edad, a mediados de los setenta, cuando tenía tres avenidas principales, tres cines, dos parques y un zoológico).

Quizás ya necesitaba salir, pues el otro día que me preparé unos frijoles refritos con huevo, pensaba como extranjero: “Oh, qué delicia la típica comida mexicana, con su cerveza muy buena, muy cara en mi país”.

Me fui en el auto de mi hermano Toño y su esposa Gladys. Nunca salgo, pero ahora que lo hice aproveché para apantallar a los demás y me tomé una foto desde el hotel donde se hospedó mi hermano (yo me quedé con mi primo Memín), para subirla a las redes sociales, y la gente díjera: “¡Ay güey! ¡El Tona se da una vida de pachá y sale de vacaciones como las Kardashian!”. Aparte, con los filtros haces que la foto luzca como de revista de esas que te dan en los aviones, con el título: “Tarde muy a gusto disfrutando un café de Coatepec”.

No llegamos a la misa. Apenas hubo tiempo para llegar al salón, en Banderilla. Mi hermano tiene un GPS que se lo cotorreaba, lo mandaba por otros rumbos y luego perdía la señal. Fue mejor seguir el camino acostumbrado y preguntando.

Xalapa ya es dos Xalapas: la que yo conocí con callejones coloniales mezclados con arquitectura pop, y un Xalapa parecido a Santa Fe, Ciudad de México, con sus elevados rascacielos.

La boda fue en una hacienda muy bonita, con una cascadita artificial y en sus prados elevaron globos de Cantoya. Cuando llegué no había tequila (lo único que bebo), pero en diversas mesas mis parientes tenían whisky, así que tuve que tomarme algunos que me sirvieron, antes de que aparecieran dos botellas de 1800, blanco y añejo. Mi tío Memo me dijo que su hijo Linus le mandaba “El Pasón” cada viernes por internet, con algún título tonto (por ejemplo, “Pasón Darth Vader”, porque había sido el Día del Padre).

Me emborraché y bailé mucho. En la pista había un sujeto disfrazado de caballo (luego supe que era una alusión a la cabeza de caballo de la película de El Padrino).

En la noche, además de los recuerditos de boda, repartieron pantuflas (una costumbre veracruzana), y las mujeres parecía que andaban en los pasillos de un hotel.

A la mañana siguiente fuimos a desayunar con mi prima Blanca. Hubo carnitas y zacahuil de cerdo y de pollo (ese tamalote huasteco, acompañado de rajitas en vinagre, ideal para curarse la cruda). Amenizó la banda de rock de mi primo Memín.

Regresé con mis sueños reconfigurados por la geografía y el espacio. El sentido de este viaje fue el reencuentro con mi mundo de baquetas inmensas, escaleras interminables, maleza en todas partes, neblina, un kínder con salones esféricos cual naves espaciales, luciérnagas, lagos, gente que los fines de semana salía a caminar por la calle de Lucio, los pasajes con cafés y bandas de rock, el carnaval, todo lo viajado y lo vivido.

Si usted viajó un poco conmigo a través de este texto, lo invito a que lo comparta, para que el viaje continúe expandiéndose eternamente, sin llegar a ningún lado.

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