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El ‘roadie’

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Jordi Soler


El roadie, o secre, como se le conoce en el mundillo nacional, o pipa o plomo, como se le conoce en España, es ese asistente que trabaja para una banda de rock, que carga cables y micrófonos, monta la batería y los atriles, va por el ron, las Coca-Colas, la bolsa de hielo y también por drogas poderosas, perniciosas o sencillamente sosas. Se trata de un trabajo muy particular que tiene su punto de glamur, pues el roadie es la puerta de entrada a los músicos y a veces también el trastero de esos mismos músicos, que le dan al secre, pipa o plomo, lo que, por hartazgo, ya no desean, sea un cigarrillo de cannabis, un litro de vodka o una groupie muy insistente.

Una vez vi la actuación de un plomo nacional que trabajaba para una banda internacional llamada The Mission U.K. Una banda muy correcta, que sigue haciendo discos y que en aquella época, digamos que 1990, tenían un hermoso hit titulado “Butterfly On A Wheel”. The Mission traía sus roadies de planta que daban órdenes y encargaban trabajitos a los secres nacionales que los auxiliaban. Uno de esos pipas, al que por curiosidad me puse a observar, recolectaba cuanta cosa desechaban los músicos, fuera un kleenex o una cajetilla de cigarros. Yo estaba en el backstage por razones que no vienen al caso ventilar aquí, pero ya voy adelantando que no era ni plomo ni músico ni empresario; era yo un modesto observador. Pues este secre marcaba muy de cerca a Wayne Hussey, el cantante, que fumaba sin parar y producía un número generoso de colillas que él iba recogiendo devotamente. Hussey era entonces un atractivo cantante que usaba permanentemente gafas oscuras, no por pose sino porque era escandalosamente cegatón. Esa noche, después de su concierto, estábamos en un bar oscuro cuando Hussey preguntó que si alguien podía acompañarlo al baño porque con tanta oscuridad no podía hallar el camino. “¿Y por qué no te quitas las gafas oscuras?”, le preguntó alguien. “Porque sin las gafas veo peor”, respondió Hussey severamente, extendiendo la mano para que algún alma caritativa, y escatológica, lo acompañara a orinar.

“¿Y para qué quieres esas colillas, esas cajetillas vacías, esos kleenex arrugados?”, pregunté al secre y él respondió que para venderlos luego, que había mercado para los residuos de las estrellas. El secre hacía, toda proporción guardada, eso mismo que hacían los gerentes de los hoteles donde dormían los Beatles, que una vez que se iba la banda sacaban los jabones, las toallas, los vasos y las sábanas en las que habían dormido los músicos, e incluso otras que ni eran de sus habitaciones, y organizaban un lucrativo mercadillo. Luego vi que el secre, exactamente igual que hacían los gerentes de aquellos hoteles, recogía todo tipo de colillas, incluso una que yo acababa de tirar al suelo. “¿Y qué más da?, nadie va a enterarse, y lo que cuenta es la ilusión del comprador”, me dijo con gran cinismo, cuando le hice ver que aquello era pura trampa.

Me acordé de la historia de aquel roadie cuando leía el obituario de Lemmy Kilmister, el cantante y artífice de Motorhead, cuyo eslogan vital era: “El diablo no me obligo a hacerlo, cualquier cosa que haya hecho la hice yo”. A raíz de su muerte se publicó la información de que, antes de ser estrella de rock, fue roadie de Jimi Hendrix: “En cuanto necesitaban un par de manos extra yo estaba ahí. No tenía ningún talento especial para ese trabajo, pero vi a Jimi tocar muchas veces, dos veces por noche durante tres meses”.

Nota: No se pierdan la versión en directo, y en YouTube, que hace Motorhead, en El show de David Letterman, de “Let It Rock”, de Chuck Berry.

Para ser roadie no se necesita ningún talento especial, decía Lemmy Kilmister, pero esto es porque seguramente se necesitan varios talentos para sobrellevar ese oficio que exige una sólida vocación para estar al servicio del prójimo. Y hay pocos prójimos más caprichosos que las estrellas de rock. También exige una férrea discreción porque un roadie lo conoce todo del músico al que presta su servicio, vicios, mañas, escenas turbulentas o bochornosas. James Wright, un hombre que fue pipa, durante treinta años, de un montón de músicos como The Who, The Animals, Elvis Presley y otros tantos, no observó ninguna discreción cuando escribió Rock Roadie, su libro de memorias que más bien son las memorias de otros.

Otro pipa o plomo que luego se reconvirtió en músico fue Kurt Cobain, que jalaba cables y enchufaba las guitarras de The Melvins, una banda grunge de Seattle, como después sería Nirvana, que quizá le sirvió de inspiración para su propio proyecto. ¿Qué hubiera sido de Cobain si, en lugar de ser roadie de The Melvins, lo hubiera sido de la  Orquesta Filarmónica de Seattle? Noel Gallagher también fue plomo de los Inspiral Carpets antes de formar Oasis con su hermano, que no era plomo de nadie sino un plomo en sí mismo. Y por otra parte ha habido situaciones circulares: Kurt Cobain era roadie de The Melvins y, años después, su propio roadie en Nirvana, Ben Shepherd, se iría a tocar el bajo con Soundgarden, y a su vez tendría su propio roadie.

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