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EL rey de los charlatanes

Salvador Dalí
(Karina Vargas)

EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


"Las redes sociales son un videojuego"
Aarón Romera. Guionista

El 11 de mayo de 1904 se le ocurrió nacer a mi maestro y amigo Salvador Dalí, para algunos un estafador, para otros un genio, para mí, un pretexto para iniciar una nueva época de "El Tono del Tona", columna en la que suelo confesar algunos aspectos bochornosos de mi vida con el fin de entretenerlos, conseguir algunos pesos y, si se puede, ligar de vez en cuando.

Por supuesto, lo que hago es herencia del marqués de Dalí de Púbol, quien hizo del exhibicionismo un arte y, por lo tanto, se ganó la antipatía de quienes consideran de mal gusto no tan solo hablar de uno mismo, sino que condenan la autopromoción como el pecado que omitiera Moisés cuando reveló las Tablas de la Ley (quizás porque el mismo patriarca sabía que al revelar tal pecado, contravenía su autopromoción, iniciada desde el Monte Sinaí).

Marcel Duchamp, el detonador del arte contemporáneo, descubrió que el arte no estaba ni en la obra ni en la firma del artista, sino en la cabeza del espectador, situando la experiencia estética en el contacto de la obra con el público. Así surgieron nuevas expresiones, como "la instalación" (colocar varios lápices rojos en hilera con la punta rota y titularlo Metástasis X-24) y "el performance" (arrojar bombas molotov al público, con música de John Zorn), oportunidad que aprovecharon varios charlatanes de cuarta para verle la cara al público de una forma indigna, barata e hipócrita, nada que ver con la charlatanería de calidad que nos enseñó el maestro Dalí.

Independientemente de su virtuosismo como artista plástico, Dalí ya era un anormal, y si no fuera por Gala (su musa, consorte y agente), hubiera terminado en el pabellón de un hospital psiquiátrico en vez del aristócrata Avida Dollars y de ser ídolo pop en que se convirtió.

Mucha gente considera que un artista tiene derecho a plasmar una obra escandalosa y llevar una timorata vida privada (recuerdo a una amiga muy querida de Guadalajara, mi amada Pato, quien una vez se entusiasmó con un baterista de rock pero tuvo una dolorosa desilusión al verlo de rodillas en la iglesia, meneando unas palmas un Domingo de Ramos), pues bien, Dalí, cuyo surrealismo fue auténtico, consideró que si su obra atentaba contra el conformismo y rechazaba la mediocridad, podría hacer de su vida privada parte de su obra y abrirla al público, exhibiéndose de forma espectacular (cuestión que para Gala también representó las bases de una industria rentable).

Uno de los grandes méritos de Salvador Dalí consistió en ser coherente (vida privada/pública) dentro de su incoherencia (los postulados de su paranoia crítica), señalando el camino que siguieron otros grandes charlatanes, como Andy Warhol, Alejandro Jodorowsky y un servidor, quien, al confesarme un admirador e imitador de todos ellos, tengo un 1mcg de su genio (1 mcg = una millonésimas de un gramo).

¿Dónde termina lo real y comienza lo ficticio en una vida deliberadamente escandalosa e exhibicionista? Una legítima respuesta: eso no importa si la experiencia estética es real, como cuando ves una película que te cimbra y transforma, aunque sepas que las situaciones fueron pura fantasía.

La disolución entre lo real y lo fantástico que en la primera mitad del siglo pasado fuera una vacilada surrealista en la actualidad es una realidad, y pongo dos ejemplos: los reality shows y las redes sociales.

Los televidentes no pueden estar tan locos como para creer que los reality shows son auténticos documentales, cuando es evidente que hay una puesta en escena; en las redes sociales uno se percata cuando alguien está faroleando y proyectando una vida ideal, incomprobable, cuando revela: "Aquí disfrutando de un delicioso martini de mezcal con mango en compañía de mis rebeldes amigos artistas" (esa sí es charlatanería de muy baja estofa) y, sin embargo, y a pesar de que todo mundo sabe que pisa terrenos artificiales, los usuarios se comportan como si trataran sobre hechos auténticos (como mis compañeros de género varones cuando se reúnen y presumen sus conquistas amorosas, a todas luces inventadas, pero se felicitan con palmadas en la espalda, cual verdaderos donjuanes).

Confieso que he vivido situaciones excepcionales: me persiguió una nutria, me caí de una tarima de dos metros en un bosque poblano tocando con La Capa de Batman, coordiné juntas de Alcohólicos Anónimos, me vestí de mujer en la Zona Rosa, practiqué un exorcismo, inauguré un Palacio de Paz de Maharishi en Chihuahua, me metí dentro de los cuadros impresionistas del Museo de Orsay con el cuerpo lleno de anfetaminas chinas que me diera un coreógrafo israelí exiliado en París, le corté las puntas de los bigotes a Dalí, etc. ¿Pasaron realmente esas cosas, las imaginé, las inventé para mendigar un poco de atención? Sabe. Lo único que espero es que dentro de la cabeza del espectador haya ocurrido una especie de explosión nuclear neuronal, al leer mis pseudopatrañas o semiverdades, pues para mí lo auténticamente real es la sensación de artificialidad que nos brinda el arte.

Si somos honestos, nadie tiene la certeza de nada, pues nadie prevé sus experiencias sino que se analizan a posteriori, usando como referente nuestra memoria, y esta siempre es engañosa, pues acomoda las imágenes a nuestra conveniencia (¿no es fascinante escuchar el relato de una persona que estuvo en la misma fiesta aburrida que asistimos nosotros, pero la cuenta como si hubiera sido divertida?).

Me despido con un brindis por el rey de los charlatanes. La próxima semana les contaré cómo dejé las drogas (en caso de que alguien quiera dejarlas) y dónde las dejé (en caso de que alguien quiera adquirirlas). Besitos.

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