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La revolución del peinado

Tijeras
(Karina Vargas)

“EL PRESIDENTE DE NORCOREA QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES SE CORTEN EL PELO COMO ÉL.
Así lo decidió Kim Jong-Un: el pelo rapado en los lados y el mechón largo en el cuero cabelludo, o ciertas variantes como el pelo de arriba tirado hacia abajo, sería el peinado obligatorio.”
Radio Free Asia (citada por la BBC). 26/06/14

Hae-Won, peluquero desde hace más de sesenta años, retiró con gran tristeza de su escaparate el cartel que anunciaba los diversos cortes de cabello que lo habían hecho el favorito de la comunidad.

Vinieron a su mente las felices cabezas que, a través de los años, se postraron confiadas a sus manos, ajenas al tipo de ideología que se cocinara dentro: el casquete, el tupé, el fleco Beatle, el flap-tap, a la brush, el Napolitano, el príncipe valiente, la cola de pato, el cormorán, las plumas, el rape al cero, el hongo, el duendecillo, el degrafilado, etcétera, era un mago de la tijera, la navaja y el peine y todos sus clientes esperaban pacientemente su turno, incluso los emos, hasta entonces tolerados, parecían recuperar un poco de amor a la vida al mirarse en el espejo.

Se ensombreció su corazón al pensar que la gente solo llevaría el corte del Querido Líder, impuesto por el dictador de Corea del Norte, mismo que se desplegaba en la enorme fotografía que ahora colocaba en la vitrina; en esa foto vio un futuro aterrador, donde su creatividad se vería reducida a una simple labor mecánica y sus manos crearían monstruosos ciudadanos hipócritas, peinándose como su superior para granjearse su simpatía, elevando su rango de hostil y vacilante, al de patriota leal. Sus tijeras cortarían una de las aspiraciones más elevadas del ser humano: tener la apariencia de su gusto.

Suspirando, acomodó los geurim-chaek (cómics estatales sobre las infamias de los capitalistas japoneses), revueltos en la mesita de la sala de espera, y accidentalmente halló Amica, una revista que un cliente le había traído de Italia, con cortes y peinados de actualidad. Hae-Won la había ignorado por desconocer el idioma.

Cerró la peluquería y visitó a un amigo que hablaba italiano, quien le dijo que se trataba de un semanario con artículos sobre modas y tips de belleza. Hae-Won tuvo una idea. Le dijo a su amigo que fuera a verlo a la peluquería al día siguiente, a las diez de la noche, después de cerrar, dando tres golpes en la cortina metálica.

Al llegar a su hogar, el viejo peluquero llamó a todos los clientes que le habían hecho cita y los convocó a su reunión clandestina en su negocio. Todos acudieron, hombres de diversas edades, a quienes les habló del peligro que se cernía sobre ellos si perdían su identidad. Les dijo que el dictador pronto querría que caminaran como él, que hablaran como él, que saludaran como él, que comieran como él, que aplaudieran como él, que protestaran como él hasta que se tiraran pedos con su mismo aroma y emitiendo un sonido semejante. Sobre todo les dijo que jamás podrían tener la apariencia que ellos habían elegido. Consternados, prometieron dedicar su vida a evitar tal catástrofe.

A través de aquella primera asamblea popular, se estableció que por las noches la peluquería abrigaría un grupo de estudios; allí se formaron en la sabiduría de la estética: el conocimiento de los tintes proveniente de Egipto; el gusto por el movimiento de los griegos, expresado en rulos y rizos; las recetas de belleza y cosmetología que Alejandro Magno esparció por el mundo, pero, sobre todo, Hae-Won se encargó de enseñar peluquería a los niños, ellos transmitirían el conocimiento y práctica del arreglo personal.

El peluquero también desarrolló un taller de barbería experimental: si todos tenían que llevar un mismo y monótono corte de cabello, nada les impediría portar barbas y bigotes que surgieran de una nueva imaginación colectiva.

Aquella comunidad se hizo sospechosa y el Estado mandó un agente infiltrado, quien acudió con Hae-Won para despuntarse, a quien comentó: “El dictador es un cerdo represor, pero ni con toda la fuerza sus guardias podrá impedirme que difunda mi secreto para tener el cabello largo”. Al escuchar aquellas palabras, el peluquero invitó al desconocido a su próxima reunión clandestina.

Allí, el agente encubierto fue desenmascarado por los subversivos, pues Hae-Won lo denunció, ya que le hizo su arreglo especial con flequillo a la Dady Yankee, y el inconmovible policía no movió ni un músculo facial cuando todos invariablemente sonreían.

Lo amarraron y le aplicaron tortuosos tratamientos de belleza: lo depilaron con cera, le inyectaron los labios, le aplicaron heladas hipotermias en la piel, le hicieron liposucción manual, lo sometieron a implantes cabelludos y le realizaron sangrías a la Kardashian, estaban a punto de lavarle el cerebro con shampoo de huevo y ampolletas cuando Corea del Sur invadió a Corea del Norte. La acción militar se basó en un tratado de ética política. Un amigo del presidente surcoreano le había regalado el libro de un renacentista italiano, dónde decía: “Un Estado próspero es aquel que refuerza su ejército, en vez de destinar sus recursos en políticas estéticas”.  

Rafael Tonatiuh

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