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De una Remington al premio afrodisiaco

El escritor tapatío deja por un momento las anécdotas sobre sus cuentos  galardonados y nos habla aquí de su vida cotidiana con la literatura.
El escritor tapatío deja por un momento las anécdotas sobre sus cuentos galardonados y nos habla aquí de su vida cotidiana con la literatura. (Cortesía Páginas de Espuma)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Verónica Maza Bustamante

@draverotika

El escritor tapatío Antonio Ortuño, quien recibió el V Premio Ribera del Duero por La vaga ambición, deja por un momento las anécdotas sobre sus cuentos  galardonados y nos habla aquí de su vida cotidiana con la literatura.


¿Qué fue lo primero que recuerdas que escribiste?

Fui un niño chocante que no concursaba en los certámenes del Día de las Madres, pero hubo un concurso de cuento y escribí uno sobre dragones y caballeros, lo que más me interesaba en la vida entonces, a los diez años de edad. Perdí en mi propio salón. Una compañera que tenía graves problemas, incluso para leer, llevó un poema —que después se supo que había escrito su mamá— y a la maestra le pareció muy bonito porque tenía predilección por los escritos sobre milpas y zonas rurales, y le dio el primer lugar. Supongo que mis traumas literarios comenzaron en ese momento, aunque después de eso yo seguí escribiendo.

¿En qué escribías?

En una máquina de escribir. En la portada de La vaga ambición aparece una Underwood, pero yo tenía una Remington muy viejita, que había sido de mi abuelo. Llegué a escribir mucho. Cuando apareció mi primera novela hice una especie de limpia y tiré diez mil páginas a la basura. Eran novelas enteras, cuentos, mis experimentos sobre cualquier cantidad de asuntos. Fui un autocrítico espeluznante. Por eso tardé tanto en publicar, hasta El buscador de cabezas; tenía 30 años de edad cuando salió a la luz.

¿Cuál ha sido tu más grande pecado literario?

No está bien que yo lo diga, pero le doy muchas vueltas a las cosas, trato de no apresurarme. Hay un libro en el que me apresuré y me gusta mucho, pero seguro hubiera sido mejor de lo que fue si me hubiera aguantado un poquito para sacarlo. Por circunstancias extraliterarias me avoracé; no había pasado el proceso de mis otros manuscritos, que dejo descansar mucho, los releo, etcétera.

La prisa frente a mi método de escritura fue mi error más terrible, aunque me caen bien los pecados en general. Escribir te hace arrogante. De pronto estás hablando de escritura y parece que estás muy seguro de lo que dices y en el fondo es falso. Todo lo vas cambiando cada día, porque según leas, converses, reflexiones o te tomes dos copas de vino, tu visión se transforma claramente, aunque cuando hablas parece que tienes una seguridad enorme. A veces me escucho hablar y pienso: “¡Qué imbécil!”

Cuando haces autocrítica, ¿por qué otras cosas te regañas con mayor frecuencia?

Yo destrozo los textos. Es un problema, porque hay cosas que quiero conservar. Me gusta la respiración natural de la prosa cuando escribes, es un poco como cuando conversas, porque va adquiriendo un ritmo y hasta es música. Corrijo el fraseo, lo voy leyendo, trato de crear una tensión entre lo que pasa naturalmente y las capas de corrección, pero hay tantas que en momentos me peleo con el texto. En otros, siento que sobrecorrijo un texto y termina siendo una colección de frases. Trato de encontrar un punto habitable entre el maquinazo y el exceso de corrección.

Fui periodista y en eso se vive del escrito de primera intención porque si no, jamás entregas a tiempo. Eso te lleva a confiarte demasiado o a repetirte, lo cual no le sirve a un escritor.

¿Cuál es tu placer más gozoso debido a la literatura?

Disfruto mucho escribiendo. Durante cinco años fui encargado de cierre de edición en MILENIO Jalisco, y tenía una bebé, así que escribía en mis ratos libres, pero escribía una serie de salvajadas porque quería que se acabara el mundo entre grandes dolores. Ahora que solo escribo literatura puedo despertarme, llevar a mis hijas a la escuela, volver para achuchar a los perros, hacerme un enorme tazón de café y ponerme a escribir aún de mañana, contemplando a ratos mi jardín. Eso es la cosa más gozosa que me da la literatura, ese tiempo para escribir, el acto mismo de hacerlo. Sé de colegas que sufren la escritura y te hablan de ella como si les estuvieran haciendo una colposcopia, pero yo me divierto mientras escribo, aunque sean cosas serias.

¿Alguna vez has ligado gracias a tu pluma?

¡Sí! A Olivia, con quien llevo 16 años casado. Trabajábamos los dos en el mismo periódico, ella era diseñadora y yo hacía los perfiles de los personajes que aparecían en la contraportada. Un día ella se acercó a traerme la prueba con las correcciones y me dijo: “Me gusta mucho cómo escribes”. Yo me enamoré irremediablemente de ella. Ya me encantaba, pero a partir de ese día no paré hasta que nos casamos. Ahora tenemos dos hijas.

¿Tienes fetiches en la literatura?

No rayo los libros. Entiendo a la gente que dobla, subraya y demás, pero a mí los libros me encantan como objetos, los trato con un respeto casi mitológico. Y jamás leo mis propios libros cuando ya están impresos. Son como casas de las que ya te mudaste. Una vez que está ahí, para mí ya es un fósil, porque yo ya estoy escribiendo otra cosa.  

¿Te sientes más desnudo escribiendo cuentos o novelas?

Tengo la impresión de que siempre he trabajado las novelas de una manera muy articulada y es un proceso muy intelectualizado. Los cuentos los escribo casi siempre por capricho (es una excepción La vaga ambición, que escribí como proyecto porque los cuentos están relacionados entre sí).  La novela es como tu relación estable y los cuentos como aventuras que, además, muy conscientemente sirven como espacio de ruptura con la novela. Cuando llegas a ese momento en que estás hastiado, que te empieza a parecer tedioso el trabajo, el cuento te ayuda a mantener la disciplina.

¿Ganar premios es afrodisiaco?

(Ríe con fuerza) ¡Sí, y en diferentes etapas! Cuando te anuncian el premio, cuando te dan el premio, cuando te cae el cheque.  ¡Claro que tiene varios momentos importantes que son afrodisiacos! Aunque, a la vez, los premios no tienen una importancia literaria brutal. Para mí,  la literatura es lo que pasa entre la página y el lector, eso es lo que me importa. Las miserias de la vida del escritor o los cocteles o sus fiestas son anecdóticos.

¿Escribir es terapéutico?

En mi caso, no. Para hacer terapia tienes que decir la verdad y para hacer narrativa tienes que mentir, aunque sea parcialmente. Es muy relativo eso de mentir para decir una verdad más profunda. Es un proceso de conciencia exacerbada que a veces incluye decir cosas muy descarnadas y directas que pueden ser importantes para uno y a veces puedes arrancarte una parte del pellejo en una línea, pero en la siguiente tienes que falsear, adecuar la cosa.

¿Vino tinto o vino blanco?

Tinto, siempre.

¿Coger o escribir?

¡Me encanta coger! ¡Toda la vida! Escribes nada más para inspirarte, para juntar fuerzas.

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