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Redefinir el género

EL SEXÓDROMO


Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


Me declaro una persona cisgénero pero disconforme con el género, con una expresión mayoritariamente femenina y una orientación sexual heteroflexible. Y no es que no lo fuera antes; sucede que estoy leyendo la edición especial de la revista National Geographic (enero de 2017) titulada “Género. La revolución”, gracias a la cual me estoy actualizando y abriendo aún más mi panorama en torno a las interesantes e importantes cuestiones de género en los seres humanos.

¿Qué quiere decir la definición de mí misma? Cisgénero es el término que se usa para describir a una persona cuya identidad de género coincide con el sexo biológico que se le asignó al nacer. Es decir, mis genitales son femeninos y siempre me he sentido una mujer, pero hablo de disconformidad porque mi particular expresión de mi género a veces es inconsistente con las normas culturales que se esperan de lo femenino: de niña prefería los pantalones a los vestidos, me gustaba trepar a los árboles, jugar en las calles. Más adelante, me veían como “alternativa” al vestirme a mi manera, comenzar a trabajar desde muy joven, asumir mi vida independiente, amorosa, sexual, intelectual. Siempre he explorado y explotado esa parte que se vería como “demasiado masculina” para una chica, aunque no es lo que predomina en mí. Eso conforma mi expresión de género y sustenta mi disconformidad de género. Soy heteroflexible (término adoptado hace años por una servidora con un grupo de amigos) porque algunas mujeres me parecen atractivas, pero mi amor y deseo han estado centrados en hombres.

¿Para qué nos sirve entender eso en nosotros mismos? Para conocernos e invitar a que quienes nos rodean nos conozcan como somos, por supuesto, pero también para comprender a los demás, entender mejor el mundo, ser incluyentes, acercarnos a la libertad, al respeto hacia los demás, asuntos todos que me parecen de suma importancia en este planeta tan dividido por tantas cosas.

En este número de la revista se publica un retrato de género actual en donde se explican numerosos términos; además de los mencionados, hablan del agénero, el género binario, el género fluido, en genderqueer, la intersexualidad, los pronombres y el transgénero.

También son de gran importancia las páginas en donde se le cuenta a los padres y madres cómo hablar de estos temas y qué hacer en caso de que sus hijos o hijas se sientan inconformes con el género asignado tras su nacimiento, así como la manera en que la ciencia nos ha ayudado, en años recientes, a encontrar rumbo en el cambiante panorama de la identidad de género, liberada del concepto binario (opción estricta que solo reconocen las posibilidades de ser macho/hombre/masculino o hembra/mujer/femenino).

A través de las maravillosas fotografías que caracterizan a Natgeo, se explica la manera en que “se hace” un hombre en pleno siglo XXI: muchos de ellos aprendiendo a ser agresivos, a usar armas, sometiéndose a la circuncisión antes de la pubertad, a cazar animales, a pelearse cuerpo a cuerpo, haciendo pesas, pero, ¿qué puede romper ese círculo que equipara la hombría con rudeza y estoicismo? ¿Qué podría cambiar en los hombres que, temerosos de la violencia —o fascinados por ella—, la fomentan?, se pregunta Chip Brown, el autor del artículo. Y, más allá de dar una respuesta definitiva, barajea opciones: quizá dejar a un lado algunos rituales y comenzar a conformar la hombría a través de valores que se transmitan mediante el ejemplo; entender que hay millones de definiciones sobre lo que significa ser un hombre y que cada uno de ellos tiene la libertad de elegir la suya; hacerse cargo de la responsabilidad que significa la hombría y rechazar las desigualdades que perpetúa; comprender que una parte es biología y otra es cultura, por lo que más allá de roles impuestos se debe buscar dentro de uno mismo la respuesta a esas preguntas.

La publicación cierra con una columna de Anne-Marie Slaughter, quien señala: “El concepto de fluidez de género todavía resulta ajeno, incluso aborrecible, para muchas personas en la sociedad occidental… el objetivo máximo, sin duda, es dejar que todas las personas se definan a sí mismas como seres humanos, que escapen de las categorías asignadas y desafíen la sabiduría heredada”.

A CINCO AÑOS DEL "LOVE PARKING"

Recordarán que en la primera de las dos columnas sobre las tendencias sexuales y eróticas que se vivieron en el 2016, hablé sobre la proliferación de videos que exhibían a parejas (o más de dos) teniendo encuentros eróticos en la vía pública o en espacios no privados.

Al pensar en la situación recordé los estacionamientos para el sexoservicio instalados en Suiza y, sobre todo, los Love Parking del distrito de Barra, al este de la ciudad italiana de Nápoles, abiertos hace cinco años no solo para las prostitutas, sino para “todo público”. Claro, se tiene que pagar como si fuera un estacionamiento convencional para poder estar agasajándose en su interior, pero el plan es mucho más interesante que únicamente querer hacer un negocio con el entretenimiento adulto.

 La entonces presidenta de Barra, Anna Cozino, explicó que cada vez era más común ver a jóvenes (y no tanto) teniendo sexo dentro de autos estacionados en barrios sin iluminación, peligrosos, exponiéndose a la violencia cotidiana (¡ni siquiera tomaba en cuenta entonces la posibilidad extra de ser grabados y exhibidos!). Por eso, además de la privacidad que dan los paneles que dividen un “cajón” de otro, ofrecen la seguridad del espacio y la distribución de preservativos en cada auto que ingrese.

Un lustro después le doy la razón a Cozino en aquello de que se trata de un aporte a la salud sexual, una reflexión pública sobre la manera en que están desarrollándose los jóvenes. Curiosamente, su iniciativa ha sido atacada por los grupos conservadores, como suele suceder, que señalan que el Love Parking incita a una conducta que atenta “contra el decoro de la ciudad” y que hay muchas cosas qué hacer antes que gastar en abrir más estacionamientos.

Coincido con ellos en el último punto: en un mundo ideal, una partida presupuestal importante de los gobiernos debería dedicarse más bien a la educación y la salud sexual, en el entendido de que es en beneficio de los gobernados. Pero eso no sucede. Las tasas de embarazos no deseados crecen cada año, así como la violencia, crímenes y abusos en torno al ejercicio a lo loco del placer erótico. Ante eso, señor juez: ¿por qué no abrir más estacionamientos del amor en todo el mundo?

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